FÚTBOL Y ANARQUISMO: UNA EXPERIENCIA COMUNITARIA DETRÁS DE LA PELOTA

Por Facundo Sinatra SoukoyanLuciano Colla |

Probablemente, no haya quien no esté de acuerdo con que, hoy por hoy, el fútbol moderno y la filosofía anarquista habitan en mundos diametralmente opuestos. Concebido en estos tiempos como un espectáculo masivo de la industria del entretenimiento, dominado por las lógicas del mercado, gerenciamientos empresariales y pasiones mercantilizadas, cuesta imaginar al deporte más popular del planeta emparentado a la autogestión, la abolición de las jerarquías y la ayuda mutua. Sin embargo, si se desanda la historia y se regresa a los márgenes del siglo XX, nos encontraremos con que la pelota rueda en una dirección muy distinta.

En barrios obreros como los de Buenos Aires, Montevideo o Barcelona, allí donde el movimiento libertario echaba raíces entre los trabajadores, el fútbol no nació como una herramienta de distracción, sino como una experiencia comunitaria. En las canchas de tierra y en las asambleas sin patrones, la habilidad y las cualidades individuales se ponían siempre al servicio de lo colectivo, tejiendo inherentemente lazos de solidaridad donde el bien del compañero es, sin excepciones, el bien de todos.

Este cruce pionero entre deporte y emancipación no estuvo exento de polémicas y tensiones: mientras diarios emblemáticos de la prensa anarquista argentina, como La Protesta, denunciaban el peligro de una posible «idiotización», cientos de trabajadores encontraban en el potrero un espacio de resistencia cultural, fraternidad y sociabilidad fuera de sus rutinas laborales.

Hablamos con el escritor español Miguel Fernández Ubiría, autor del libro Fútbol y Anarquismo, para rescatar esta trama poco explorada del movimiento obrero. En este recorrido que desentraña el origen de clubes nacidos bajo el modelo asambleario, examina el repliegue de los equipos populares frente al avance del profesionalismo y rescata, en las experiencias alternativas contemporáneas, la vigencia de un deporte pensado desde la cooperación y la autogestión.

– Fútbol y anarquismo parecen, a primera vista, dos mundos irreconciliables. ¿En qué momento de su investigación descubrió que esa contradicción era, en realidad, bastante menos evidente de lo que parecía?

– En realidad, un simple comentario durante una sobremesa con el histórico militante anarquista uruguayo Juan Carlos Mechoso fue lo que originó en mí el interés en esa supuesta contradicción. Me comentó Mechoso que cerca de su casa, en Montevideo, existía un equipo, el «CA Progreso», que había sido fundado por trabajadores anarquistas, en su mayoría españoles, del sindicato de picapedreros. Yo desconocía tal cosa y el dato se quedó en mi mente como una cuestión muy curiosa. Me sorprendió.

De vuelta en España, un amigo futbolero me pidió si podría investigar una información concreta sobre el «CE Júpiter» de Barcelona. Al ahondar en la historia del Júpiter me di de bruces con su increíble trayectoria obrera y su íntima relación con el anarcosindicalismo en sus tres primeras décadas de existencia. También desconocía yo semejante hecho. No daba crédito. Pensé entonces que estos dos descubrimientos no podían ser casualidad y comencé a investigar.

Ante mí comenzaron a surgir equipos y más equipos que habían sido fundados por anarcosindicalistas o habían tenido una estrecha relación con el movimiento obrero en su fundación a comienzos del siglo XX.

Y ese fue el origen del libro «Fútbol y Anarquismo».

– Hay una idea en el libro a partir de la combinación entre habilidad individual y solidaridad colectiva. ¿Puede pensarse el fútbol como una experiencia comunitaria?

– Evidentemente, así es. Y quien mejor transmitió esa idea, citando a los anarquistas, fue nuestro querido y añorado anarcofutbolero de cabecera, Osvaldo Bayer.

