Por Facundo Sinatra Soukoyan – Luciano Colla |

Hay fechas en la historia argentina que funcionan como coincidencias macabras. Y no precisamente debido a casualidades azarosas del destino. Uno de esos ejemplos es el de Miguel Ragone: el 11 de marzo de 1973, se alzaba con una victoria contundente para convertirse en el gobernador de todos los salteños; pero, exactamente tres años después, el 11 de marzo de 1976, un operativo de inteligencia coordinado lo emboscó a dos cuadras de su casa para hacerlo desaparecer. Era un mensaje tan claro como inequívoco: si eran capaces de asesinar a un exgobernador, nadie estaba a salvo.
Pero ¿quién era este médico que prefería el barro de las orillas a los lujosos salones de la capital? A contramano de los tiempos que se vivían, Ragone eligió permanecer fiel a sus principios aun conociendo el precio que pagaban quienes no se adaptaban a los moldes del poder. Y fue justamente esa integridad innegociable la que lo puso frente a frente con las élites. Por eso, pese a su origen peronista, su mandato fue interrumpido por una intervención federal de la propia María Estela Martínez de Perón. Si no se lo podía cooptar ni asimilar, había que borrarlo del mapa.
Hablamos con su nieto, Fernando Pequeño Ragone, para rescatar las ideas de un hombre que hoy parece una anomalía dentro del ecosistema político. En esta charla, nos propone un ejercicio necesario: redescubrir a Miguel en la vigencia de sus proyectos y de sus convicciones, evitando que la figura de la víctima opaque la potencia de su vida. Un recorrido que va desde los vestuarios de un club barrial hasta las deudas de nuestra cultura política. Una entrevista indispensable para entender por qué, a cincuenta años de su crimen, el legado de Ragone sigue siendo el espejo donde el poder político actual prefiere no mirarse.

– ¿Quién fue Miguel Ragone?
– Miguel Ragone fue, primero que nada, mi abuelo y un líder familiar que, cuando fue asesinado, dejó a todos en silencio, con miedo y en abandono.
En su juventud, en Salta, se puso de novio con mi abuela y luego se fue a Buenos Aires a estudiar medicina en la UBA. El papá de ella era policía federal y fue trasladado a Buenos Aires, así que mi abuela pasó de vivir en Salta a vivir en Buenos Aires. Eso, más su ímpetu para estudiar medicina, fueron dos motivos de peso para que se instalara en Buenos Aires.
Allá se convirtió en médico de la mano de Ramón Carrillo. Incluso llegó a ser una especie de secretario privado suyo, un hombre de mucha confianza. Eso le valió, durante el primer peronismo, volver a Salta designado como director del nuevo hospital que el peronismo estaba construyendo en la provincia. Ese hospital, que hoy lleva el nombre de mi abuelo desde 2003, se conocía originalmente como el Hospital Christofredo Jakob y nació como un hospital de agudos que luego se transformó en uno para la salud mental.
Cuando mi abuelo vuelve a Salta, ya casado con mi abuela, regresó, sobre todo, con el compromiso de cuidar a sus padres, que habían envejecido. Desde esa posición, al lado de Carrillo, tenía la oportunidad de ir a los grandes centros de la cultura de ese momento, que eran básicamente Suecia y Francia, donde la medicina se disputaba los primeros lugares.
Yo rescato siempre esto de mi abuelo, porque él eligió su tierra, su familia y la sociedad que lo había originado. Sentía que tenía que devolverles a sus padres primero, pero también trabajar en la tierra donde había crecido, y eso me llena de orgullo. Eso fue Miguel Ragone, básicamente.
– Más allá de su carrera médica, ¿en qué momento comienza su camino en la militancia política?
– Su militancia política aparece cuando está en la UBA. Imaginate un estudiante en la década del 40, ya con el auge de Perón desde el 43 y el 45. Un chico de 20 años en ese enjambre de ideas, sentimientos y fuerzas que era la universidad argentina. Ahí le surgió el germen de la política. Además, ya tenía en su ADN la marca de su padre, que había venido migrando desde el sur de Italia escapando de las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial.
Mirá, entonces, si Miguel Ragone no tenía ingredientes para convertirse en el gobernador que fue. Estaba no solamente en el germen de la militancia, sino en el germen de su historia personal y familiar, ligada al dolor de la guerra que a los migrantes italianos los marcó profundamente.
– Antes de su carrera política también tuvo una relación fuerte con el deporte. ¿Cómo fue esa etapa?
– Cuando se estaba poniendo de novio con mi abuela Clotilde, en la década del 30 -tenían 15 o 18 años-, jugaba al fútbol en el club Libertad. Ahí conoció de cerca los barrios populares de Salta, como muchos en esa época. Lugares que después el neoliberalismo desintegró y fragmentó.
Miguel era un chico pobre, pero con una familia que le aseguraba techo y trabajo, y en el club Libertad conoció a otros chicos que vivían situaciones más difíciles.
Con los años, cuando regresó a Salta, llegó a ser presidente del club. Una de las decisiones más hermosas que tomó fue cambiar la sede, que estaba en un lugar más céntrico de Salta, a las orillas de la ciudad. Lo hizo porque ahí se ponían en contacto con las clases populares que verdaderamente representaba el club.
A mí eso también me llena de orgullo: esa ligazón a través del fútbol y del deporte de mi abuelo con lo popular.

