DIOS SERÁ FUSILADO AL AMANECER

Por Jorge Montero |

«¡Tenemos que extirpar de la vida lo que se ha enraizado durante 20 siglos!»
Máximo Gorki

La escena transcurre en una plaza moscovita, probablemente cubierta de nieve, una mañana de enero de 1918. Son las seis y media y un pequeño pelotón se acerca al centro de la explanada, seguido de un puñado de hombres y oficiales militares que cubren sus cabezas con ushankas. Sin mediar palabra, las personas se detienen y los soldados levantan sus fusiles hacia el cielo plomizo. Cinco ráfagas de proyectiles resuenan en un eco que acompaña el repentino vuelo de las aves asustadas. Junto con ellas, un fantasma huye recorriendo herido de muerte el firmamento ruso. Acaban de fusilar a Dios.

Un día antes, el 16 de enero, había comenzado el proceso judicial contra el «Señor», acusado por crímenes contra la humanidad por el tribunal presidido por Anatoli Vasílievich Lunacharski, comisario del pueblo para la Educación y las Artes (Narkomprós). Más específicamente, Dios había sido imputado por genocidio. Durante el juicio celebrado en Moscú, en plena efervescencia revolucionaria, en el banquillo de los acusados reposó una Biblia, flanqueada por abogados defensores dispuestos por el Estado soviético, quienes clamaron por la inimputabilidad y la consecuente absolución del acusado, dado que padecía «grave demencia y trastornos psíquicos».

Destrucción del campanario de la iglesia de San Nicolás el Taumaturgo, Yeisk, 1936.

Durante más de cinco horas el pueblo ruso presentó los cargos en nombre de la humanidad. Los campesinos pobres refirieron las amenazas proferidas por los terratenientes: «Yo soy vuestro señor y mi señor es el zar. El zar tiene el derecho divino de darme órdenes y yo debo obedecerle, pero no a dároslas a vosotros. En mis propiedades yo soy el zar, yo soy vuestro Dios en la tierra y debo responder a Dios por vosotros en el cielo… Dios limpia el ambiente con el trueno y el relámpago, y en mi aldea yo limpiaré con el trueno y el fuego siempre que lo considere necesario».

No fueron pocos los proletarios que vivamente recordaron cómo, tras la derrota de la revolución de 1905, la Duma Estatal aprobó la llamada reforma Stolpyn, un intento de crear una base social y política al zarismo de propietarios agrarios, repartiendo terrenos comunales, o sea, volviendo a «expropiar» a los campesinos pobres. Sin embargo, la resolución debió enfrentar la oposición irreductible de los nobles y la Iglesia, enemigos de cualquier apertura que implicara la más mínima pérdida de sus privilegios. En palabras del conde Saltikov, representante de la Duma: «Ni una pulgada de nuestras tierras, ni un grano de arena de nuestros campos, ni una brizna de hierba de nuestros prados, ni una rama de nuestros bosques».

La Iglesia Ortodoxa rusa extendía su poder por todo el imperio, 55.172 iglesias y 29.593 capillas, 112.629 sacerdotes y diáconos, 550 monasterios y 475 conventos, con 95.259 monjes y monjas a su servicio. Además de beneficiarse con el monopolio de la educación. Una poderosa fuerza contrarrevolucionaria y una voz intimidatoria con gran influencia en la sociedad. Este era el corazón de la puesta en escena del juicio a Dios.

Relataron los «desertores» de la Gran Guerra como, por miles, los soldados tras lanzar sus fusiles en las trincheras, escapaban del frente. «Como plagas de langostas marchábamos, obstruyendo ferrocarriles, carreteras y vías fluviales. Nos agolpábamos en los trenes, por los techos y las plataformas, aferrándonos a los peldaños de los coches como racimos de uva, a veces expulsando a los pasajeros de sus literas». Impedidos de frenar la marea humana, los oficiales zaristas dejaban la ímproba tarea a los monjes. «La guerra ha hecho estragos con la fe, pero las masas de soldados son religiosas, y todavía se puede hacer mucho en nombre de la cruz». Y comenzaban con el sermón: «Dios es llamado Zar del Cielo y la Virgen, Zarina. Tenemos que dar la vida por ellos. La gente no tendrá a Dios insultando. Recemos por los viajeros, por los enfermos, por los que sufren», y los soldados gritando: «Oren también por los desertores». Y los clérigos: «¡Con la guerra! Hasta plantar la cruz que resplandece sobre la cúpula de Santa Sofía en Constantinopla». Y los soldados respondiendo: «Sí, pero antes miles de cruces serán plantadas en nuestras tumbas. No queremos Constantinopla, queremos ir a casa, no queremos que otras personas tomen nuestra tierra lejos de nosotros, ni lucharemos para quitarles tierra ajena».

Anatoli Lunacharski, 1930.

