MAGALLANES Y LA ARMADA DE LA ESPECIERÍA

Por Jorge Montero |

“Y estos dos anchos mares, que pretenden,
pasando de sus términos, juntarse,
baten las rocas, y sus olas tienden,
mas eles impedido allegarse;
por esta parte al fin la tierra hienden
y pueden por aquí comunicarse.
Magallanes, Señor, fue el primer hombre
que, abriendo este camino, le dio
nombre”.
Alfonso de Ercilla, La Araucana

Nadie dijo nada, y sin ponerse de acuerdo, los dieciocho sobrevivientes se dieron a la tarea de aligerar la nave. La Victoria estaba tan maltrecha que cada día avanzaba menos y era un milagro que se mantuviera a flote. Iba tan escorada y con las velas hechas jirones, que se había vuelto ingobernable.

Así que a la vista del puerto de Sanlúcar, los tripulantes emplearon sus últimas energías en desguazarla. Talaron el trinquete y el palo de mesana. Arrojaron por la borda el cabrestante y abandonaron el ancla. Se deshicieron de los relojes, del astrolabio, de los compases y hasta de las cartas de marear. Ya no había toneles, ni literas de oficiales, mucho menos colchones y mantas del castillo de proa. En la nave quedaban solo los sacos de pimienta, de clavo y de canela, abarrotando las raídas bodegas.

Al atardecer de aquel día 6 de septiembre, la Victoria parecía un bosque talado. Pero aun así, no avanzaba una pulgada. Entonces, en un último esfuerzo, aquellos espantajos se dieron con frenesí a desarmar los castilletes mientras la noche caía y Elcano se paseaba indiferente o los observaba con una sonrisa burlona, y Sanlúcar parecía tan distante e inaccesible como antes.

Sanlúcar, año 1519.

Entonces fue que la Victoria, liberada de los castilletes, acabó por ladearse del todo y comenzó a hundirse, lentamente, a poca distancia del puerto. La única esperanza era que alguien notara su presencia y mandaran auxilio, pero aquellas figuras diminutas que iban y venían por las calles y los muelles de la villa parecían no percatarse de nada. Eran tan ajenos a su mundo, tan extraños a su rutina, que se habían vuelto invisibles.

Abandonados el esquife y la chalupa, no había más remedio que rezar y esperar un nuevo día con la esperanza que los vientos o la corriente los hicieran derivar hacia la costa. Agotados por el esfuerzo, vieron cómo se apagaban las últimas luces del pueblo.

Hacia la medianoche se levantó una brisa bastante fuerte del lado del mar. Entonces el viento esparció el aroma del clavo y la canela por las calles y plazas de Sanlúcar. El efluvio penetró por las ventanas abiertas. Se coló por debajo de las puertas. Se apoderó de los patios. Invadió las casas. Perfumó la noche. Se apoderó con su fragancia de la comarca entera. Un instante después hay luces en todas las ventanas de la villa. Hasta el castillo del duque, de ordinario sombrío, luce iluminado como en ocasiones de fiesta. Las campanas repican todo el tiempo. La gente se lanza a las calles y una multitud se agolpa en los muelles a la luz de las teas.

Pero la Victoria, indiferente a todo, se hunde lentamente.

Juan Sebastián Elcano.

Los sobrevivientes, entonces, toman la decisión que habían desechado siempre y pospuesto hasta un final que nunca creyeron posible. Había que arrojar aquel cargamento de especias que tanto les había costado conseguir. Por el que habían soportado toda clase de penurias y tormentos. Por el que habían navegado durante tres años. Por el que habían visto morir a su capitán y dado la vuelta al mundo. Y en el que tenían puestas sus últimas esperanzas de que todo no hubiera sido en vano. La Victoria se hunde sin esperar la mañana. Todo va a perderse igual. Se va a ir al fondo del mar con ella. Al menos de este modo, los dieciocho hombres salvarán la vida. No es mucho, pero es mejor que nada.

Así que se dan a la tarea de vaciar la bodega y arrojar los sacos al mar. Nadie habla. Algunos lloran en silencio. Elcano se ríe con una risa triste y loca. Juan de Acurio se guarda un puñado de clavo en el bolsillo, el grumete Vasco Gómez mordisquea alguna hoja de canela. A medida que van arrojando los sacos, la gente va retirándose de los muelles y se apagan las primeras teas.

Cuando terminan ya está cerca el alba. El viento sigue soplando en la misma dirección, pero ya no huele al clavo y la canela. Los últimos curiosos se dispersan. Las luces se apagan. Todo se acaba. Como si hubiera sido un mal sueño.

Aliviada de su carga, la Victoria se recupera un poco y con la ayuda de los vientos que le son favorables, entra al puerto de Sanlúcar con las primeras luces. Es el año de la Encarnación de Nuestro Señor de 1522.  

Puerto de Sanlúcar 1519.

Un rato después dieciocho sobrevivientes de un total de doscientos treinta y nueve hombres que formaban la tripulación de las cinco naves de la ‘Armada de Magallanes’ recorren las calles vacías de la villa.

