Por Carlos Álvarez |

En abril de 1886 un conjunto de trabajadores de la fábrica McCormick de Chicago exigían la jornada de ocho horas de trabajo en tiempos en que podían llegar a sobrepasar las catorce con frecuencia. Su reclamo estaba dentro del marco de la legalidad toda vez que exigían el cumplimiento de la Ley Ingersoll aprobada en 1868 bajo la presidencia de Andrew Johnson y que establecía la reducción de la jornada. Por entonces comenzaba a consolidarse como consigna el reclamo por «ocho horas de trabajo, ocho horas de descanso y ocho horas de esparcimiento». La huelga se declaró para el primero de mayo con miles de obreros en las inmediaciones de la planta. Aquel día la embestida policial fue brutal y concitó el efecto contrario al buscado. Lejos de desmovilizar a los huelguistas, generó que los tres días siguientes estos se volcasen a las calles en número superior a los 200.000 manifestantes en enfrentamientos contra las fuerzas de seguridad. Tres días después, en Haymarket, cerca de la fábrica, estalló una bomba que la policía no dudó en endilgar a los manifestantes. La represión aumentó y las detenciones y torturas fueron frecuentes en los días posteriores.
El origen de aquel artefacto, que al estallar se había cargado la vida de un oficial, nunca fue probado por la Justicia, pero de forma inmediata se lo utilizó como excusa para enjuiciar a 31 trabajadores, entre los cuales ocho de ellos tuvieron condena firme. Se trató de un juicio amañado y ejemplificador cargado de irregularidades que ponían en evidencia que aquel acto tenía por finalidad fungir como disciplinador de un movimiento obrero en ciernes. Los sectores patronales y los grandes medios pedían la pena capital de la horca. De esta forma, Samuel Fielden (pastor metodista), Michael Schwab (tipógrafo) y Oscar Neebe (comerciante) fueron condenados a reclusión perpetua y trabajos forzosos, sin embargo hacia 1893 fueron indultados. Empero, Adolph Fischer (periodista), Albert Parsons (periodista), George Engel (tipógrafo), August Vincent Theodore Spies (periodista) y Louis Lingg (carpintero) recibieron la pena capital el 11 de noviembre de aquel año. En el caso de Parsons se supo que ni siquiera había estado en el lugar de los hechos por el cual se le juzgaba. La injusticia de estos actos generó una honda indignación entre los obreros, partidos y sindicatos del mundo que vieron con horror las consecuencias de reclamar por las más elementales condiciones de trabajo. Algo estaba claro, habían sido condenados por ser anarquistas y trabajadores comprometidos.
Tres años después de aquellos sucesos, la fecha fue entronizada como día de memoria y protesta por la Segunda Internacional en París en reclamo de derechos para los trabajadores, entre los cuales el fundamental giraba en torno a lo mismo que había llevado a la condena y ejecución de aquellos «mártires»: la jornada de ocho horas de trabajo. En 1890 el Primero de Mayo fue conmemorado por primera vez, día que fue pensado como un evento único, pero que inmediatamente comenzó a sostenerse año tras año de forma ininterrumpida hasta el presente y con un alcance planetario. El Primero de Mayo constituye la única fecha laica de alcance mundial que es conmemorada en la mayoría de los países del mundo -con la singular excepción de los Estados Unidos, país donde tuvieron lugar los hechos que le dieron origen-, hito que superó los objetivos originales postulados para 1890. Sin embargo, la fecha y su memoria merecen que sea introducido un pequeño mentís. A pesar de conocerse por los Mártires de Chicago, la fecha remite a la huelga y al reclamo de mayo, no a la ejecución de los obreros que tuvo lugar el 11 de noviembre, fecha solo entronizada por el movimiento anarquista.
