EMMA GOLDMAN

Por Pol de Herrero |

– Emma, Emma Goldman…
  ¿Emma, tú qué dices?
– ¡Me cago en la patria!
– Joder, tía… No se puede escribir eso…
– Entonces escribe….

«La patria es una amenaza para la libertad del pueblo. El patriotismo es un sistema coercitivo que equivale al de la Iglesia y limita el desarrollo del individuo y la libertad».

«No rezo, no saludo, no obedezco. Pienso».

En resumen… ¡Me cago en la patria! Pero puesto más bonito…
…y ves, lo digo yo que puedo cagarme en dos patrias a la vez.

«Joder, tía… no se puede escribir eso…».

¿Eh? Esa es la canción de cuna que nos cantan desde que nacemos.

«No se puede decir, no se puede hacer, no se puede pensar».

¿Y saben qué? Tienen razón. No se puede decir… si quieres seguir siendo un esclavo bien alimentado. No se puede hacer… si prefieres la comodidad de tu cadena al riesgo de la libertad.

Pero yo no vine a este mundo para poder.

Vine a este mundo por ser.

Por ser libre.

Y la primera condición para ser libre es negarse a aceptar lo que «no se puede» decir.

Así que sí, me reafirmo: ¡Me cago en las patrias! Y me cago en sus banderas, en sus himnos que suenan a marcha fúnebre, en sus fronteras imaginarias trazadas con la sangre de los pobres.

¿Y por qué tanta ira, me preguntarán?

Porque, como bien me ha hecho repetir mi amigo cauteloso, «la patria es una amenaza para la libertad del pueblo».

No es una opinión, es un diagnóstico.

El patriotismo es la psicosis de masas más eficaz jamás inventada.

Les hacen mirar al cielo de las banderas para que no miren al suelo de las miserias.

Les hacen amar una abstracción llamada «nación» para que odien al vecino concreto, al obrero que lucha por lo mismo que tú al otro lado de una línea ridícula en un mapa, que odien al inmigrante, al mena, al distinto.

¿Acaso el hambre del obrero español es distinta a la del obrero italiano?

El hambre es el hambre, da igual en qué lado de la raya caiga.

¿Acaso la explotación de una mujer en una fábrica textil de Nueva York es más noble que la de una en Londres?

El capital no tiene patria, pero exige que los pobres sí la tengan.

Es el gran teatro de la estupidez.

Y como todo buen teatro, necesita sus rituales.

Su dios.

«El patriotismo es un sistema coercitivo que equivale al de la Iglesia».

Cambian la hostia por la bandera, la misa por el desfile militar, el pecado por la traición. Ambos sistemas exigen fe, no razón. Obediencia, no cuestionamiento. Sumisión, no libertad. La Iglesia promete el cielo después de la muerte; el Estado promete la gloria nacional, que suele llegar… también después de la muerte, la tuya o la de otros.

Ambos son negocios.

Negocios que comercian con las almas y los cuerpos.

Negocios de armas.

¿Y qué nos piden a cambio?

Todo.

Nos piden que nos matemos.

Que muramos.

Que sacrifiquemos nuestra única vida, nuestro precioso y único bien tangible, en el altar de una idea abstracta.

¡La atrocidad de eso!

Un joven, con toda la vida por delante, lleno de sueños y de amor por dar, es convencido de que el mayor honor es convertirse en carne de cañón para que un general gane una medalla o un industrial venda más fusiles.

Como dijo mi querido amigo y camarada Alexander Berkman:

«La guerra es el negocio del salvajismo organizado».

Y el patriotismo es su agencia de publicidad.

Dicen:

«¡Defiende a tu patria!».

Pero yo pregunto: ¿esta patria me defiende a mí? ¿Defiende mi derecho a comer, a tener un techo, a pensar lo que quiera, a amar a quien ame?

No.

La patria me defiende… de mí misma.

De mi potencial de rebelión.

Me defiende de la solidaridad con el obrero extranjero, porque si me solidarizo con él, descubro que mi verdadero enemigo no está al otro lado de la frontera, sino aquí, en el mando de las fábricas, en quien posee a los bancos, en los gobiernos.

El Estado y el Capital son dos cabezas de la misma hidra. Y el patriotismo es el aliento que le da vida.

