Por Luciano Colla |

Esta historia comienza con un viaje sin destino fijo. Es una de esas travesías que no se planifican en detalle, porque el sentido lo va revelando el camino. La idea, sin embargo, era clara. Cámara en mano, el documentalista Luciano Militello buscaba recorrer Medio Oriente para conocer de cerca sus culturas y desarmar el lente con el que Occidente suele mirar al mundo árabe. Si bien el itinerario marcaba con una cruz sobre el mapa a países como Jordania o Egipto, una propuesta fuera de los planes lo cambió todo. Sin dudarlo, partió con destino a la ciudad de Ramala, en el corazón de Cisjordania.
Para llegar hasta allí, debió atravesar Jerusalén y sortear sus obstáculos físicos y burocráticos. Primero, el puesto de control de Qalandia y, finalmente, el imponente muro de hormigón y su barrera militarizada. Una escena difícil de naturalizar. Junto a decenas de personas que pasan a diario esos mismos controles para ir de una ciudad a otra, Militello cruzó hacia Palestina para dar inicio a esta historia.
En el pueblo de Bil’in, a escasos metros de la muralla divisoria y bajo la sombra constante de la colonización israelí, conocemos al protagonista de este relato: Muhab Alami. Y, con él, un capítulo de resistencia, un acto de soberanía e integridad frente a la amenaza que oprime a su pueblo desde hace décadas. Una muestra de solidaridad y ética en medio de la barbarie, donde el hecho de cultivar la tierra y persistir día a día se convierte en un ejercicio de dignidad cotidiana.
De aquella experiencia nació «La granja de la libertad», un documental puesto al servicio de una realidad que necesitaba ser contada. Hablamos con Luciano Militello para reconstruir sus días durante el rodaje, la vivencia de filmar en un territorio asediado y la distancia abismal que separa la calidez del pueblo que conoció de las imágenes simplificadas con las que se intenta explicar, de este lado del mundo, una tragedia mucho más compleja. Un testimonio que permite asomarse a la Palestina real, esa que habita detrás del cerco mediático y la inmediatez de las redes sociales.

—Llegar a Palestina no parece ser un viaje convencional, ¿cómo fue cruzar la frontera?
—Para llegar a Palestina se puede ingresar vía Israel o Jordania. De todas maneras, al tratarse de un territorio ocupado, incluso entrando por Jordania el ejército israelí es quien tiene el control fronterizo, por lo que siempre son sus autoridades las que te reciben. En mi caso, entré por Jerusalén. Ahí me tomé un colectivo de línea y en el puesto de control en Qalandia me pidieron el pasaporte. No existe una frontera convencional como las que conocemos entre otros países.
La escena es sobrecogedora en términos materiales y simbólicos: Israel y Cisjordania están divididas por un muro de hormigón altísimo con alambres de púas, garitas y militares armados en la parte superior. En esos puestos, los soldados subieron al colectivo, revisaron todo y nos pidieron la documentación. De ahí en más, continué viaje hasta la ciudad de Ramala.
Hay que tener en cuenta que muchos palestinos usan ese transporte a diario porque viven en Ramala o en otras ciudades de Cisjordania y trabajan en Jerusalén. Las distancias son muy cortas. Para dar una idea, a quienes vivimos en Buenos Aires nos resultaría equivalente a viajar desde el conurbano bonaerense al centro de la Capital. Y la gente ya tiene naturalizado un trámite cansador en el que, además, te miran constantemente como si fueras un criminal.
—Una vez que cruzaste, ¿cuál fue el primer contacto con la realidad de Cisjordania?
—El contraste me llamó mucho la atención. Uno viene de Tel Aviv o Jerusalén, que son ciudades que parecen primermundistas, supermodernas y, de repente, a menos de veinte kilómetros, te encontrás en una zona completamente militarizada. Cisjordania es una región empobrecida, pero lo es porque la colonización no le permite desarrollarse económicamente. Ese sometimiento se nota de inmediato.
Dentro de Cisjordania, de todas formas, la fisionomía cambia mucho según la ciudad a la que vayas, como ocurre en cualquier parte del mundo. Al llegar a Ramala, me sorprendió ver una ciudad «normal». Uno suele imaginarse que llega a un territorio destruido y, en cambio, se encuentra con heladerías, pizzerías y cafés como en cualquier otra ciudad.

