DIECIOCHO HORAS EN LA HIGUERA: EL ÚLTIMO DÍA DE ERNESTO «CHE» GUEVARA

Por Luciano Colla |

El reloj marca las 17:00 h cuando un cable llega al comando del ejército en La Paz: «Confirmamos caída de Ramón». Es el Che. Lo cierto es que lo capturaron horas atrás, a las 14:30, pero nadie se animó a transmitir la información. No mucho después, el ejército de Bolivia eleva el parte a quienes realmente dan las órdenes y la noticia es recibida en los Estados Unidos. Para ese entonces, el sol empieza a esconderse entre los cerros y los captores saben que deben tomar una decisión. Es un compromiso demasiado grande.

Es el capitán Gary Prado quien, sabiendo que no puede fallar, ordena partir hacia La Higuera. Decidió abandonar el combate de la quebrada para no arriesgar lo logrado. El premio es enorme, más de lo imaginado. La responsabilidad, también. Mientras el enfrentamiento contra los guerrilleros continúa y la situación aún es incierta, uno de sus soldados le dice a Prado: «Ya cayó este desgraciado que era la cabeza». El Che, herido y recién capturado, escucha la conversación y responde: «La revolución no tiene cabeza, compañero».

Son cerca de cien soldados avanzando desde la quebrada del Yuro, probablemente pensando que tienen dos kilómetros y medio a pie por delante, con la constante incertidumbre de si serán emboscados y con la carga de trasladar al hombre más buscado del mundo, herido en una pierna, amarrado y a paso muy lento. Al iniciar un trayecto que promete ser eterno, quienes lo escoltan son notificados de que, bajo ninguna circunstancia, deben hablar con el prisionero.

Vista aérea de zona donde estuvo la guerrilla del Che. Ph: Alejandro Azcuy/Cubadebate.

UNA NOCHE DEMASIADO LARGA

Cerca de las 19:30 h, con los últimos minutos de luz sobre el horizonte, los pocos habitantes de las treinta casitas de La Higuera ven pasar la comitiva. Una larga fila de soldados polvorientos y visiblemente cansados atraviesa la calle que da forma al caserío. Pero no son los primeros visitantes. Minutos antes, dos hombres de las Fuerzas Armadas se hicieron presentes para sacar tajada de los réditos que están en juego. Una vez allí, tanto Ernesto Guevara como el resto de los detenidos –sumados a los cuerpos de los caídos en combate–, son conducidos a una pequeña escuelita, otra de las tantas construcciones de adobe y tejas del lugar.

En una de las habitaciones encierran a los prisioneros junto a los cadáveres; en la otra, al Che. Afuera, Prado vuelve a enviar el mismo mensaje que ya mandó varias veces, ahora por telégrafo: «Papá herido». Luego se reúne con el mayor Miguel Ayoroa y el teniente coronel Andrés Selich para inspeccionar las pocas pertenencias de Ernesto. Les llama la atención su diario y un cuaderno de códigos que no logran descifrar. Buscan fechas, datos, y cualquier información que les pueda servir sobre la guerrilla. Revisan además decenas de mapas, doce rollos fotográficos, una radio, dos libros, un cuaderno con poemas y otros con escritos propios. Los pocos pesos bolivianos y dólares que llevaba consigo se los reparten entre los efectivos.

Son las 21:00 h. La noche es fría y el cielo está despejado. Selich se comunica por teléfono y solicita instrucciones. Algo tienen que hacer. No saben cómo continuar y el riesgo que perciben es enorme. Diez minutos después, llega la respuesta esperada: «Los prisioneros de guerra deben mantenerse vivos hasta recibir órdenes». Para ese momento, dos cordones de guardia rodean la escuela. La tensión resulta insoportable. Una hora más tarde, una nueva directiva hará que la noche se vuelva eterna. La envía el coronel Joaquín Zenteno Anaya, e indica que deben mantenerlo con vida hasta que él se presente a primera hora de la mañana.

