ANATOMÍA DE UN REGICIDIO

  • Gaetano Bresci |

Es la noche del 29 de julio de 1900 y, en Monza, Italia, el clima está pesado. Una competencia de gimnasia acaba de concluir y el público aguarda impaciente porque todo indica que, de un segundo a otro, aparecerá el rey Humberto I. Poco después, la carroza real entra en escena. Ante los aplausos enérgicos que lo reciben, el monarca se asoma y, de pie, saluda a los presentes. A su lado, un ministro y un general de alto rango esbozan con evidente desgano una sonrisa a la gente. En ese momento, como si tuviese todo calculado, un hombre comienza a abrirse paso. Su nombre es Gaetano Bresci, es anarquista, y está a punto de sacrificar su vida para cambiar la historia.

Nacido en Coiano, Toscana, Bresci creció en la extrema pobreza. Tenía apenas once años cuando empezó a trabajar y poco más cuando abrazó las ideas ácratas. Durante su adolescencia se dedicó a ayudar a quienes menos tenían y participó en huelgas, lo que lo llevó a ser encarcelado. Tras varias detenciones y un confinamiento en la isla de Lampedusa, cruzó el océano para exiliarse en Estados Unidos. Allí encontró un empleo en una fábrica de seda, se integró a los círculos anarquistas locales y conoció a quien sería su esposa y madre de sus hijas. Parecía que, finalmente, había encontrado su lugar. Entonces llegó la primavera de 1898.

Por esos meses, el precio del pan y otros productos básicos aumentó considerablemente en Italia, lo que desató grandes protestas en todo el país. Entre el 6 y el 9 de mayo, el Gobierno declaró el estado de sitio, y el general Bava Beccaris recibió poderes extraordinarios para dar rienda libre a la represión. El número exacto de víctimas continúa en debate: las cifras oficiales hablaron de 82 muertos y 500 heridos; la gente, de muchos más. Vino luego una oleada de persecuciones y arrestos arbitrarios contra quien fuese considerado una amenaza. Como premio por su sadismo, Bava Beccaris fue condecorado por el rey. Bresci, que seguía los acontecimientos desde la distancia, decidió regresar a su país.

El 4 de junio de 1900, sin saber si volvería a ver a su familia, Bresci pisó suelo italiano. Tras semanas de planificación, llegó a Monza. Cerca de las 21:30, mientras aguardaba entre la multitud, vio el carruaje avanzar, metió la mano en el bolsillo y empuñó el revólver. Los testimonios concuerdan en que fueron tres tiros. Que la carroza continuó unos metros y luego comenzó el revuelo. Que el anarquista fue detenido por las autoridades. No mucho después, el rey estaba muerto. Bresci defendió sus actos y dejó en claro los motivos. Satisfecho, confesó: «Yo no he matado a Humberto, he matado al rey». Con la pena de muerte abolida en el código penal italiano, fue condenado a prisión perpetua. Casi un año más tarde, sería hallado sin vida en su celda, colgando de una soga. Pese a los esfuerzos por instalar la idea, nadie creyó que se había suicidado. Su misión, de todos modos, ya la había cumplido.