MEDIO PAN Y UN LIBRO. ¿CUÁNTO VALE LA LIBERTAD?

Por Pol de Herrero |

Me buscas, Federico.

Entre los surcos de Granada, bajo el olivar donde los perros ladran a la luna.

Pero no estoy allí.

«El silencio es el ruido más fuerte», te escribo desde tu futuro de huesos.

«El silencio es el ruido más fuerte, tal vez el más fuerte de los ruidos».

Y tienes razón: callaron nuestros gritos, pero no nuestras palabras.

Porque la palabra no se rinde, aunque la entierren con nosotros.

¿Quién puede matar a un poema?

«El más terrible de todos los sentimientos es el sentimiento de tener la esperanza muerta».

(Agarra un puñado de tierra, lo deja caer.) 

¿Ves esta tierra? Es la misma que pisé cuando dije: «No sólo de pan vive el hombre». Ahora es mi techo. Mi cama. Mi última biblioteca.

Tú, que eres yo pero todavía con sangre en las venas, dime: ¿Han vuelto a quemar los libros? ¿Han entendido, maldita sea, que «un pueblo que no lee es un pueblo de esclavos»?

Te escribo desde tu perdido futuro, Federico del 1936. Desde este lugar oscuro que me regaló la muerte. Tú ya te imaginas cómo termina esta carta. Pero escúchame:

«Tengo más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento».

Por eso resisto. Por eso escribo. Aunque mañana «conviertan mi poesía en ceniza».

(Gesto de quemarse los dedos. Silencio.) 

¿Recuerdas lo que le conté a toda Buenos Aires? Que «en España, la mediocridad es una gorra que todos llevamos puesta». Pues bien: a mí me la quitaron a tiros.

Pero tú, Federico de sangre y miedo, llevas gorras invisibles. Las de los que dicen:

«Lorca es un buen poeta, pero qué incómodo es hablar de política».

Mírame. Así me encontrarán. Con la camisa abierta y «el corazón al aire, como un perro apuñalado».

Un Poeta en Nueva York.

Un perro andaluz…

Pero tú, Federico en tu incierto futuro, estarás peor: te han vestido de monumento. Te han lavado la sangre con discursos.

¡No dejes que te conviertan en «la España de la zarzuela y la pandereta»!

Sobre mi asesinato: Yo, que dije: «El teatro es poesía que se sale del libro para hacerse humana», ahora soy poesía que se hace tierra, podredumbre y pasto de los gusanos.

 ¿Lo ves? Hasta en esto gané.

Sobre mi legado: Yo, que escribí: «Verde que te quiero verde», ahora soy negro. Negro de tanta luz apagada.

«Verde que te quiero verde.

Verde viento.

Verdes ramas.

El barco sobre la mar

y el caballo en la montaña».

Sobre mis verdugos: Yo, que advertí: «Debajo de las multiplicaciones hay una gota de sangre», hoy soy esa gota. La que no se seca.

Mírame, fantasma del pasado. Soy Yerma cuando grita «¡Asesino! ¡Asesino!» al mierda que le arrancó el vientre. ¿O es que crees que a mí no me sacaron las entrañas? Me vaciaron como a un cordero en Semana Santa, pero se les olvidó una cosa:

«La sangre huele, señor»…

… y mi sangre huele a tinta. A tinta que sigue escribiendo en las paredes de tu puta memoria.

Y tú, fantasma mío, dime: ¿soy más «como el agua de los pozos», quieto y útil para calmar sedes ajenas? ¿O soy el caballo negro que sigue pateando las cuadras de la historia?

«El pozo es una torre 

donde el agua sueña.

El pozo es un violín

que ahoga sus raíces».

No respondas.

Ya lo sé: soy las dos cosas. Y por eso me temen. Porque hasta muerto «tengo un fuego en las entrañas», y este fuego —fíjate bien— no calienta: ilumina…

«¡Qué pena!

¡Me he quedado sin tejado!

Y tengo un fuego en el pecho

y un temblor de cielo frío».

Aquí yaces, Federico García Lorca.

Poeta.

Marxista.

Maricón.

Culpable de las tres culpas.

Fusilado por las tres culpas…

(Haciendo el gesto de disparar.)

Ejecutado…

(Pam)

Asesinato…

(Pam Pam)

Muerto…

(Pam Pam Pam)

Pero mira qué gracia… «…los huesos del libro siguen respirando».

¿Sabes a qué sabe la poesía?

(Tocándose con una mano la punta de la lengua.)

… A pólvora mojada…

Porque escribí: «Medio pan y un libro», y aunque el pan se lo comieron los ratones, el libro… el libro te muerde desde mi tumba. 

(con el megáfono.)

«No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan, bien está, también. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio del Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social».

(Se sacude la tierra de las manos.)

Adiós, fantasma mío.

O mejor… ¡Hasta nunca!

Porque…

«La agonía del alma insatisfecha dura toda la vida»…

Y la mía…

Ah, la mía acaba de empezar…

Adiós, futuro pasado mío.