Por Gustavo Grazioli |

Si esto fuera un documental, el plano abriría con la intención de mostrar hombres trabajando en un puerto. Seguiría con un travelling para tratar de contar a esos obreros, sus pasiones, disgustos, frustraciones y alegrías. A uno se le vería una remera con la inscripción Brigada Autónoma Livornesa y más abajo, en letras chiquitas, se leería «la forza ispiratrice». Pero, como esto no tiene nada que ver con un producto audiovisual, lo mejor sería empezar con que la ciudad de Livorno no es una de las zonas más atractivas de la Toscana, pero sí muy futbolera, politizada y con sentido de pertenencia.
La familia Médici fue la responsable de construir el puerto y abrirle una puerta marítima. Eso generó la creación de los oficios alrededor del muelle y una vida entre los gritos de los trabajadores portuarios y las costumbres carroñeras de las gaviotas en busca de qué picotear alrededor de los barcos. También es el lugar en el que nació el Partido comunista italiano en 1921 y años previos -1915 para ser más precisos-, el club de fútbol con nombre homónimo de la ciudad: Livorno. Una mezcla de culturas, razas, religiones y actitudes.
«Somos hijos de galeotes, corsarios, prostitutas y pescadores. Somos el único pueblo que se alegra de que nos llamen hijos de puta», dice un hincha livornés, en la serie Rebeldes del fútbol, dirigida por Éric Cantona, en la que se muestran historias de cinco futbolistas que decidieron ir por los márgenes del sistema y asumir los riesgos de dejar cosas en el camino en pos de sus principios. «¿Qué conocemos del fútbol? ¿La Liga de campeones, el precio de las transferencias, las tribunas que silban? ¿La violencia? ¿El negocio? Tienen razón, eso también es el fútbol, pero yo hablaré de otra cosa. Les hablaré sobre su verdadero valor… su gente», dice en la introducción el exjugador de Manchester United, famoso por la patada que le dio a un hincha rival por sus dichos xenófobos.
La ideología de izquierda fue la que estableció las acciones y construyó los principios del ciudadano livornés. El bien común por encima de cualquier beneplácito de grandes capitales. Y eso que su gente profesó en las calles, los bares, las escuelas y los lugares de encuentro se trasladó a las tribunas del equipo representante de esa zona geográfica italiana. Imposible separar una de la otra. La hinchada de Livorno no se enemistó con sus rivales por diferencias deportivas, sino por diferencias ideológicas y, desde el fútbol, encontró una herramienta de revancha ante los magnates del poder.

Los partidos de Livorno se transformaron en una extensión de los valores de su ciudad y sus hinchas, y las consignas comunistas terminaron en el estadio Armando Picchi. Los ultras -o barrabrava, en criollo-, conocidos como Brigada Autónoma Livornesa desde 1999, se apropiaron de la famosa Bella ciao, conocida por ser himno de la resistencia de los partisanos italianos en la Segunda Guerra Mundial, antes de que en la actualidad se la apodere una plataforma de series y películas, y empiece a tirar pochoclos a diestra y siniestra. Y profundizaron lo simbólico con banderas del Che Guevara, la estrella roja y el popular distintivo comunista, con la hoz y el martillo.
El club transitó por todas las categorías. En la actualidad compite en la Serie C, pero tuvo sus momentos de mayor latencia en los suplementos deportivos cuando anduvo por la B y logró llegar a la Serie A, después de 55 años de ausencia. La gran hazaña del ascenso se dio en 2004, y el cuento de hadas duró dos años. Fue el resurgir de una institución sin billetera a la que nunca le faltó coraje y pasión para cumplir los sueños. La ciudad irreverente que tocó la puerta de los poderosos y, gracias a la pelota, no pudieron negarle el ingreso a los lujosos estadios. «En el futbol, ritual sublimación de la guerra, once hombres de pantalón corto son la espada del barrio, la ciudad o la nación», decía Eduardo Galeano.
UNA HISTORIA DE AMOR
Pero, si se habla de Livorno, el retorno a la máxima categoría y principios de izquierda, no se puede omitir a Cristiano Lucarelli porque es sinónimo de todo lo anterior. Fue un jugador clave de este equipo, además de ser oriundo de esta ciudad de la Toscana. Su padre fue estibador y militante de izquierda, y eso hizo que su juventud no solo se forjara en la calle con una pelota, sino también con los valores de la militancia obrera trasmitidos en su casa.
«Algunos creen que el estilo de vida de un futbolista no se condice con el comunismo, pero yo ya era comunista antes de ser futbolista», dijo alguna vez quien, en la Sub-21 de la selección Azzurra, mostró una remera del Che Guevara para festejar un gol. Nunca militó, pero siempre tuvo claro sus principios ideológicos. Jugó más de 500 partidos, hizo más de 200 goles. Muy habilidoso con los pies, algo llamativo para su contextura corpulenta, peligroso y con poco lugar al error dentro del área. «El killer», le decían. Algunos de sus clubes fueron Atalanta, Lecce, Parma, Valencia, Torino y Livorno. Ganó Copa del Rey, Copa de Italia, fue capocannoniere -goleador- en 2005, con la camiseta livornesa.

Rebelde por naturaleza, justamente es uno de los jugadores que eligió retratar Cantona en su serie. En el pico de su carrera, mientras jugaba en Torino, quiso volverse a su ciudad natal para vestir la camiseta de sus amores. Primero se fue a préstamo, y de la Serie A pasó a jugar en la B. Usó el número 99 en su camiseta por la fecha de nacimiento de los ultras -como ya se dijo, la Brigada Autónoma Livornesa se originó en 1999- y su llegada fue clave para que el Amaranto regresara a la máxima categoría, después 55 años. En la primera temporada fue goleador y, en el debut en la A, el Fiat 500 le empató a la Ferrari con dos goles suyos. Fue en 2004 en el Estadio San Ciro, ante la mirada atónita de los hinchas del Milán y la de Silvio Berlusconi. «Este equipo que vence a los poderosos del fútbol italiano representa, para los seguidores, una revancha social».
«Para algunos, el sueño es ser millonario. Comprarse una Ferrari, un yate. Para mí, lo mejor de mi vida sería jugar en Livorno», fue otra de sus frases más famosas ante la prensa, cuando las preguntas tenían que ver con su decisión de dejar atrás ofertas millonarias para hacer realidad la llegada al club de sus amores y cobrar menos del doble. Lo sorprendente no estaba en las cifras del contrato, sino en la decisión, algo que derivó en el libro Quédense con sus mil millones, de Carlo Pallavicino.
Bicho raro, díscolo, son varias la referencias que se hacen para describirlo, pero él siempre se sintió una persona normal a la que no le pasó por el costado lo colectivo. Y así como ayudó a Livorno con sus goles y logró un ascenso histórico, también puso plata en una cooperativa pesquera de su ciudad que estaba a punto de dejar a 200 personas sin trabajo. Simple, espontáneo y alrededor del fútbol con la hoz y el martillo.