El fútbol es el juego socialista. Todos jugando en conjunto para al final llegar al gol, que es el triunfo, que es la revolución. No es una cosa individualista, se consigue colectivamente, ¿no? En el fútbol se aprende a ser solidario. No se puede jugar solo, cuando el otro está en mejor posición, hay que pasarle la pelota. La cosa de formar equipo, nadie sobresalir, sino sentirse todos iguales.

Es decir, la habilidad individual se pone al servicio del interés colectivo.

– ¿El fútbol pudo haber funcionado históricamente como una escuela de organización, solidaridad y cooperación para los trabajadores?

– Pienso que sí, de hecho, así lo hizo en muchos de los equipos fundados a principios del pasado siglo. No olvidemos que aquellos equipos no se fundaban únicamente para jugar al fútbol. La gran mayoría fomentaba las acciones sociales, muchos tenían lugares donde confraternizaban los obreros y discutían de sus problemas, otros tenían secciones de excursionismo y había incluso los que editaban boletines. La organización de dichos equipos era fundamentalmente asamblearia, sin ningún tipo de jerarquía. El mutuo acuerdo era la norma. Sí, el fútbol era una escuela de organización y cooperación entre los trabajadores.

– ¿El problema es que el fútbol se haya convertido en un negocio o que haya dejado de estar en manos de quienes lo juegan, lo miran y sostienen cotidianamente?

– Desde mi punto de vista ambas cosas van de la mano. En realidad, la decadencia del fútbol ya comenzó a inicios de los años 30 del pasado siglo, cuando el profesionalismo comenzó a ser moneda corriente en casi todos los países, unos un poco antes y otros un poco después. Quienes lo jugaban, miraban y sostenían antiguamente, lo hacían para divertirse y disfrutar con el juego, no para ganar dinero. A medida que el dinero comenzó a interferir con el deporte, el capitalismo, siempre ojo avizor, vio su momento y no dejó escapar el negocio. Y el desarrollo del fútbol ha ido de mal en peor en cuanto a la esencia del deporte, hasta llegar hasta nuestros días en los que la mayoría de los dirigentes de los clubes de fútbol son corruptos y las organizaciones que agrupan a dichos clubes (UEFA, CONMEBOL, FIFA, etc.) parecen entidades mafiosas.

Hicieron bien la mayoría de aquellos equipos libertarios en retirarse cuando amaneció el profesionalismo para jugar y disfrutar únicamente entre ellos. Afortunadamente los equipos alternativos actuales han tomado el testigo y tienen muy clara su divisa: «Odio eterno al fútbol moderno».

– Cuando hablamos de «fútbol popular», ¿estamos ante una verdadera alternativa al modelo dominante o son experiencias que todavía tienen una incidencia marginal?

-En el libro hago una diferencia entre «Fútbol Popular» y «Fútbol Alternativo» que me gustaría explicar.

Por «Fútbol Popular» me refiero a todos aquellos equipos que han surgido debido a la práctica desaparición de equipos ya asentados en el sistema actual por la pésima gestión de sus dirigentes. Clubes que solo habían servido para enriquecer a sus corruptos dirigentes. Los aficionados y socios de estos clubes reaccionaron y tomaron sus queridos clubes en sus manos para que no desapareciesen. En casi todos los casos el inicio de la nueva trayectoria comenzó con decisiones tomadas de manera asamblearia, lo cual les acerca al modelo que preconizan los equipos alternativos.

Por «Fútbol Alternativo» me refiero a todos los equipos que han nacido de una manera consciente desde una forma de hacer libertaria o muy similar a esta.

En cualquier caso, ambos modelos se dan la mano en muchos aspectos de su manera de actuar.

Respecto a si su incidencia es marginal, a simple vista podríamos decir que sí, ateniéndonos a su visibilidad en los medios de comunicación capitalistas, pero no a su realidad, ya que son cientos en todo el mundo los clubes de este tipo fundados en las cuatro últimas décadas. Incluso se han celebrado campeonatos del mundo de estos equipos. La alternativa es evidente, otra cosa es si en un futuro se convertirá en hegemónico. Yo, francamente, lo dudo. Conocemos por experiencia que el capitalismo es muy poderoso, no podemos negarlo.

