TODOS SABEN QUE EXISTE

Por Luciano Colla | Sobre Ursula K. Le Guin y el cuento «Los que se alejan de Omelas» |

Para empezar, vamos a armar una utopía. Imaginen el contexto más alegre que puedan. Los detalles específicos no importan demasiado, que cada cual lo dibuje a su placer y semejanza. Esa imagen será la de la ciudad de Omelas. La misma Ursula Le Guin nos contará que desconoce «las reglas y leyes de su sociedad», aunque las supone escasas, pero lo importante es que las personas que viven allí son realmente felices. Quedémonos con eso. Es un pueblo simple, «ojalá supiera explicarlo mejor y convencerles», dice. Por eso, para entender Omelas y continuar con esta historia, nos pide que nos ubiquemos dentro de nuestra propia fantasía. «La felicidad se basa en una justa discriminación de lo que es necesario, de lo que no es ni necesario ni destructivo y de lo que es destructivo», escribe. De ahí en más, cada cual dibuja su mundo.

Por ejemplo, si el lector o lectora imagina orgías, que no dude. Si necesita drogas, le ofrece drooz, que no crea hábitos y «otorga una gran lucidez mental y fuerza a los miembros». Así de sencillo. «El mal estriba en que nosotros poseemos malos hábitos, animados por pedantes y sofisticados empeñados en considerar la felicidad como algo estúpido». Ahora que está más clara la idea, continuamos. Ese día, en Omelas, comienza el verano. Es una jornada especial. Un niño toca su flauta de madera y una multitud se detiene a su alrededor a escuchar la dulce melodía. El aroma de los campos de hierba y de las flores que decoran el paisaje se mezclan con el de las comidas que ahora escapa de las tiendas mientras un señor mayor disfruta de su porción de pastel junto a unos niños que montan felices sus caballos. ¿Lo creen?, pregunta Ursula. «¿Aceptan el festival, la ciudad, la alegría? ¿No? Entonces, permítanme que lo describa una vez más».

Existe un edificio público en Omelas que nadie desconoce. En el subsuelo, o tal vez en el sótano, hay una puerta cerrada con llave. Detrás, un cuarto que no tiene ventanas y apenas una suave luz se logra filtrar polvorienta «entre las rendijas de la carcomida madera». El suelo está completamente sucio, pegajoso, y tiene menos de un metro de largo por medio de ancho. Allí, en ese pequeño espacio, hay un niño de diez años sentado. O quizás podría ser una niña. No importa. Tiene discapacidad mental, tal vez nació así o tal vez fue «por el miedo, la desnutrición y el abandono». La puerta siempre está cerrada y no hay quien se acerque sin lograr ocultar algún gesto de horror o asco. Cuando llega la hora de pasarle algo de comida y agua y pide salir, nadie responde. Cuando grita, nadie oye. Aunque, a esta altura, raramente ya casi lo haga.

Todos saben que existe, nos dice Ursula. Y, por sobre todas las cosas, «todos saben que tiene que estar». Así lo aceptan, y así siguen sus vidas. Hay quienes comprenden la razón, hay quienes prefieren no pensar, pero nadie ignora que su felicidad depende exclusivamente de la miseria del niño. Sería hermoso sacarlo, ¿quién no estaría de acuerdo con algo así?; pero, ese día, cambiaría todo el bienestar y la armonía que tan próspera hace a la gente del lugar. Algo así como acabar con la felicidad de millares y «reconocer la culpa, admitir el delito». Al fin y al cabo, entienden que, si no fuera por ese niño, el otro niño no podría tocar la flauta y esas melodías que tanto les gusta escuchar. Sin embargo, a veces, pasa algo increíble. De tanto en tanto, dicen que alguien va a visitarlo y no regresa a su hogar. No vuelve a llorar, enojarse en soledad o a desbordar momentáneamente de indignación, como hace la mayoría. Se va, deja la ciudad, y no vuelve más. Se aleja para siempre de Omelas.