Por Sofía Varas Rojas * |

«Somos amores en guerra», a Juan Aliste Vega, en reconocimiento a su digna lucha y a la memoria de quienes resisten frente a la injusticia.
La historia que comenzó a escribirse en las calles
Hay fechas que no caben en los calendarios porque continúan ocurriendo dentro de nosotros, el 18 de octubre de 2019 es una de ellas. No pertenece únicamente al pasado ni puede reducirse a las imágenes de estaciones incendiadas, barricadas, consignas y multitudes ocupando las calles. Es una fractura en la historia reciente de Chile, una interrupción de la normalidad que permitió ver aquello que durante demasiado tiempo había permanecido disperso entre las deudas, el cansancio, la precariedad y las promesas incumplidas.
Antes de octubre había vidas sostenidas sobre la incertidumbre, familias endeudadas para acceder a derechos fundamentales, estudiantes enfrentados a un futuro condicionado por el dinero, trabajadores que descubrían que el esfuerzo no garantizaba una vida digna, mujeres agotadas por la distribución desigual de los cuidados y personas mayores obligadas a sobrevivir con pensiones insuficientes. El país que se presentaba como ejemplo de estabilidad también acumulaba experiencias de inseguridad y desigualdad que no podían comprenderse únicamente a partir de las decisiones individuales.
Las evasiones estudiantiles fueron el detonante de una movilización que rápidamente desbordó el transporte público. «Evadir, no pagar, otra forma de luchar» condensó una desobediencia que incomodó a las instituciones porque puso en discusión algo más profundo que una tarifa: la obligación de aceptar las reglas incluso cuando sus consecuencias resultaban injustas para quienes debían cumplirlas.
Los estudiantes secundarios abrieron una grieta en esa normalidad, no esperaron a tener edad suficiente para ser considerados interlocutores legítimos ni solicitaron autorización para expresar su desacuerdo. Saltaron los torniquetes y, con ese gesto, contribuyeron a desencadenar una movilización que reunió a personas con distintas experiencias, demandas y trayectorias políticas.
La revuelta no fue una manifestación homogénea ni tuvo una única dirección. Fue un acontecimiento construido por miles de personas que encontraron en las calles un espacio para expresar su descontento, reconocerse y disputar el significado de la vida colectiva. Como plantean Aguilera y Espinoza (2022), comprender los sentidos políticos de la revuelta exige atender a las experiencias que la constituyeron y no reducirla a una explicación única.
El 18 de octubre no lo olvidamos porque hizo visible que la historia no es una sucesión de acontecimientos protagonizados exclusivamente por autoridades, partidos y representantes institucionales. También la escriben quienes interrumpen la rutina, desafían lo establecido y convierten sus experiencias en una demanda pública. La calle se transformó en un lugar donde la ciudadanía dejó de ser una condición formal para expresarse como acción colectiva.

El malestar social: aquello que la normalidad no consigue ocultar
El malestar social no comenzó en octubre ni desapareció cuando las calles volvieron a vaciarse, se relaciona con las tensiones entre las condiciones de existencia y las posibilidades reales de construir una vida digna, con la incertidumbre frente al futuro y con la experiencia de tener que responder individualmente a dificultades que también poseen dimensiones estructurales. Como categoría sociológica, permite investigar la relación entre condiciones sociales, experiencias subjetivas y respuestas institucionales sin reducir el sufrimiento a un diagnóstico individual ni suponer que todas las experiencias tienen las mismas causas (Varas Rojas, 2026).
En Chile, ese malestar se expresó en la dificultad de acceder a derechos, en el endeudamiento, en la precariedad laboral, en la inseguridad material y en la percepción de que las decisiones que organizaban la vida cotidiana se encontraban lejos de quienes debían soportar sus consecuencias. No todas las personas vivieron octubre por las mismas razones, pero la movilización hizo posible que demandas diferentes coincidieran en un espacio común y cuestionaran las condiciones que organizaban la sociedad.
La revuelta interrumpió la idea de que cada individuo debía adaptarse por separado. Allí donde se esperaba resignación, apareció la posibilidad de reconocerse en otras personas; allí donde el sufrimiento parecía privado, surgió la pregunta por sus condiciones sociales. Esa transformación no fue automática ni definitiva, pero permitió que experiencias habitualmente aisladas adquirieran una dimensión política.
