UNA FUERTE LLUVIA VA A CAER

Por Jorge Montero |

“… Oí el sonido de un trueno,
oí el bramar de una ola
que rugió sin aviso,
que pudiera anegar el mundo entero,
oí cien tamborileros
cuyas manos ardían,
oí diez mil susurros
y nadie escuchando…
Es muy dura la lluvia que va a caer”.
Bob Dylan

Cincuenta años atrás un negro era asesinado en un hotel de Memphis. Martin Luther King se disponía a cenar con sus amigos cuando al asomarse al balcón de la habitación 306 del pequeño motel Lorraine, el disparo de un rifle Remington le atravesó el cuello. Eran las 18:01 del 4 de abril y los estadounidenses pobres perdían un luchador esencial por sus derechos civiles.

“El reverendo Ralph W. Abernathy, probablemente el amigo más cercano del doctor King, estaba a punto de salir de la habitación del motel cuando de pronto escuchó el estallido”, cita la crónica de Earl Caldwell que publicó The New York Times.

“El doctor King cayó sobre una pasarela de hormigón del segundo piso. La sangre brotó de su mandíbula y de la zona del cuello. La explosión del impacto le voló la corbata… Cuando levanté la vista, la policía y los alguaciles del comisario corría de todos lados… Me preguntaron: ‘¿De dónde vino el disparo?’. Y contesté: ‘Detrás de ti’. La policía llegó de donde salió el disparo”.

Martin Luther King en el motel Lorraine tras el atentado. Ralph Abernathy y Jesse Jackson señalan a la policía de dónde vinieron los disparos.

Tal vez lo mató la lluvia. Ese aguacero tenaz que a veces cae en Memphis y que estuvo en el origen de la huelga de basureros negros que Martin Luther King había decidido apoyar. El conflicto era uno más en la profunda grieta racial que dividía a Estados Unidos. Los días de tormenta se suspendía la recolección de residuos en la ciudad. Algo trivial, excepto por el hecho de que los trabajadores blancos cobraban esas horas, y los negros, no.

La flagrante discriminación había desatado una ola de protestas y un joven afroamericano de 16 años ya había sido asesinado. Temiendo un baño de sangre Martin Luther King acudió a defender a los suyos. Como tantas otras veces, iba a ponerse al frente de la movilización y a quebrar mediante la desobediencia civil a sus adversarios.

“Al parecer, el doctor King, todavía vivía cuando llegó al quirófano del Hospital St. Joseph para recibir una cirugía de emergencia. Lo llevaron en una camilla, con la toalla ensangrentada sobre la cabeza”, continúa narrando Caldwell. “Era la misma sala de emergencias a la que James H. Meredith ­­-el primer negro matriculado en la Universidad de Mississippi, llegó cuando fue emboscado y recibió varios disparos el 6 de junio de 1966 en Hernando, unas millas al sur de Memphis-; el señor Meredith sobrevivió”.

“Fuera de la sala de emergencias, algunos de los ayudantes del doctor King aguardaban sin mayor esperanza. Uno de ellos Chauncey Eskridge, su asesor legal. Rompió en sollozos cuando se anunció la muerte del doctor King. ‘Un hombre lleno de vida y lleno de amor recibió un disparo’, dijo el señor Eskridge. Siempre había vivido con esa expectativa, pero nadie esperaba que sucediera”.

St. Augustine, Florida. 10 de junio de 1964.

La fuerza que desplegaba en cada lucha le hacía un enemigo temible del Estado. En Memphis había llamado al boicot contra Coca-Cola y los principales fabricantes de pan y leche, también había pedido a la población que retirase los fondos de todos los grandes bancos.

“Anoche, el alcalde Henry Loeb, restableció el toque de queda a las 6:35 de la mañana y declaró: ‘Después de la tragedia que ha sucedido en Memphis esta noche, para la protección de todos nuestros ciudadanos, volvemos a poner en efecto el toque de queda. Todo movimiento está restringido excepto por razones de salud o de emergencia’. Añadía el corresponsal de The New York Times: “El gobernador Ellington, prometió todas las acciones necesarias del Estado para prevenir disturbios. ‘Se están tomando todas las medidas posibles para detener a la persona o personas responsables de cometer este acto. También aplicaremos medidas protectoras para prevenir cualquier acto de desorden. Puedo sentir por completo los sentimientos y emociones que este crimen ha despertado, pero para el beneficio de todos, nuestros ciudadanos deben actuar con moderación, precaución y buen juicio’… Los aviones de la Guardia Nacional volaron sobre el Estado toda la noche”.