Los defensores de Petrogradodenunciaron cómo el general cosaco Kornilov, tras recibir la bendición de Tijon el Patriarca de Moscú, emitió el 9 de septiembre una proclama declarando: «Nuestro país se está muriendo bajo la presión de la mayoría bolchevique en el soviet… Que todos los que creen en Dios y los templos rogamos al Señor que manifieste el milagro de salvar a nuestra tierra natal», y con 70.000 soldados escogidos del frente avanzó sobre la ciudad. Muchos de ellos eran musulmanes, sus guardaespaldas turcomanos, sus jinetes tártaros, sus montañeses circasianos. Con las empuñaduras de las espadas en forma de cruz, sus oficiales arrodillados, juraron que cuando se tomara Petrogrado, los ateos socialistas se verían obligados a terminar de construir la gran mezquita o ser fusilados. Con aviones, vehículos blindados británicos y la sanguinaria División Salvaje, avanzó sobre Petrogrado en nombre de Dios y de Alá. «Pero las masas, en nombre de los soviets y la Revolución, se levantaron como un solo hombre a la defensa de la capital, Kornilov fue declarado traidor y proscrito. Se abrieron los arsenales y se pusieron armas en manos de los obreros. Los guardias rojos patrullaban las calles, cavaban trincheras, construían a toda prisa barricadas. Los socialistas musulmanes se infiltraron en las líneas enemigas y en nombre de Marx y de Mahoma exhortaron a los montañeses a no avanzar contra la Revolución. Sus argumentos prevalecieron. Las fuerzas de Kornilov se derritieron y el ‘dictador’ fue capturado sin disparar un tiro».

Indignados campesinos acusaron al Concilio Eclesiástico Panruso que había comenzado a sesionar a mediados de 1917, enviando manifiestos a todos los rincones del país, invocando un poder fuerte, anatemizando a los bolcheviques y adjurando: «Obreros, trabajad sin escatimar vuestras fuerzas, y subordinad vuestras demandas al bien de la patria».Pero a lo que el Concilio concedió particular atención fue al problema de la tierra. Los obispos estaban no menos asustados y enfurecidos que los terratenientes por las proporciones que tomaba el movimiento campesino, las violentas rebeliones y el miedo a perder tierras de la Iglesia y de los monasterios, les emocionaba mucho más que el problema de la «democratización de la Iglesia», bajo cuya advocación se habían reunido. No era para menos, en nombre de Dios, el zar había sido el mayor latifundista de Rusia, poseyendo más de 5 millones de hectáreas de tierra cultivable; mientras que la Iglesia extendía su dominio sobre otros 3 millones de hectáreas fértiles. Otros 30.000 grandes terratenientes eran propietarios de otros 76 millones de hectáreas. Mientras que a 12 millones de familias campesinas les quedaban parcelas de menos de 7 hectáreas de los peores terrenos para poder sobrevivir. «Parecen suficientes razones para una revolución agraria», argumentaban campesinos pobres. Los mensajes del Concilio eran inequívocos, amenazando con la cólera divina y la excomunión, los obispos exigían «que se devuelvan inmediatamente a las iglesias, conventos, parroquias y propietarios particulares, las tierras, los bosques y las cosechas que les has sido robados». El Concilio continuó reunido semanas y semanas, y hasta después de la Revolución de Octubre, culminando su trabajo con la restauración del patriarcado, abolido por el emperador Pedro ¡doscientos años antes!

Congreso de soviets.

Luego de los últimos testimonios y apelaciones, Anatoli Vasílievich Lunacharski, comisario del pueblo del Narkomprós, leyó el veredicto. El tribunal revolucionario encontró a Dios culpable del delito de genocidio. Lo condenó a la pena de muerte sin que el fallo pudiera ser recurrido o aplazado. Y la mañana del 17 de enero se cumplió la sentencia.

La Revolución tenía solo tres meses e innumerables urgencias. De hecho, el mismo día del «fusilamiento», la Rada ucraniana firmó la paz unilateral con Alemania; mientras la Rusia de los soviets era acorralada diplomáticamente en Brest-Litovsk; se disolvía la Asamblea Constituyente, y los «blancos» alistaban sus ejércitos para marchar sobre Petrogrado y Moscú. Pero la construcción del socialismo era una odisea a la que es imposible acercarse sin emoción. Solo unos días después, el 20 de enero de 1918, el Consejo de Comisarios del Pueblo de la República Soviética promulgaba el ‘Decreto sobre la libertad de conciencia y las asociaciones eclesiásticas y religiosas’: «La iglesia se separa del Estado». «Para todo ciudadano soviético, la religión es un asunto privado». «Todos los bienes de las asociaciones eclesiásticas y religiosas que existen en Rusia se declaran propiedad del pueblo»…

Nevaba. Lunacharski se encamina hacia el bulevar Tchistoprudny. En el número 6 está la sede del Narkomprós. Dos carteles de la ‘Liga de los Militantes Sin Dios’ cuelgan a ambos lados del portal. Anatoli Vasílievich lee con atención y sonríe: «El humo de la fábrica es menos nocivo que el humo del incienso».