La importancia del malestar reside también en aquello que puede ocurrir cuando deja de encontrar espacios de expresión colectiva. El cansancio puede convertirse en aislamiento, la incertidumbre en miedo y la frustración en una sensación de impotencia. Por eso, recordar octubre no significa afirmar que todo malestar conduce a la movilización, sino reconocer que las condiciones para la acción colectiva se construyen mediante encuentros, interpretaciones compartidas y formas de organización.
La pregunta continúa vigente: ¿qué ocurre con una sociedad cuando se acostumbra a vivir en condiciones que dificultan proyectar el futuro? La respuesta no puede limitarse a exigir mayor capacidad de adaptación individual. También debe examinar las relaciones de poder, las desigualdades y las responsabilidades institucionales que configuran esas experiencias.
Los ojos que la represión quiso cerrar
La historia del 18 de octubre también está escrita en los cuerpos de quienes salieron a manifestarse. Está en las lesiones, las cicatrices, las pérdidas de visión y las consecuencias físicas y psicológicas que acompañaron la represión de las protestas. Una memoria que omita esa violencia será necesariamente incompleta.
La respuesta de Carabineros durante el estallido social incluyó el uso excesivo de la fuerza contra manifestantes y transeúntes. Human Rights Watch (2019) documentó lesiones graves causadas por perdigones y cartuchos de gases lacrimógenos, incluidos impactos en el rostro y el cuerpo. El informe registró que, al 19 de noviembre de 2019, el 77 % de las lesiones oculares atendidas en el Hospital del Salvador había sido causado por perdigones, según la información proporcionada por el Ministerio de Salud.
Las cifras del Instituto Nacional de Derechos Humanos permiten dimensionar la magnitud de las consecuencias. En febrero de 2020, el organismo informó que había constatado 427 casos de heridas oculares durante sus visitas a centros asistenciales, de los cuales 34 correspondían a diagnósticos de pérdida o estallido ocular (INDH, 2020). Detrás de esos números había personas cuya vida cotidiana quedó modificada de manera permanente, familias que debieron afrontar las consecuencias de las lesiones y jóvenes que perdieron parte de su visión en un contexto de protesta social.

Los ojos de quienes fueron alcanzados por perdigones se convirtieron en una de las imágenes más brutales del estallido. La violencia no terminó en el momento del impacto. Continuó en las cirugías, las rehabilitaciones, las dificultades para estudiar o trabajar y la necesidad de reconstruir una vida después de una lesión irreversible. La ceguera y el trauma ocular no son metáforas cuando existen personas que deben vivir con sus consecuencias.
También deben recordarse los cartuchos de gases lacrimógenos disparados directamente contra personas, una práctica que podía provocar lesiones graves al impactar el cuerpo. La utilización de estos dispositivos no puede evaluarse únicamente por su finalidad declarada de dispersar manifestaciones. Importan sus condiciones concretas de uso, los riesgos previsibles y los daños que efectivamente produjeron.
Amnistía Internacional (2020) documentó patrones de uso ilegítimo de la fuerza durante las protestas y examinó la responsabilidad de los mandos policiales frente a las vulneraciones de derechos humanos. Estos antecedentes impiden reducir la violencia a incidentes aislados o presentar las lesiones como consecuencias inevitables de cualquier movilización.
La represión tiene una dimensión física, pero también política. Cuando una persona pierde la visión, cuando un proyectil impacta el rostro de un manifestante o cuando los gases se convierten en una amenaza para quienes ocupan una calle, el daño no se limita al cuerpo individual. También afecta el ejercicio de un derecho fundamental y puede producir miedo entre quienes observan lo ocurrido.
La violencia policial puede convertirse así en un mensaje dirigido al conjunto de la sociedad: manifestarse tiene consecuencias. El temor a sufrir lesiones, ser detenido o perder la integridad física puede desalentar la participación y estrechar los espacios disponibles para la protesta. No es necesario prohibir formalmente un derecho para dificultar su ejercicio; basta con que ejercerlo se vuelva una experiencia de riesgo que muchas personas no puedan asumir.
Recordar a quienes sufrieron lesiones oculares es, por tanto, una responsabilidad política y ética. No se trata de utilizar sus cuerpos como símbolos desprovistos de historia, sino de exigir verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición. Una democracia no puede considerar resuelto un conflicto mientras sus víctimas continúan enfrentando las consecuencias de la violencia y sus responsabilidades institucionales permanecen sin esclarecer plenamente.
Quienes luchan mantienen viva la historia
Ninguna transformación colectiva se sostiene únicamente mediante declaraciones, conmemoraciones o discursos pronunciados desde espacios institucionales. La historia también depende de quienes organizan reuniones, acompañan a las víctimas, sostienen espacios comunitarios, escriben, investigan, protestan y vuelven a encontrarse después de una derrota.