Mientras los guardias conversan frente a la escuela, Ninfa Arteaga, esposa del telegrafista de La Higuera, se acerca hacia ellos con un plato de comida. Al ser interrogada, dice que es para el Che. Tras un breve cruce de miradas, un suboficial se lo niega y ella se retira advirtiendo que, entonces, tampoco habrá comida para ellos. Poco después, Ernesto recibe un plato de sopa de maní. Será su última comida.

Diario del Che en Bolivia.

ORDEN PRESIDENTE FERNANDO 700

Lejos de allí, tras deliberar durante horas, un grupo del ejército se reúne con el presidente de Bolivia, René Barrientos, para comunicarle lo acordado. El mandatario convalida la decisión. A las 23:30, un mensaje en código morse emitido por el consejo de las Fuerzas Armadas y dirigido al coronel Zenteno establece: «Orden presidente Fernando 700». «Fernando» es el nombre clave que usan para referirse a Ernesto Guevara; «700» significa muerto. El Che Guevara acaba de ser condenado a muerte.

Las últimas horas adquieren matices disímiles según quién relate su paso por la escuelita. Por primera vez en años de meticuloso registro personal, no contamos con la versión de Ernesto. Ya no tiene su pluma y su diario, ese en el que narraba su vida de lucha, en el que escribía para sí sus vivencias, ideas, proyectos y contratiempos. Ahora, la historia se ampara en testimonios de campesinos y soldados que lo visitan, pobladores del pequeño caserío que se acercan a charlar, de jefes militares y asesinos a sueldo que obedecen órdenes de personas que jamás verán, con beneficios que nunca gozarán y promesas que no se cumplirán.

Uno de los soldados cuenta que el Che está tirado en el suelo, que su herida en la pierna dejó de sangrar. Sabemos que únicamente le dan una aspirina para calmar su dolor y que recién lo atienden horas más tarde cuando un enfermero del ejército lava su pierna con desinfectante. Eso es todo. Durante la madrugada, numerosas personas entran en la habitación e intentan entablar diálogo. Las preguntas van y vienen, y Guevara responde, fiel a su estilo, con pocas palabras.

En una de las tantas visitas que recibe, escucha a un soldado preguntarle a otro en qué andará la cabeza del detenido e interrumpe para sacarlos de la duda: «Estoy pensando en la inmortalidad de la revolución a la que tanto temen aquellos a los que ustedes sirven». El coronel Selich también sucumbe a la tentación de charlar con el guerrillero y le pregunta –como quien busca comprender algo que le es completamente ajeno– por qué, pudiendo permanecer cómodo en Cuba, optó por arriesgar su vida en Bolivia. El Che responde: «¿No ve el estado en que viven los campesinos? Son casi salvajes, viven en un estado de pobreza que deprime el corazón, tienen un solo cuarto donde dormir y cocinar, nada de ropa, abandonados como animales…». Dos soldados que lo visitan deciden abrirse y contarle sobre sus orígenes humildes y sus familias mineras. Por un instante, llegan a pensar si no sería posible escapar con él. Pero la idea se cae rápidamente cuando uno de ellos observa hacia afuera y comprueba que ahora hay tres anillos de seguridad bordeando La Higuera.

A pocos metros de allí, sus compañeros sobrevivientes, los que lograron escapar del cerco militar tras el combate, descansan de su extenuante marcha sin saber que el Che está prisionero en La Higuera. Los perros ladran –recordará tiempo después Inti Peredo–, pero ellos ignoran si se debe a su presencia o a los gritos de los militares que se emborrachan «eufóricos». Tras un breve reposo, reanudan camino hacia los puntos de contacto preestablecidos con la esperanza de reencontrarse y continuar la lucha.

Herida y calzado de Ernesto Guevara al momento de ser capturado.