– El 11 de marzo de 1973 gana las elecciones y se convierte en gobernador. Ese triunfo fue el punto de llegada de un proceso. ¿Cómo se construyó ese camino político?
– Para ese punto de llegada en 1973 yo me remonto 21 años atrás. Año 1952. En esa época él ya era director del hospital Christofredo Jakob y vivía en la casa asignada a los directores, al lado del hospital. Dicho sea de paso, una casa que fue apropiada después por el Gobierno de la dictadura, por un personaje que ya murió, y que fue recuperada recientemente por el hospital. Fueron marcas de las derrotas políticas y culturales del peronismo en el 55.
Imaginate que un cirujano -que no había muchos en la década del 50-, que estuvo trabajando durante 20 años como médico, se transformó naturalmente en una persona reconocida, respetada y querida por las clases establecidas en Salta, tanto la oligarquía como las clases medias ascendentes.
Miguel tuvo un par de intentos previos de participar en la política sin mucho éxito hasta 1972. Ese año las clases establecidas, que tenían que articular con el peronismo, vieron en Miguel Ragone un representante popular inmaculado. Era un candidato excepcional, sin manchas ligadas a lo que habitualmente pasa en la política, algo tan naturalizado como la corrupción. Así fue elegido y sostenido, y ganó ampliamente las elecciones. El 11 de marzo del 73 se convirtió en el gobernador de todos los salteños.
Las clases establecidas pensaron que iba a ser rápidamente cooptado, como muchas veces ocurre con quienes se ligan al poder. Hacer negocios, venderse y ser asimilado por las clases dominantes. Pero eso no pasó con mi abuelo, y eso también me llena de orgullo.
Hay relatos, durante el juicio histórico por su asesinato, que me impresionaron mucho. Uno de los testimonios más impactantes fue el de Falú, quien había sido amigo de mi abuelo, llegó a ser juez de la provincia y pertenecía a esas clases encumbradas de Salta. Él tuvo oportunidad de declarar en ese proceso judicial y, en su relato, dijo que había pensado que Miguel Ragone iba a ser cooptado una vez que llegara al poder.
Contó que, en una ocasión, se cruzaron frente a la Catedral Basílica de Salta. No es un lugar menor: es un espacio simbólico muy fuerte de poder y de intersección de las élites salteñas ligadas históricamente al cristianismo. En ese encuentro, según relató Falú, mi abuelo le dijo: “Mirá, Ricardo, seguí nomás tu camino. ¿Qué pensaban ustedes? ¿Que iba a ser Ragone al gobierno y Falú al poder? No es así”. Ese episodio, ocurrido en 1974, siempre me marcó porque expresa con mucha claridad la posición que él tenía frente al poder. Y, en algún sentido, esa posición también le terminó costando la vida dos años después.
Cuando las élites de Salta entendieron que no iban a poder controlar a ese gobernador popular, empezaron a pergeñar el dispositivo para hacerlo desaparecer y matarlo.
Ese plan fue exitoso. No solo en términos del asesinato de mi abuelo, sino también en la forma en que se concibe el poder en Salta. De hecho, actualmente estoy en una lucha para salvar la representatividad del Comité Provincial para la Prevención de la Tortura.
Y me desilusiona mucho ver que los jóvenes abogados del campo o personas que han luchado mucho por la justicia terminan siendo cooptados. Reivindican a Miguel Ragone, sus valores, pero no se dan cuenta cuando el poder intenta integrarlos para hacerlos sentir parte y terminan traicionando todas las luchas.
– Su gobierno también se caracterizó por el contacto con sectores populares y comunidades del norte de la provincia. Ese recorrido —poco habitual en dirigentes y funcionarios de la época— ¿ayuda a entender el conflicto político que terminó en la intervención a su gobierno?
– Sí, pero Ragone no va al norte de la provincia porque era gobernador y tenía que tener un proyecto político popular. Él va como parte natural de su vida. Iba como todos los changos salteños a pescar al río Bermejo, que le encantaba. Y en ese contexto él hizo un montón de relaciones con los wichis de las costas del Bermejo. Entonces, era natural para él volver a hacer algo por esas personas que había conocido en esas condiciones de atraso.
No es que era un gobernador que estaba proyectando una política popular, sino que era una persona que seguía con su vida normal, tratando de favorecer y hacer que el Estado llegue a los sectores que él consideraba que lo necesitaban.