—El documental acompaña el día a día de Muhab Alami y su trabajo en la huerta, ubicada a metros del muro. ¿Cómo lo conociste y qué te llevó a interesarte por su historia?
—Durante el viaje, me anoté en una plataforma de voluntariados donde se ofrece alojamiento y comida a cambio de trabajo, lo que me permitía costear la estadía. Ahí fue que se contactó conmigo un palestino para ofrecerme un puesto en un hostel en la ciudad de Ramala. Era Muhab Alami, quien administra el lugar junto a su hermano. Acepté la oferta y viajé para allá.
Ahí lo conocí y empecé a trabajar. Como ocurre en muchos hosteles, se organizaban actividades o recomendaciones para los viajeros. En Cisjordania existe el turismo, y hay muchísimos sitios históricos antiquísimos y patrimonios de la UNESCO vinculados a los orígenes de la civilización, sagrados para el cristianismo, el judaísmo y el islam, como Jericó, Belén o Hebrón.
Muhab organizaba lo que llamaba un «tour político». Nos llevó en su camioneta recorriendo unos 25 kilómetros hasta el pueblo de Bil’in para mostrarnos su huerta, su emprendimiento y nos explicó las razones de su activismo. En el trayecto nos contó la situación de los palestinos y el estatus político de Cisjordania, dividida en áreas con distintos grados de autonomía (zonas A, B y C). Su huerta está ubicada justamente en el área C, pegada al muro que separa Israel de Palestina.
Esa escena me impactó profundamente. Desde una perspectiva cinematográfica, resulta muy potente el contraste visual entre la huerta y el muro, más aún sabiendo que del otro lado hay una colonia israelí. También es importante aclarar que, dentro de Cisjordania, hay establecidos colonos israelíes, amparados por el Estado de Israel, que se fueron instalando en pequeños poblados que hoy se transformaron en ciudades. Justamente frente a la huerta, al pie de una colina, hay una colonia enorme y muy moderna.
Me pareció una historia sumamente valiosa para contar. Por lo general, cuando los medios difunden noticias sobre el conflicto, se recurre a las mismas imágenes de siempre: palestinos tirando piedras, tanques israelíes aplastando todo, atentados, etcétera. Esta era otra cara: una mucho más pacifista y diferente de resistir a la ocupación.
—En el documental, Alami cuenta las limitaciones que enfrentan por vivir en el área C, bajo control directo del ejército israelí. ¿Qué desafíos implicó filmar sobre una temática tan sensible en medio del conflicto?
—A pesar del contexto, fue una experiencia profundamente gratificante. Yo había viajado con una cámara réflex que filma y un monopie, por lo que contaba con los elementos necesarios. Lo primero que hice fue proponerle a Muhab la idea de grabarlo, y él se mostró predispuesto desde el primer momento.
En principio, la premisa era grabar una entrevista para luego hacer un registro observacional de su vida cotidiana interviniendo lo menos posible: ver cómo se desenvolvía, hacerle algunas preguntas mientras trabajaba y retratarlo conversando con vecinos de forma espontánea.
Todo se dio con mucha naturalidad. A medida que avanzaban las grabaciones y las charlas, se fue construyendo un vínculo. Cuando filmás a alguien, compartís tiempo y vivencias, lo que genera un intercambio muy genuino. Por eso, más allá del conflicto y del contexto, fue una experiencia muy enriquecedora y muy grata.

—Durante los días de rodaje, ¿enfrentaste situaciones de peligro o momentos de tensión?
—Hubo un día en particular en el que me tocó vivir un momento intenso durante una protesta que se hizo frente al muro. Desde que comenzó a construirse -alrededor del año 2002, y en esa zona, si mal no recuerdo, fue en 2004- todos los viernes se realizan protestas pacíficas en la zona para exigir el fin de la ocupación, el desmantelamiento de la pared y el cese de la expropiación de tierras.
Uno de esos viernes presencié una represión del ejército israelí a unos cien o doscientos metros de la huerta; una escena que, de hecho, quedó registrada en el documental. Fue el único día en el que experimenté una sensación de peligro, de miedo. Por suerte, los militares no salieron a reprimir en el terreno ni a realizar detenciones aleatorias -algo muy habitual cada vez que se protesta- sino que dispararon gases lacrimógenos desde el otro lado del muro.