LO QUE NOSOTROS COMBATIMOS

Al amanecer del día 9, a las 6:15, un helicóptero aterriza en el lugar. De él descienden Joaquín Zenteno y el agente de la CIA Félix Rodríguez. Inmediatamente, van a examinar las pertenencias secuestradas al detenido. Luego se dirigen a la escuelita donde, según el relato de un soldado, se produce una discusión subida de tono entre Guevara y el hombre de la CIA. A continuación, Rodríguez aprovecha la ocasión para hacerse tomar una fotografía junto al Che que se hará conocida tiempo después. Sobre estos hechos, contará en sus memorias que, al entrar en el cuarto, encuentra a su enemigo tirado sobre la tierra, atado de pies y manos. «Estaba hecho un desastre –dirá–. El pelo enmarañado, la ropa harapienta y rota». No tiene botas y sus pies están envueltos en fundas de cuero improvisadas, dignas de un campesino medieval. Para cerrar el encuentro, el Che, convencido de que Rodríguez miente y no es un oficial boliviano como asegura, le pregunta por su nacionalidad. Al escuchar «cubano de nacimiento», se limita a responder con un «ja».

Frente a la casa del telegrafista, al tiempo que Rodríguez toma fotografías de algunas pertenencias del guerrillero, Guevara les pide a sus custodios si puede hablar con la maestra del caserío. Su nombre es Julia Cortez, y será ella quien cuente, años más tarde, que conversan sobre el deplorable estado de la escuela. El detenido le dice que, mientras los hijos de los campesinos carecen de un lugar digno para estudiar, los funcionarios del Gobierno andan en coches caros y viven en la abundancia: «Es eso lo que nosotros combatimos». Entrada la mañana, el Che pide volver a hablar con ella. Esta vez, Julia se niega alegando que tiene miedo, pero pregunta a los soldados, desconcertada, si el Che vive aún. Es que acaba de escuchar por la radio que había muerto en combate.

Puertas afuera, Félix Rodríguez y un grupo de uniformados deliberan. Tal vez, sea en este momento cuando Zenteno comunica el destino del Che. Es difícil saberlo porque los testimonios de los presentes, como muchas veces durante estas horas, se van a contradecir en el futuro. Rodríguez contará luego que, durante una larga charla con el Che, este le envía un mensaje para Fidel y otro para su mujer donde le pide que sea feliz y se case nuevamente. Según narran sus memorias, cuando «le había llegado el momento de la verdad, se portaba como todo un hombre que enfrentaba la muerte con coraje y dignidad». Otras fuentes militares dirán que es un intercambio sumamente breve donde el Che se limita a insultarlo y a llamarlo «gusano» y «mercenario».

Cerca del mediodía, se reúne a la tropa y se le comunica que uno de ellos deberá ser el verdugo. Según relatará uno de los presentes, el suboficial Mario Terán, en evidente estado de embriaguez, da el paso al frente. Otro soldado, Bernardino Huanca, se hace cargo del resto de los detenidos. En ese instante, Rodríguez aparta a Terán y le dice: «No le tire de aquí para arriba, tírele de aquí para abajo, pues se supone que este hombre haya muerto de heridas en combate». El soldado asiente. La orden está dada, sin embargo, no se mueve del lugar. Tras algunos minutos dubitativo, acude a consultar nuevamente con un superior. Según contará, lo hace con la esperanza de que se anule la ejecución, pero solo recibe una reprimenda.

Mario Terán.

EL NACIMIENTO DEL MITO

Cuando el reloj marca las 13.00 h, la puerta de la habitación se abre y Terán ingresa con una carabina M2 en las manos. El Che está sentado en un banco, con las manos fuertemente atadas hacia atrás. Se observan. Pero pasa el tiempo y Terán no se mueve. «Ese fue el peor momento de mi vida», declarará pocos días después a un medio francés. «Usted ha venido a matarme», dice Guevara. Cohibido, el soldado baja la cabeza sin responder. «¿Qué han dicho los otros?», pregunta por sus compañeros ya ejecutados. Terán contesta que nada y Guevara sonríe: «Eran unos valientes». El uniformado no se atreve a disparar. Confesará luego que se siente intimidado, que Guevara se ve inmenso, con los ojos brillantes. Preso de un vértigo repentino, escucha al Che pronunciar lo que serán sus últimas palabras: «Póngase sereno y apunte bien, va a matar a un hombre». Terán da un paso hacia atrás, casi tropezando contra la puerta, y cierra los ojos. A las 13:10, Félix Rodríguez anota en su libreta que el Che, de 39 años de edad, fue asesinado.