Quienes luchan son importantes porque impiden que las injusticias se conviertan en hechos naturales. Su presencia recuerda que las condiciones sociales pueden ser cuestionadas y que los derechos necesitan personas dispuestas a ejercerlos y defenderlos. La movilización no garantiza una victoria, pero permite abrir conflictos que de otro modo podrían permanecer fuera de la discusión pública.
La revuelta fue también una experiencia de encuentro. En las calles aparecieron formas de solidaridad, colaboración y creación colectiva que no pueden reducirse a la relación entre manifestantes y fuerzas policiales. Hubo personas que compartieron alimentos, atendieron a quienes resultaban heridos, acompañaron a quienes tenían miedo y participaron en iniciativas culturales y comunitarias. Esas prácticas formaron parte de una historia que merece ser recuperada con la misma seriedad con que se recuerdan los enfrentamientos.

La perspectiva del reconocimiento desarrollada por Honneth (1995) permite comprender que las luchas sociales no se limitan a la distribución de recursos. También involucran demandas de respeto, dignidad y participación. Las personas reclaman mejores condiciones materiales, pero también cuestionan las relaciones que las sitúan en posiciones subordinadas y las instituciones que parecen ignorar sus experiencias.
Quienes luchan no son héroes sin contradicciones ni forman un colectivo que piensa de manera idéntica. Son personas concretas, con diferencias, errores, cansancios y límites. Precisamente por eso importa reconocer su trabajo: porque la organización colectiva no surge espontáneamente ni permanece activa sin esfuerzo. Requiere tiempo, vínculos, discusión, responsabilidad y disposición para sostener procesos que rara vez ofrecen resultados inmediatos.
La memoria del 18 de octubre también pertenece a quienes continuaron defendiendo derechos después de que disminuyera la atención pública. A quienes acompañaron procesos judiciales, mantuvieron viva la discusión sobre las violaciones de derechos humanos, sostuvieron organizaciones estudiantiles y territoriales y se negaron a aceptar que el paso del tiempo bastara para cerrar las preguntas abiertas por la revuelta.
Recordar a quienes luchan es reconocer que la historia no se construye solamente durante los momentos de mayor visibilidad. También se construye en la persistencia cotidiana, en las tareas menos reconocidas y en la capacidad de volver a organizarse cuando el entusiasmo inicial ha sido reemplazado por el desgaste.
La alegre rebeldía como práctica colectiva
La alegre rebeldía no significa ignorar el dolor, romantizar la represión ni fingir que las derrotas no existen. Significa defender la posibilidad de crear, encontrarse y actuar incluso cuando las condiciones son adversas. Es una forma de resistencia frente a una sociedad que muchas veces presenta la resignación como madurez y la adaptación como la única alternativa posible.
La alegría de una movilización no se encuentra necesariamente en sus resultados, puede aparecer en el encuentro con otras personas, en una consigna compartida, en la certeza de no estar a solas frente a una injusticia o en la posibilidad de imaginar un futuro distinto. Esa experiencia no elimina las diferencias ni resuelve automáticamente los conflictos, pero permite construir vínculos que hacen posible sostener la acción colectiva.
Mantener activa la alegre rebeldía exige más que recordar una fecha, requiere conservar espacios de organización, defender el derecho a manifestarse, acompañar a quienes han sufrido violencia y construir formas de participación capaces de enfrentar las condiciones que producen desigualdad y exclusión. También exige reconocer el cansancio, cuidar a quienes sostienen las luchas y evitar que la política se convierta en una sucesión interminable de sacrificios individuales.
Una rebeldía que no consigue reproducir sus vínculos corre el riesgo de agotarse. Una memoria que solo recuerda las imágenes más espectaculares puede olvidar a las personas que sostuvieron el movimiento y las demandas que le dieron sentido. Por eso, recuperar octubre implica volver a sus experiencias concretas, a sus formas de solidaridad y a las preguntas que siguen sin respuesta.

La calle no es el único espacio de participación política, pero continúa siendo fundamental para hacer visibles demandas, disputar decisiones y ejercer derechos. Defenderla como espacio democrático supone rechazar tanto la violencia estatal ilegítima como la idea de que la tranquilidad pública debe conseguirse mediante el silenciamiento de quienes protestan.
