FRANCISCO SOLANO REGIS, EL ANARQUISTA QUE ATENTÓ CONTRA FIGUEROA ALCORTA

Por Facundo Sinatra Soukoyan |

El 28 de febrero de 1908, la cotidianidad de la calle Tucumán al 800 en la Ciudad de Buenos Aires se vería totalmente alterada. Ruidos, gritos, corridas y una bomba que no logra detonarse en un intento fallido de magnicidio contra el presidente de la nación José Figueroa Alcorta.

El detenido por el hecho será un solitario y joven obrero de 21 años nacido en la provincia de Salta. Su nombre: Francisco Solano Regis.

Es que, a principios del siglo XX en las grandes urbes de la Argentina, sobre todo en Buenos Aires, el movimiento anarquista se encontraba en pleno auge. Con una impronta de firme combate al Estado, muchos de sus integrantes no solo se manifestaron retóricamente contra las figuras que simbolizaban el poder estatal, sino que también atentaron directamente contra ellas.

Por aquellos años fueron diversos los atentados preparados. Muchos de ellos, como en el caso de Solano Regis (o Rejis, según los documentos), el objetivo no llegó a concretarse por la precariedad en la preparación de los artefactos.

UN TAL FRANCISCO SOLANO REGIS

«La mecha encendida» es una publicación del escritor y editor Ramón Tarruella, quien reconstruye retazos de la vida del salteño Solano Regis. Cuenta Tarruella cómo arribó al tema: «Venía trabajando en una biografía de Simón Radowitsky, pero por diferentes motivos no se dio. Entonces, como tenía muy estudiado el tema, la época, empiezo a recopilar los atentados que se dieron en esos años. Más allá de los más rutilantes, que son el de Ramón Falcón -jefe de policía- y el del coronel Varela -que encabezó las matanzas en la Patagonia-, hubo otros atentados como el de Solano Regis a Figueroa Alcorta. Lo particular también es que Figueroa Alcorta en su momento tuvo mucho poder, fue presidente de la Corte Suprema y fue el presidente de los festejos del centenario en 1910. Esto no es algo menor».

Solano Regis creció inmerso en la realidad de una familia humilde. A los diez años entró a servir en la casa de Sixto Ovejero mientras cursaba sus estudios en la escuela Benjamín Zorrilla. Con el tiempo comenzó a trabajar en la fábrica de mosaicos de Carlos Macchi, donde aprendió el oficio.

José Figueroa Alcorta.

Se cuenta que en esta fábrica salteña conoció a Antonio Canterini, quien lo convenció de viajar a Buenos Aires con la idea de probar suerte y jugarse a la posibilidad de un mejor futuro. Llegaron a la ciudad hacia 1905 y se afincaron en una pieza de la calle Avellaneda al 300.

El escritor de «La mecha encendida» comenta que «Solano Regis se va a Buenos Aires con 18 años, y ahí aparece un hueco difícil de reconstruir: ¿cómo se hizo anarquista?, ¿quién fue que lo introdujo en esas ideas?».

El expediente del caso Solano Regis es lo más fehaciente dentro de la escasa información que se tiene del salteño. El documento detalla: «Francisco Solano Rejis, es argentino, de 21, soltero, mosaiquista, domiciliado en la calle Avellaneda 352. Nacido en octubre de 1887 en la capital de la provincia de Salta», al mismo tiempo que relata sobre los lugares que frecuentaba en Buenos Aires, resaltando dónde comía y que, muchas veces, servían como espacios de socialización: «En la fonda de Rivadavia y Medrano y en el almacén de Campichuelo y Avellaneda». También informa «que trabajaba en una fábrica de Villa Crespo ganando 4 pesos por día».

Policía científica desactivando la bomba dirigida al presidente Figueroa Alcorta, 1908. Foto: AGN.

LA BOMBA

Un joven simulaba esperar el tranvía cubriéndose bajo un zaguán en la tarde lluviosa. Nadie podía sospechar que aquella persona de tan solo 21 años estaba dispuesta a realizar lo que intentó llevar adelante minutos después.

Cuando el carruaje que trasladaba al presidente Figueroa Alcorta se aproximó, el joven esperó a que el mandatario bajara y acto seguido tiró a sus pies un envoltorio que rápidamente echó humo. El mismo presidente intentó patear el elemento hasta que un custodio lo guareció en su hogar.

Francisco Solano Regis había fallado en asesinar al presidente, pero el hecho ya estaba realizado y sabía que sus días terminarían irremediablemente tras las rejas. Fue entonces que corrió intentando perderse en la ciudad… sin embargo, el oficial inspector de la policía Luis Ayala lo detuvo rápidamente a punta de pistola.

«El atentado lo arma de forma muy artesanal en cuanto a cómo lo piensa, cómo lo organiza. Averigua lo necesario: la rutina del presidente, hace un seguimiento desde la casa donde habitaba en la calle Tucumán al 800 hacia la Casa Rosada. Todo muy en solitario y de manera precaria, no solo la bomba que no explota, sino la logística, la manera de pensar el atentado. Está solo, por eso lo detienen. Eso es algo muy particular también», comenta Ramón Tarruella describiendo el accionar de Solano Regis y, en él, el de muchos anarquistas de la época.