El Primero de Mayo fue una fecha siempre en disputa e interpretación. Para algunos era un momento luctuoso y de recogimiento en memoria de los mártires, para otros un momento celebratorio de los trabajadores. Con el correr de las décadas diferentes sectores ajenos a la clase obrera comenzaron a disputar su sentido e intentar apropiarse de la efeméride. Así, católicos, conservadores y el propio Estado se sumaron al campo de disputas por la representación del Primero de Mayo, día finalmente institucionalizado como feriado nacional en 1930. Con el correr de los años la fecha fue perdiendo su autonomía de clase para adquirir la heteronomía que supuso su cristalización como fecha del calendario estatal. Así, las conmemoraciones de socialistas, comunistas, anarquistas y otras tendencias comenzaron a perder peso frente a las celebraciones estatales, las cuales con el advenimiento del peronismo se volvieron hegemónicas y modularon de forma sensible el significado de la fecha. La memoria de los mártires comenzó a quedar solo resguardada en los arcones del movimiento obrero de izquierda al tiempo que el Primero de Mayo pasaba a ser «la fiesta del trabajo».

Existe una extensa bibliografía sobre los primeros de mayo en Argentina, país que contó con su conmemoración desde la primera edición en 1890. No obstante, aquí queremos reflexionar sobre cuál es la importancia y la vigencia de esta efeméride para nuestra clase trabajadora 140 años después. Hoy los trabajadores y trabajadoras de este país enfrentan una reforma laboral que hace que mirar los sucesos de hace catorce décadas se vuelva necesario y fundamental. Aquellos trabajadores de Chicago reclamaban por una jornada de ocho horas, bandera que estuvo entre las principales reivindicaciones obreras del medio siglo posterior. Con el advenimiento de los Estados de bienestar buena parte de aquellos tempranos reclamos se fueron canalizando por vía institucional tras décadas de progresivas y fatigosas conquistas sectoriales y parciales.
Ningún proletario de finales del siglo XIX hubiese imaginado, ni remotamente, que las generaciones siguientes conocerían derechos en torno a la sindicalización o la posibilidad de realizar huelgas de forma legal, mucho menos poder tener comisiones internas de fábrica o una central obrera del peso que logró la CGT. Hoy, casi un siglo y medio después, para muchas generaciones aquellos derechos fueron experimentados como naturales o como dádivas gubernamentales, no como conquistas obrera con una larga historia de zozobras. Si resultaría inimaginable todos aquellos avances para un panadero o una costurera de 1880, tanto más lo sería sospechar que en el año 2026 los proletarios del futuro estarían debatiendo en torno a la pérdida de las ocho horas de trabajo y otros tantos derechos que los devolviesen, de forma veloz y feroz, al siglo XIX y a las penurias de aquella Argentina finisecular.
Pero mirar hacia los mártires de Chicago y todo el proceso de organización que aquello posibilitó no solo resulta necesario en términos de los derechos conquistados y hoy en riesgo, sino justamente en aquel andamiaje de organización, solidaridad y lucha que posibilitó su adquisición y sostenimiento a pesar de las represiones y dictaduras que buscaron quebrar al movimiento obrero. En estos tiempos aciagos resulta difícil imaginar salidas ante el avance de las derechas reaccionarias frente a una clase trabajadora fragmentada, uberizada y con los lazos comunitarios y solidarios rotos. Muchos trabajadores creen que hay que mirar «para adelante», al futuro, pero tal vez haya que darle la espalda y mirar el pasado de otros «progresos» prometidos, como el Ángel de la historia de Benjamin, que ve una catástrofe única que se apila ruina sobre ruina. Los trabajadores, despojados de nuestros medios de producción, tenemos algo que no pueden quitarnos y es nuestra historia, una extensa genealogía de lucha, organización y solidaridad que nos conecta con aquellos mártires que reclamaban por aquello que hoy el huracán irrefrenable del progreso parece destinado a dejar también en ruinas.
A 140 años de aquella huelga el eco del pasado suena con más potencia que nunca. La historia no se repite, pero se presenta con aires de familiaridad que solo la memoria colectiva y la consciencia pueden desentrañar y decodificar. El actual proceso de desposesión intensiva y precarización hace que debamos volver sobre los anaqueles de nuestra historia para recuperar nuestro pasado y experiencias, despertar a nuestros muertos y volver a identificarnos como clase trabajadora como identidad primera. Aquellos mártires reclaman justicia por nuestro presente, ejercitemos la memoria de sus luchas, tal vez así el futuro sea promisorio, pero debemos unir pasado y presente hasta que ese futuro sea como lo soñamos.