La alegre rebeldía no consiste en repetir exactamente lo ocurrido en 2019. Consiste en preservar la capacidad de cuestionar lo establecido, imaginar alternativas y construir relaciones que permitan sostener la acción colectiva. Es una práctica que necesita memoria, pero también creatividad, organización y voluntad de intervenir en el presente.
El 18 de octubre como memoria y agitación
El 18 de octubre importa porque impide narrar la historia reciente de Chile como si la estabilidad hubiera sido una condición natural y la revuelta una interrupción inexplicable. Antes de las protestas existían desigualdades, demandas insatisfechas y experiencias de malestar; durante la movilización, esas tensiones adquirieron una expresión colectiva que transformó la discusión pública.
La memoria de octubre no necesita convertir el acontecimiento en una leyenda para reconocer su importancia. Tampoco necesita ocultar sus contradicciones, sus dificultades organizativas o los límites de los procesos políticos que siguieron. Recordar con rigor significa conservar las preguntas, reconocer las responsabilidades y examinar las consecuencias sin reducir la historia a una celebración ni a una condena.
La revuelta mostró que la ciudadanía puede exceder los mecanismos institucionales habituales y que las calles pueden convertirse en lugares de encuentro, disputa y creación política. También mostró el costo humano de la represión y la necesidad de proteger el derecho a manifestarse. Ambas dimensiones pertenecen a la historia de octubre y deben permanecer unidas en su memoria.
Agitar la memoria significa impedir que el pasado sea convertido en una fecha inofensiva. Significa volver a preguntar qué condiciones hicieron posible la revuelta, qué demandas siguen pendientes y qué puede aprenderse de las experiencias de organización, solidaridad y resistencia que surgieron durante aquellos meses.
No se trata de exigir que todas las personas participen de la misma manera ni de imponer una única interpretación política. Se trata de defender la posibilidad de actuar colectivamente, de sostener espacios donde las injusticias puedan discutirse y de reconocer que los derechos fundamentales necesitan una ciudadanía capaz de ejercerlos.
Chile no despertó para permanecer despierto eternamente. Las sociedades pueden movilizarse, agotarse, fragmentarse y volver a acostumbrarse a aquello que antes consideraban intolerable. Precisamente por eso la memoria importa: porque permite reconocer que la normalidad también tiene una historia y que las condiciones que la organizan pueden ser transformadas.
El 18 de octubre continúa siendo una referencia para quienes se niegan a aceptar que el presente agote las posibilidades del futuro. Su importancia no reside en ofrecer respuestas definitivas, sino en recordar que la acción colectiva puede abrir preguntas, interrumpir certezas y construir formas distintas de encontrarse.
Mantener viva esa memoria es reconocer a quienes lucharon, a quienes sufrieron la violencia policial y a quienes continúan defendiendo derechos. Es también comprender que la rebeldía necesita algo más que indignación: necesita vínculos, organización, solidaridad y capacidad de persistir.
Porque una sociedad no cambia cuando aprende a soportar mejor sus injusticias, sino cuando deja de considerarlas inevitables y transformar su rabia en acción.

*Socióloga, especialista en Salud mental, infancias y Derechos Humanos.
Referencias
Aguilera, C., & Espinoza, V. (2022). «Chile despertó»: Los sentidos políticos en la revuelta de octubre. Polis, 21(61). https://doi.org/10.32735/S0718-6568/2022-N61-1707
Amnistía Internacional. (2020, 14 de octubre). Ojos sobre Chile: Violencia policial y responsabilidad de mando durante el estallido social. https://www.amnesty.org/es/latest/research/2020/10/eyes-on-chile-police-violence-at-protests/
Honneth, A. (1995). The struggle for recognition: The moral grammar of social conflicts (J. Anderson, Trans.). MIT Press.
Human Rights Watch. (2019, 26 de noviembre). Chile: Llamado urgente a una reforma policial tras las protestas. https://www.hrw.org/es/news/2019/11/26/chile-llamado-urgente-una-reforma-policial-tras-las-protestas
Instituto Nacional de Derechos Humanos. (2020, 19 de febrero). INDH entrega nuevo reporte de cifras a cuatro meses de iniciada la crisis social. https://www.indh.cl/indh-entrega-nuevo-reporte-de-cifras-a-cuatro-meses-de-iniciada-la-crisis-social/
Varas Rojas, S. (2026, 26 de septiembre). Hacia una sociología del malestar: Notas para una categoría en construcción. Carcaj. https://carcaj.cl/hacia-una-sociologia-del-malestar-notas-para-una-categoria-en-construccion/