El expediente policial transcribirá la declaración del salteño en tercera persona: «Que el explosivo lo preparó hoy a la 1 PM, solo en su pieza después de haber almorzado en el almacén, colocando poco a poco en un recipiente de latón el clorato de potasio mezclado con los clavos y en el centro un frasco de ácido sulfúrico con un pedazo de plomo en su interior, el que al arrojar la bomba rompería el frasco y al mezclarse los ácidos se produciría la explosión. Que su propósito era dar muerte al Presidente de la República –al que no conocía– y al que conceptúa un tirano porque hace perseguir y expulsar a los obreros anarquistas. (…). Que vio llegar al Presidente con su coche acompañado de un marino y cuando hubo descendido de él le arrojó el explosivo, que no explotó ignora por qué. Que fue detenido en el acto por un oficial de policía».

Los diarios anarquistas de la época se harán eco del atentando. El diario La Protesta publicará el 1º de marzo de 1908: «Una vez más la violencia vindicativa se mostró como una consecuencia de la violencia burguesa. (…). La comprendemos y la justificamos; que lo uno es consecuencia inmediata de lo otro». En tanto en la edición del 7 del mismo mes agregará: «Sereno, con el aplomo de las convicciones hondas, con la firmeza del justiciero, en medio de la turbamulta de los imbéciles, de los acomodaticios, de los inútiles, de los cobardes, ha surgido Francisco Solano Regis».

Las palabras y motivaciones de Solano Regis surgirán de sus propias palabras volcadas en el expediente policial. El salteño dirá que «no forma parte de ningún grupo anarquista aun cuando profese esas ideas desde hace tres años, en los que también ha estudiado la forma de preparar explosivos. Que ha procedido solo y por su sola inspiración, creyendo que dando muerte al presidente de la República haría un bien a la humanidad. Que desde hace un año venía pensando la forma de llevar a cabo ese atentado».

Penal de Las Heras. Foto: Caras y Caretas edición 14 de enero de 1911.

LA HUIDA DEL PENAL, ÚLTIMA BATALLA POR LA LIBERTAD

Condenado a 20 años de prisión, el salteño vindicador pasará sus días en el mítico penal de Las Heras en la ciudad de Buenos Aires. Sin embargo, allí se encontrará con otros compañeros de ideas, tales como Salvador Planas y Virella, confeso anarquista que intentó terminar con la vida del presidente Manuel Quintana en 1905. En un mismo lugar de encierro unirían sus días dos anarquistas que atentaron contra presidentes que se sucedieron en el cargo.

Para todo preso la libertad es el gran anhelo y, más aún, si la idea ideología profesada es la anarquista. Es por eso que, desde el primer momento del encuentro entre los hermanos de ideal, comenzaron a urdir un plan para escapar de la penitenciaria, hecho que finalmente se concretó el 6 de enero de 1911 junto a otros tantos reclusos.

La revista Caras y Caretas así lo relatará: «El hecho ocurrido en la Penitenciaría Nacional, el día 6 del corriente, a la hora de la siesta y en propias barbas de los centinelas, en verdad, que no tiene precedentes en la historia de las fugas metropolitanas. Esta evasión al por mayor fue preparada por los anarquistas Planas Virella y Solano Regis, condenados a diez y veinte años de presidio, respectivamente, por haber atentado contra la vida de dos ex primeros mandatarios del país. Elementos de la cárcel y colegas de reclusión de Planas Virella y de Solano Regis, han favorecido el hecho. Los primeros -se afirma- haciéndose los ciegos en el momento oportuno, y los otros, practicando una cueva que pasaba por debajo de la muralla. Y para que nada faltara, de un coche de plaza que se acercó al agujero de salida (también en el momento oportuno) se arrojaron ropas para los Celda número 44, del pabellón III, que ocupaba el anarquista Planas Virella componentes de la cuadrilla. Luego, cambio de vestidos, un salto a la reja exterior, y a respirar en plena libertad».

La celda de Solano Regis luego de la huida.

Ramón Tarruella relatará en su libro que «Cerca de las 13:30 horas, el soldado conscripto Francisco Garín, apostado en el torreón 5 de la Penitenciaría Nacional, dio la voz de alarma y advirtió “que se escapaban algunos presos”. Los reclusos huían por la calle Salguero, hacia Juncal. (…). Cuando supervisaron el número de los presos, dieron cuenta de que faltaban trece reclusos. Entre ellos, el preso número 335, el mismo Francisco Solano Regis. (…). Al enterarse de la fuga, se ordenó rodear la Penitenciaría pero no se encontró a nadie. Tampoco en los siguientes días. La fuga resultó un auténtico éxito. Francisco Solano Regis huyó a Montevideo, junto a su compañero Salvador Planas y Virella. Nunca se supo más nada de él».

La fuga en el día de los Reyes Magos había sido todo un éxito. No solo los anarquistas, sino también varios presos comunes lograron su libertad. La historia de Solano Regis se agrandaba aún más, al mismo tiempo que comenzaba a perderse en la nebulosa de la historia.

Aquel humilde salteño que viajó con 18 años a la ciudad en busca de mejores condiciones de vida atravesará una maratónica vida que lo llevará, en solo tres años, de mosaiquista a enemigo público número uno del Estado, para luego escapar de la penitenciaria y perderse por las calles del oriental país vecino para nunca más nadie saber de él.