Al paso de aquel grupo de desharrapados que apenas pueden tenerse en pie y que van apoyándose unos en otros, en apretado amasijo, se van cerrando todas las ventanas y se oye el ruido de los cerrojos en las puertas. La villa ha quedado desierta, como si hubiera entrado en ella una horda de leprosos. Ninguno de ellos sabe adónde se dirigen, pero siguen deambulando por las calles, sintiendo que los espía una multitud de ojos ocultos tras los visillos.

Necesitan ayuda, pero no se atreven a golpear ninguna puerta. Y continúan errando de un lado a otro con la esperanza que alguien se las ofrezca. De la Victoria, amarrada al muelle, viene ahora un olor nauseabundo, pestilente y brutal.

Al día siguiente, muy temprano, parten hacia Sevilla, sin haber visto un solo vecino de Sanlúcar. 

Fernando de Magallanes.

El río se torna más y más sinuoso, corriendo entre colinas y olivares polvorientos. Más adelante son los campos de tierras rojas. Un labrador arando tras los bueyes. Un grupo de esbeltas palmeras meciéndose en la brisa. Un pastor que mira y no cree. Y los restos de la negra nave deslizándose como una sombra a pleno sol. El viento hincha las corroídas velas, la corriente atrapa el navío y las imágenes de pueblos y yermos se suceden con la rapidez de un sueño. Después otra vez los campos, y algún ganado disperso, y más adelante, Gelves la blanca, sobre la banda de babor. Las velas mueven el aire quieto y su sombra corre contra los muros y penetra en las estancias. Es como si la nave se deslizara por la calle polvorienta, de casas bajas y blancas, con macetas sin flores.

Pero no había allí nadie para saludar su pasaje, a excepción de un grupo de viejos que toman el sol junto a la tapia. Uno de ellos dormita apoyado en la pared. Hay una vieja enlutada que pela habas amontonando el fruto en su regazo y dejando caer las vainas en un canasto. Su mirada sigue por un instante la nave sin que sus manos interrumpan la tarea. Sin embargo, ninguno de ellos parece percatarse de la presencia de la Victoria. Sus tripulantes casi podrían rozarlos con solo estirar los brazos, incapaces de entender su somnolencia. A estribor, algunos niños pescan encaramados a las ruinas de un antiguo puente moro. Al paso de los restos putrefactos de la nave, de pie sobre uno de los contrafuertes, saludan con los brazos en alto. Y luego vuelven a sus cañas riendo despreocupadamente.

Sevilla y Sanlúcar, año 1519. Imagen Arturo Redondo.

Finalmente, tras el último recodo del río, asoma la catedral, los alcázares, las torres y campanarios, los tejados de Sevilla la roja, de la que partieron hace ya dos años y 351 días. Recuerdan vagamente cómo frente al hechizo de las grandes velas de la flota desplegándose al viento como una alucinación, las voces de los pueblerinos se iban apagando, una a una. Por un instante, todo pareció detenerse. El río dejó de correr. El sol de subir al cielo. Las nubes de pasar. Los pájaros quedaron suspendidos en el aire quieto. Nadie hacía el menor movimiento.

Entonces el estampido potente de los cañones de la Trinidad, la nave insignia, rodó por las calles y plazas de la ciudad y se perdió a lo lejos, llevando a los más remotos pueblos la nueva de la partida de la flota al Maluco. Y se rompió el hechizo.

Las palomas espantadas tomaron vuelo. El muelle volvió a animarse. Todas las cosas se pusieron en movimiento para alejarse de los 239 tripulantes, que inmóviles, se dejaban robar el mundo que les pertenecía. Las madres llorosas, las mujeres solas, los niños asombrados, los curiosos y su indiferencia. La catedral, los alcázares, las murallas y los campanarios. Las torres resplandecientes y los pendones de Carlos I. Los tejados de Sevilla la roja. Todo va quedando atrás. Casi al unísono todas las campanas se echaron al vuelo enloquecido. El río se desliza hacia Sanlúcar bajo las naves y la tierra gira…

Mapa del recorrido de la expedición Magallanes-Elcano.

Nadie espera a los desastrados. Al fin y al cabo, son náufragos de un loco viaje alrededor del mundo. 
El viento esparce ahora por la ciudad vacía el olor de la nave. La Victoria huele a madera podrida, a cabos resecos, a bronces carcomidos por la herrumbre, a velas infestadas de hongos, a bodegas vacías, a orines y a excrementos. Huele también a sueños rotos. A motines y a naufragios. A estrechos, a islas lejanas. A la sal de muchos mares. Y a rabia, a miedo, y a desesperanza.

El palimpsesto del cronista oficial de la corona da cuentas del destino final de la nave: “Y en cuanto a la Victoria, entró en Sevilla el 8 de septiembre de 1522. Tan malo era su estado que nada se pudo rescatar de ella, por lo que se permitió a los pobres hicieran leña”.