Aunque no sufrí lesiones más allá del ardor en los ojos y la tos por el efecto de los gases, la situación fue sumamente violenta. Las granadas de gas provocaban pequeños focos de incendio que había que apagar rápidamente. Además, la imagen de los militares apuntándote con las armas desde las garitas resulta impactante. Recuerdo haberme escondido detrás de un auto mientras nos apuntaban amenazándonos: fue un momento de muchísima tensión.
—¿Qué aspectos de la vida cotidiana de Cisjordania te quedaron más presentes?
—Los palestinos son personas muy hospitalarias. Siempre quieren compartir sus tradiciones, las cosas que les gustan. Son muy orgullosos de lo suyo y, al mismo tiempo, se interesan mucho por saber sobre vos y de dónde venís. Esas cosas son las que me quedaron más presentes.
Recuerdo que un día en Ramala estaba buscando la camiseta de fútbol de la selección de Palestina. Recorrí varios locales de ropa deportiva hasta que entré a uno atendido por su dueño. Cuando le pregunté, me dijo que no tenía stock, pero me pidió que esperara un segundo. Fue hacia el depósito, volvió con una camiseta que no estaba a la venta y me la regaló. Ese tipo de gestos son muy cotidianos, aunque a nosotros nos parezca extraño.
En otra oportunidad, mientras conversábamos en la calle con compañeros del hostel, se nos acercó un grupo de jóvenes a charlar. Para ellos es raro ver turistas en Ramala: hay, pero son pocos. Hablamos un rato y uno de ellos nos invitó a la casa de sus padres para cenar en familia. Son cosas que son comunes para ellos, pero que me llamaron mucho la atención.
—En el documental, Alami expone la problemática del agua: al estar bajo control militar israelí, el suministro es racionado y deben pagar por su propio recurso. Desde tu vivencia, ¿de qué manera impacta esta restricción en la cotidianeidad?
—Los palestinos tienen una conciencia altísima sobre el uso del agua. Al tratarse de un recurso extremadamente limitado sobre el cual no ejercen control, el consumo se cuida al máximo. Cuestiones que nosotros muchas veces damos por sentadas, como tomar una ducha tranquilos, allá se administran con absoluta prudencia. Para ellos es un bien muy preciado.
Algo que sorprende al recorrer Cisjordania -tanto en la ciudad principal, Ramala, como en los pueblos más pequeños- es la gran cantidad de tanques de agua sobre los techos de las viviendas. A primera vista llama mucho la atención y es parte del paisaje urbano. En ciudades como Buenos Aires podés ver un tanque y es normal, pero ver cuatro o cinco en una sola casa es raro.
Al principio no entendía la razón, hasta que me explicaron que el Estado de Israel libera el suministro solo dos o tres veces a la semana, según la zona. La única manera de garantizar el abastecimiento el resto de los días es acopiando la mayor cantidad posible en varios tanques.
La escasez hídrica se vuelve todavía más crítica si se tiene en cuenta la geografía desértica del Levante, donde las fuentes naturales son reducidas, por lo que la gestión del agua se trasforma en eje central.

—¿Cómo fue el proceso de salir de Palestina y atravesar nuevamente los controles israelíes? ¿Te revisaron el material filmado o te interrogaron sobre tu estadía?
—Salir de Palestina, en cuanto a inspección, no es problema en sí. Lo que sí es un problema es cuando querés salir o entrar a Israel.
La gente en Palestina nos recomendó algo que para ellos es muy habitual: si comprás cualquier recuerdo -una bandera, una bufanda, una remera que dice Free Palestine o, en mi caso, una taza con la mezquita de Al-Aqsa y la camiseta de la selección-, lo ideal es no llevarlo con vos. Si en un control migratorio o en el aeropuerto te encuentran cualquier objeto identificado con Palestina, aunque no sea algo explícitamente político, lo consideran motivo suficiente para catalogarte como sospechoso de terrorismo y deportarte. Por eso, lo que hice con los recuerdos que tenía fue embalarlos en una caja sin que se viera lo que había dentro y despacharlos por encomienda internacional.
La experiencia más traumática la viví cruzando la frontera hacia Israel desde Jordania, a donde había ido unos días a conocer Petra y Wadi Rum. A la vuelta, me retuvieron durante horas en el paso fronterizo. Me llevaron a un despacho donde una militar israelí me dijo en un tono muy calmo pero bastante amenazante: «De mí depende si entrás o no a Israel, así que más te vale decirme la verdad, o te vamos a deportar». Y ahí comenzó un interrogatorio bastante largo.