Miguel Fernández Ubiría

– ¿Todavía existen en el fútbol contemporáneo formas de organización que puedan considerarse libertarias, aunque quienes participan de ellas no se definan como anarquistas?

-En el fútbol que todos conocemos, el que llena páginas y páginas de los diarios y programas y programas en las televisiones, el fútbol negocio, no. En el fútbol aficionado de los equipos alternativos y populares, sí. Pero… ¿quién sabe algo de ellos? Solo sus seguidores más cercanos.

– Argentina aparece en su recorrido como uno de los países donde estas relaciones entre fútbol, movimiento obrero y anarquismo fueron especialmente significativas. ¿Qué particularidades encontró en la experiencia argentina?

– Lo cierto es que en Argentina, junto con Uruguay, es en los países en los que caló más hondo el deseo de los libertarios y el movimiento obrero de crear equipos de fútbol, seguidos a no mucha distancia por Brasil y Chile. No encuentro particularidades especiales que diferencien en este aspecto a los dos países del Río de la Plata. Quizás en Argentina los anarquistas lo tuvieron algo más difícil. En 1904 La Protesta, el órgano de los anarquistas en Buenos Aires, se convirtió en diario y llegó a tener una tirada de 100.000 ejemplares. Pues bien, durante cinco lustros la oposición del diario a que los obreros libertarios jugasen al nuevo deporte fue furibunda. Las polémicas entre los que estaban a favor y en contra de la práctica del juego llegaron a ser terribles. Tanto es así que, en un editorial de 1917, el diario se llegó a referir al fútbol como «la perniciosa idiotización a través del pateo reiterado de un objeto redondo». Afortunadamente, el juego al final fue aceptado, básicamente porque apartaba a los obreros de las tabernas. Pero tuvieron que pasar 25 años.

Pero Buenos Aires era Buenos Aires, una capital enorme de un millón de habitantes. Lo realmente sorprendente en Argentina es que, en una ciudad como Salta, que en 1901 no debía de pasar de los 20.000 habitantes, se crease un equipo como el CA Libertad. Eso sí es una particularidad.

– ¿Hay una historia del fútbol latinoamericano que todavía no estamos contando cuando reducimos su origen a la influencia británica?

– Vamos a ver, parece evidente que la introducción del fútbol moderno en gran parte del mundo fue, básicamente, obra de los británicos -fundamentalmente ingleses- que comenzaron a practicarlo en el último tercio del siglo XIX en las zonas de influencia que poseían en medio planeta. Tanto en Europa como en América y algo menos en oriente. Latinoamérica no pienso que sea una excepción en este proceso.

Es cierto que en América existió un lejanísimo antecesor del fútbol que parece ser practicaban los mayas hace más de 3.000 años y que se denominaba «Pok ta pok». Se jugaba con una bola de caucho que los equipos tenían que introducir en unos aros de piedra, a modo de porterías, situados a derecha e izquierda del terreno de juego. Para golpear la pelota se podían utilizar las rodillas, las caderas y los antebrazos. De hecho, en el campeonato mundial de Alemania del año 2006 se realizó una exhibición de este juego por dos equipos llegados de México y ataviados a la manera guerrera de los antiguos mayas. Incluso se han llegado a celebrar hoy en día campeonatos mundiales entre las naciones actuales que conformaron antiguamente el Imperio maya.

– ¿Puede existir un fútbol verdaderamente anarquista o el propio funcionamiento competitivo del deporte termina siendo incompatible con los ideales libertarios?

– En el fútbol alternativo se encuentran todos los ingredientes libertarios para la práctica del deporte. Tanto a nivel organizativo como al hecho de jugar en sí. En primer lugar, que el funcionamiento del club sea asambleario y que el encargado de cortar el césped tenga el mismo peso en las asambleas que el mejor jugador del equipo. Y después, disfrutar del juego sin que el objetivo del mismo sea la victoria a toda costa, saber ganar y saber perder, afianzar la camaradería entre los jugadores y, finalmente, comprender que el fútbol es eso, un juego.

En el fútbol actual que conocemos, el fútbol negocio, los ideales libertarios, evidentemente, no tienen cabida.