Afuera, la maestra grita enfurecida a los efectivos y el sacerdote Roger Schaller, que llega apresurado para hablar con Ernesto, es interceptado mientras le comunican que no va a poder ser, que ya es tarde. En unas horas, el cuerpo será subido a una camilla de lona que se sujetará al patín de un helicóptero. Todos querrán verlo. En la espesura de la selva boliviana, sus compañeros, los sobrevivientes, escucharán el vuelo de un helicóptero sin saber que, como dirá Peredo, «llevaba el cadáver aún tibio del Che, asesinado cobardemente por orden de la CIA y de los gorilas Barrientos y Ovando».

Los doctores Moisés Abraham Baptista y José Martínez Casso firmarán el certificado de defunción: «Que el día lunes 9 del presente, a las 5:30 horas fue traído el cadáver de un individuo que las autoridades militares dijeron pertenecer a Ernesto Guevara, de aproximadamente 40 años de edad, habiéndose constatado que su fallecimiento se debió a múltiples heridas de balas en tórax y extremidades. Vallegrande, 10 de octubre de 1967». Para constancia oficial, se redactará el protocolo de autopsia, detallando los datos del ejecutado.

La prensa se apurará a repetir la imprecisa información oficial y, desde Cuba, el 15 de octubre, Fidel Castro comparecerá en televisión para confirmar la noticia: «Hay indicios de que el Che fue rematado y prueba de ello son las contradicciones en las declaraciones del general Ovando de que el Che se identificó y la declaración hecha por el coronel Zenteno de que falleció sin recuperar el conocimiento».

Lugar donde Ernesto Guevara era exhibido. Vallegrande, 10 de octubre de 1967.

El cura limpiará la sangre de la escuelita en un intento de borrar la atrocidad que se cometió allí, un pecado imperdonable justamente donde los niños y niñas del pueblito se reúnen para aprender. Los pobladores de La Higuera retomarán lentamente la vida de hace unas horas. Tal vez todavía no lo supieran, pero, en parte, nunca será la misma. A Mario Terán le prometen unas pocas cosas a cambio que nunca recibirá y a nadie le va a importar. Su nombre, a partir de ese momento, ya es historia.

Ernesto Guevara será fotografiado sobre la pileta del lavadero del hospital Nuestro Señor de Malta, en Vallegrande, donde su cuerpo permanecerá toda la noche del 9 y el día del 10. Los cadáveres de quienes han sido sus compañeros serán dejados en el suelo, a un costado. Cientos de personas desfilarán para verlo o verificar su identidad. El teniente coronel Roberto Quintanilla tomará sus huellas dactilares y, amparándose en directivas del Ministerio del Interior, ordenará que le corten las manos como prueba ineludible de su muerte, ya que su cuerpo –estaba decidido– debía ser desaparecido. Aun sin vida, su figura resultará peligrosa para el poder.

La noticia, en poco tiempo, dará la vuelta al mundo entre descreídos, atónitos y satisfechos. Su familia reclamará un cuerpo que no le entregarán y que recién será hallado el 28 de junio de 1997, tres décadas después, tras una intensa búsqueda. Con su caída nacerán nuevas luchas en la región y jóvenes de distintas partes del mundo adoptarán su figura como símbolo de resistencia. Miles de personas harán propia la idea de que las injusticias solo se combaten poniendo el cuerpo, que el opresor nunca cederá sus privilegios porque sí. Y que, si es necesario dar la vida en el camino, como lo hizo el Che, será justo. El 9 de octubre de 1967, mientras en Bolivia intentaban hacer desaparecer su cuerpo, en otros lugares comenzaba a ocurrir exactamente lo contrario. El Che había muerto. Pero, casi al mismo tiempo, empezaba a nacer el mito.

Fuentes consultadas:

  • «Che Guevara: Una vida revolucionaria», Jon Lee Anderson.
  • «Ernesto Guevara, también conocido como el Che», Paco Ignacio Taibo II.
  • «De Ñacahuasu a La Higuera», Anys Cupull y Froilán González.
  • «La guerrilla inmolada», Gary Prado.
  • «El guerrero de las sombras», Félix Rodríguez y John Weisman.
  • «El Che en Bolivia. Documentos y testimonios», Carlos Soria Galvarro.