El mismo pastor baptista que había pronunciado no menos de 2.500 discursos, ganador del premio Nobel de la Paz, encendiendo el corazón de millones de estadounidenses, denunciando la injusticia del sistema, en piezas maestras de una oratoria anclada en la historia de sufrimiento de su pueblo, con 39 años, intuía que no le quedaba mucho de vida. La noche anterior, en el que fue su último sermón, había dado a sus palabras un tono profético. En el Templo Obrero de Memphis habló de la proximidad de su fin y de la posibilidad de morir a manos de un “hermano blanco enfermo”.

“En Memphis los principales seguidores del doctor King se reunieron en su habitación después de su muerte. Entre ellos, el señor Young, el señor Abernathy, el señor Jackson, el reverendo James Bevel y Hosea Williams. Tuvieron que atravesar un charco seco de sangre del doctor King para entrar. Alguien había arrojado un paquete de cigarrillos arrugados a la sangre”, documenta el periodista. “Después de 15 minutos salieron. El señor Jackson miró la sangre. Abrazó al señor Abernathy… ’¡Seguir de pie!’, alguien exhortó… ’¡Asesinato! ¡Asesinato!’, gritó el señor Bevel… Irían al salón donde se iba a celebrar la manifestación esta noche”.

Martin Luther King en el motel Lorraine antes del atentado.

La sentencia judicial y las siempre sospechosas revisiones oficiales, sostuvieron que el asesino fue James Earl Ray, un prófugo, pendenciero y borracho, que había encadenado una vida de asaltos de poca monta. Este ejemplar de la denominada ‘basura blanca’, apretó el gatillo y lanzó su carga de odio racial con una precisión que aún sobrecoge y genera perplejidad. Nadie pudo explicar, una vez cometido el crimen, cómo Ray fue capaz de huir al extranjero, con diez mil dólares y falsos pasaportes canadienses, sin ser detenido hasta el 8 de junio en el aeropuerto londinense de Heathrow, cuando intentaba llegar a Rhodesia. 

Extraditado a Estados Unidos, se declaró culpable -lo que le evitó la pena de muerte- y una vez sentenciado a cadena perpetua se desdijo y defendió una teoría conspirativa en la que figuraba como un mero chivo expiatorio. Las dudas nunca se han apagado.

“El segundo en jefe Bartholomew declaró a primera hora de la mañana que personas no identificadas habían disparado desde los tejados y las ventanas contra policías, entre 8 y 10 veces. Dijo que las balas habían destrozado el parabrisas de un coche de la policía y los cristales rotos hirieron a dos efectivos. Fueron tratados en el mismo hospital donde murió el doctor King”.

Luego Caldwell agrega en su crónica: “Se hicieron 60 detenciones debido a los saqueos, robos y conducta desordenada, afirmó Bartholomew. Se informó de numerosas lesiones menores en 4 horas de enfrentamientos entre civiles y agentes del orden público. Pero cualquier trastorno grave estaba bajo control a las 11:15 pm. A primeras horas de la mañana, las calles estaban prácticamente vacías, excepto por patrullas sin luces encendidas”.

Martin Luther King y su hija Yolanda en Atlanta, 1962.

El rechazo de Martin Luther King a la guerra de Vietnam ya le había granjeado el odio de los militares. Su combate contra la desigualdad le habían vuelto objetivo prioritario del FBI y su director, el despótico Edgar Hoover. El odio racista lo encarnaban los inquisidores del Ku Klux Klan. Lo espiaban, lo enlodaban con falsos informes de infidelidades y aberraciones sexuales. Mientras buscaban cualquier resquicio para acusarlo de comunista, se multiplicaban las maquinaciones contra su vida.

Justo un año antes de su asesinato, dio un discurso en la iglesia Riverside de la ciudad de Nueva York, en el que anunciaba su contundente oposición a la guerra en Indochina: “Estamos tomando a los jóvenes negros que han sido desvalidos por nuestra sociedad y los enviamos a 8.000 millas de aquí para garantizar libertades en el sudeste asiático que ellos no tenían en el sudoeste de Georgia o en el este de Harlem. Así que hemos enfrentado repetidamente la cruel ironía de observar a los chicos negros y blancos en las pantallas de la televisión, viendo como ellos matan y mueren juntos porque una nación ha sido incapaz de sentarlos juntos en las mismas escuelas”.

Asesinado Martin Luther King, Estados Unidos sufrió una de sus mayores convulsiones. En un país que en pocos años había visto asesinar a balazos al presidente Kennedy y al líder negro Malcolm X, el magnicidio desató una cólera incontenible. En el vendaval fallecieron 43 personas, 3.500 resultaron heridas y más de 27.000 fueron arrestadas. Fue, seguramente, el epitafio a una época turbulenta. Fuertes lluvias comenzaban a caer sobre la Casa Blanca, mientras se adentraba más y más en la ciénaga de Vietnam.