Les preocupaba principalmente que mi estadía superara el mes, algo poco común para un turista convencional. Pero tenía una buena justificación, que además era cierta: mi novia de ese momento tenía familiares viviendo en Tel Aviv. Por supuesto que en ningún momento mencioné que viajaría a Palestina.
Por otro lado, revisaban absolutamente todos tus datos. Me exigieron que les diese mis correos electrónicos y después me dijeron: «Si llegás a tener otro correo que no sabemos y no nos lo decís, lo vamos a descubrir. Así que, por favor, no mientas y danos toda la información». Obviamente hackearon mi cuenta y se metieron en mis correos, incluyendo el de mi cuenta de docente de la UBA. También me cuestionaron por contactos de Turquía que tenía guardados en mi teléfono, debido a las malas relaciones diplomáticas entre ambos países. Les expliqué que eran contactos vinculados a voluntariados que había realizado allí y, después de un largo rato, me permitieron continuar.
A una persona que conocí en Jordania y cruzaba conmigo la demoraron durante horas únicamente por llevar una guía de turismo de Lonely Planet que de título decía «Israel y territorios palestinos». Es tal la paranoia y la negación que tienen con la existencia palestina que lo niegan hasta de forma retórica, discursiva. La palabra Palestina no existe para ellos y si aparece es sinónimo de sospechoso de terrorismo.
En cuanto al material filmado, afortunadamente no me revisaron las tarjetas en el aeropuerto. De todos modos, por precaución fui haciendo backups de todo el material a plataformas en la nube. Si llegaban a sacármelas en algún control, ya estaba todo a resguardo.
—A día de hoy, ¿cambió la situación en la huerta desde que te fuiste?
—Por suerte, la huerta cambió muchísimo y creció enormemente. Aunque no pude regresar, sigo en contacto con ellos y, a través de sus publicaciones en las redes, pude ver las mejoras en la infraestructura, construcciones nuevas y cómo agrandaron la huerta. Tienen una cuenta de Instagram -Homslayman Farm @omsleimanfarm- donde comparten novedades, videos, fotografías y promocionan lo que producen.
Hace un tiempo sufrieron un episodio de vandalismo cuando desconocidos -muy probablemente israelíes- ingresaron por la noche y provocaron destrozos materiales en las instalaciones. Por otro lado, la última noticia que recibí de Muhab y sus compañeros es que el Gobierno israelí confirmó la proyección de una ruta que atravesará parte del pueblo. Esto implicaría el desalojo de tierras y de vecinos y, muy probablemente, la pérdida total o parcial de la huerta. Son noticias muy recientes, por el momento no hay muchas más novedades.
Aprovecho para comentar que la huerta, además de los ingresos por la venta de sus productos, es autogestiva y se sostiene mediante donaciones. No aceptan aportes de ninguna ONG, empresas ni del Gobierno, por lo que dependen exclusivamente del respaldo de la comunidad y de quienes quieran apoyarlos voluntariamente, ya sea con dinero o recursos. Quien quiera colaborar encontrará toda la información directamente en sus redes sociales.
—¿Qué esperanzas percibiste en la población respecto de su futuro pese a las condiciones de asedio y violencia cotidiana?
—Los palestinos de por sí son muy resilientes, ya lo tienen en su ADN. Las esperanzas no las pierden nunca, aunque son conscientes de que la situación es cada vez más compleja. Como dice Muhab en el documental, el solo hecho de existir y de nacer en suelo palestino ya es una forma de resistencia a la ocupación. Para ellos, eso de por sí ya tiene su valor propio y lo ponen en juego todos los días.
Al mismo tiempo, son conscientes de que cada vez es más difícil, y que Israel, aun recibiendo presión internacional, cuenta con aliados muy fuertes en Occidente, como Estados Unidos y Europa. Por eso, ven complejo que la situación vaya a cambiar. Aun así, el coraje, la resiliencia y el ingenio que tienen para esquivar los palos que le ponen los israelíes en el camino es admirable.
El documental se estrena en el Festival Internacional de Cine Ambiental este viernes 14 de agosto a las 19:00 h en CABA. Av. Roque Sáenz Peña 1150.