Hablan de «amor a la patria». ¿Amor? El amor verdadero es creador, es liberador.

El amor que me profesan a mí y a ustedes es el amor del carcelero por sus propios prisioneros: quieren que estés tranquilo, bien alimentado para poder trabajar, y que no cuestiones a los barrotes.

«Si no puedo bailar, no quiero ser parte de tu revolución».

Eso lo dije una vez.

Y lo digo ahora: si mi amor a la patria exige que odie a otro ser humano, entonces ese amor es una enfermedad.

Si mi amor a la patria exige que renuncie a mi juicio crítico, entonces es una tiranía.

Si mi amor a la patria exige que me convierta en un asesino, entonces es una monstruosidad.

Y en el centro de todo esto, siempre, está la aniquilación del individuo.

«Limita el desarrollo del individuo y la libertad».

Ese es el meollo del asunto.

El Estado, la Iglesia, la Patria… todas estas instituciones son, en esencia, anti-individuo.

Existen para uniformar, para someter, para convertir a la persona -única, maravillosa, irrepetible- en un ciudadano, en un feligrés, en un soldado.

En un número.

En un instrumento.

La verdadera revolución, la nuestra, la anarquista, no es poner un poder en lugar de otro.

Es abolir el poder mismo.

Es despertar al individuo de su sueño de siglos y decirle: ¡Tú eres soberano! Tu mente es tu única autoridad. Tu conciencia, tu único juez.

La sociedad libre no será un nuevo Estado, será una red de individuos libres, asociándose voluntariamente por el apoyo mutuo, por la afinidad, por el amor y la razón.

Como dije:

«La verdadera igualdad no significa la igualdad mecánica de los individuos, sino el libre desarrollo de las diferencias individuales… la igualdad de oportunidades para descubrir y ejercer las capacidades individuales».

Emma Goldman y Alexander Berkman

Por eso mi lucha es, ante todo, por la emancipación de la mujer. Porque ¿quién ha sido el primer territorio conquistado, la primera patria oprimida?

El cuerpo y la mente de la mujer.

Nos han dicho que NO tantas de aquellas veces, que muchas se lo han creído.

Que nuestro patriotismo es parir soldados para el Estado y esposas sumisas para los hombres.

¡No!

Mi cuerpo es mío.

Mi mente es mía.

Mi sexualidad es mía.

No es propiedad del marido, del cura, ni del general.

«El derecho al voto, o a la igualdad civil, constituyen una petición que se hace a menos que la mujer logre su emancipación mediante su propio esfuerzo».

Nadie nos va a dar la libertad. La libertad se toma. Se ejerce.

Y toca todos los aspectos de la vida.

Incluso el arte.

¿Para qué sirve un arte que no perturba, que no cuestiona, que adorna los muros de los mismos que nos oprimen?

El arte debe ser un martillo para destruir los ídolos y un rayo de luz para iluminar nuevos caminos. Debe ser tan libre como aspira a serlo la humanidad.

Así que, al final, todo se reduce a eso. A la libertad. No a la libertad de, sino a la libertad para.

Para crear.

Para asociarse.

Para amar sin permisos.

Para pensar sin miedo.

Para ser uno mismo, plenamente.

«Quiero libertad, el derecho a la autoexpresión, el derecho de todos a cosas bellas y radiantes».

El mundo me ha llamado muchas cosas.

Emma Goldman

«La mujer más peligrosa de América».

Me llamaban así…

¿Peligrosa?

Sí.

Soy peligrosa para los tiranos, para los explotadores, para los curas de almas y para los generales de carne y hueso.

Soy peligrosa para la estupidez organizada. Porque me niego a rezar, a saludar banderas o a obedecer órdenes absurdas.

Prefiero pensar.

Prefiero bailar.

Y, cuando es necesario, prefiero gritar: ¡Me cago en la patria!

Porque ese grito no es de odio. Es de amor. De un amor tan profundo por la humanidad y por la libertad, que no tolera las mentiras que la encadenan. Es el primer grito de alguien que, por fin, ha decidido ser libre.

Y les aseguro, queridos amigos, que no hay nada, en este mundo, más peligroso que eso.

Ser libres…