
- El atentado al comisario Alberto Villar |
La información llegó desde un astillero del Tigre. Decía que el comisario Alberto Villar tenía un crucero amarrado en el arroyo Rosquete y que solía aprovechar sus tiempos libres para navegar. Para Montoneros, que hacía tiempo le seguía los pasos, el dato valía oro. No era sencillo encontrarlo sin custodia, por lo que se dispusieron a diagramar un plan para tomarlo por sorpresa. La noche del 26 de octubre de 1974, dos integrantes de la organización se metieron en las aguas del delta con trajes de buzos. Evitaron llevar tubos de oxígeno para no delatar sus posiciones en la superficie y nadaron hasta el casco de la embarcación. Una vez allí, fijaron una bomba de gelamón y se retiraron. A la mañana siguiente aguardaron la llegada del comisario, pero Villar no apareció. Pasaron los días y, ante el posible deterioro de los explosivos bajo el agua, decidieron cambiar la carga. Ahora solo restaba esperar.
El prontuario de Villar no era el de cualquier hombre del poder. Tras especializarse en Francia, en 1968 viajó a Panamá para hacer un curso de tácticas antisubversivas y, dos años después, creó la Brigada Antisubversiva para reprimir a los grupos de izquierda. Condujo la represión del Viborazo, en Córdoba, y en Tucumán se internó en el monte con 150 hombres para combatir al ERP. El 24 de agosto de 1972, tras los fusilamientos de Trelew, irrumpió en el velatorio para secuestrar los cuerpos y evitar que se supiese que una de las víctimas, Ana María Santucho, estaba embarazada.
El 24 de enero de 1974, el Gobierno de Juan Domingo Perón lo citó y le dio carta blanca para hacer lo que mejor sabía. Cuatro días después, con todo acordado, el presidente firmaba un decreto donde lo nombraba subjefe –y luego jefe- de la Policía Federal. Villar se convirtió en uno de los líderes de la organización parapolicial de la Triple A e integró un grupo interno que se hacía llamar «Los Centuriones». La noche del 31 de julio, cuando la Triple A mató al diputado Rodolfo Ortega Peña, se presentó en el velatorio con una sonrisa que nadie olvidaría. Tras una fuerte discusión con los presentes, intentó dispersar el cortejo fúnebre que marchaba hacia Chacarita. Para entonces, en los actos de Montoneros ya se cantaba su nombre y se pedía su cabeza.
El 1º de noviembre, Alberto Villar tenía planeado tomarse el feriado para descansar con su esposa, Elsa Marina Pérez. Salieron en el crucero pasadas las 10:30, y su custodia quedó en tierra. A las 10:45, a unos 150 metros de la orilla, el barco voló por los aires. Mientras sus custodios buscaban los restos, el Estado movilizó a todas sus fuerzas para dar con los autores. Poco después, Montoneros se atribuyó públicamente el hecho con un comunicado. Villar y su esposa fueron velados en el Departamento Central de Policía y enterrados en el panteón policial de Chacarita. El hombre que había dedicado su vida entera a perseguir a la izquierda terminaba sus días a manos de aquellos a quienes tanto había perseguido.