– ¿Qué se pudo reconstruir de lo ocurrido el 11 de marzo de 1976, el día de su secuestro y desaparición?
– Es terrible reconstruirlo en una síntesis apretada. Se vuelve a revivir un momento de una injusticia tan trascendental, no solamente para la familia, para mí como nieto, sino también por lo que marcó como mensaje pedagógico para todos los salteños.
Si es así de fácil asesinar a un gobernador, puede ser cualquiera, así que quédense bien callados. Y eso se transformó en carne de los salteños, en pragmatismo, en decir que es mejor algo que nada. El mensaje es terrible.
En relación a la praxis de lo que fue ese asesinato, fue el resultado de que mi abuelo quedó atravesado entre la necesidad de las élites salteñas de no modificar el statu quo económico y la desconfianza del peronismo de derecha nacional.
Las palancas que ese peronismo de derecha encontró fueron los militares, las policías y las derechas de Salta, que lo habían sostenido un año antes y luego se le dieron vuelta.
Concretamente, accionaron para la intervención con Isabel Martínez de Perón y, a partir del jefe del Tercer Cuerpo del Ejército con base en Córdoba, Benjamín Menéndez, pergeñaron todo el operativo. Hubo coordinación de inteligencia con la Policía y con el juez Lona, que preparó el terreno de impunidad para que los verdugos pudieran salir. Lo asesinaron a dos cuadras de su casa.
Hubo que esperar 30 años para poder retomar, de verdad y con fuerza, un juicio que terminó en su primera parte en 2011, y que sentenció a todos y a cada uno en sus responsabilidades. Un orgullo fundamental me despierta el veredicto a 15 años de prisión domiciliaria al exjuez Lona, que fue el eslabón más terrible y que más marcó la imposibilidad de la justicia en Salta. No solamente para Ragone, sino para todos y cada uno de los asesinados en ese contexto.
– El secuestro ocurrió el mismo día en que él había ganado las elecciones tres años antes. ¿Creen que fue una coincidencia o algo premeditado?
– No, por supuesto que fue algo premeditado y terriblemente cruel. Una marca con una saña política insidiosa terrible.
– ¿Se sospecha dónde puede estar su cuerpo?
– Sí, se sospecha porque hay indicios en el propio juicio. Una de las hipótesis más fuertes es que fue arrojado al dique Cabra Corral, inclusive con relatos muy vívidos.
Era una práctica de la época hacer desaparecer los cuerpos en el mar, en el caso de Buenos Aires, o en lagos, por lo que no es impropio pensarlo así. Dentro de tres o cuatro hipótesis fuertes, el dique Cabra Corral surge como la más importante.
– ¿Qué significó políticamente la desaparición de Miguel Ragone en ese contexto?
– Significó primero disciplinamiento a los actores que pretendían modificar un régimen casi monárquico y feudal en Salta. Y, en segundo orden, y mucho más perverso, significó decirles a las nuevas generaciones que vale más ser pragmático que ideal.
Luego eso, con el neoliberalismo en los 90, dejó a todos distantes de poder pensar un mundo diferente donde el orden de las cosas no esté legitimado solamente por lo económico y la plata que se tiene, sino por hacer del mundo un lugar donde entremos todos. Justamente lo que quería no solamente Miguel Ragone, sino los dirigentes del peronismo de esa época.

– En un plano más personal: ¿qué significa para vos ser el nieto de Miguel Ragone y cuál fue tu propio camino, especialmente con la Asociación Miguel Ragone?
– Ser el nieto de Miguel Ragone, a cincuenta años de su desaparición y después de veinte años de haber enarbolado la lucha por el juicio que pudo hacer justicia para él, significa un gran peso.
Pasé muchos años ligado al poder político para entender el proceso de cómo funciona el Estado. Pero luego elegí apartarme de ese lugar porque no podía conciliar los intentos permanentes de cooptación con mi propia historia y mis valores.
La Asociación Miguel Ragone surge en esa época para hacer posible el juicio, pero también para construir una voz que no estuviera personalizada en mí y que pudiera escapar al lugar de víctima en el que todos querían ponerme. No solamente a mí, sino a mi familia. Si aceptábamos ponernos en el lugar de víctimas, de alguna manera ya estábamos liquidados, como lo hicieron con mi abuelo.
Haber puesto el cuerpo y la mente en ese trabajo me construyó como persona y me dio las herramientas que hoy tengo para vivir. Y, aunque el camino no es fácil, me siento orgulloso de la enseñanza de mi abuelo. Esa enseñanza que me mantiene alerta frente las estrategias del poder judicial y del poder político, y las resistencias dentro de los propios organismos de derechos humanos para llegar al fondo de las cuestiones y no negociar con los poderes que siempre están intentando cooptarlas.
Espero que la Asociación Miguel Ragone pueda seguir siendo comandada por personas capaces de entender quién fue Miguel en vvid y no la víctima del asesinato. Miguel vale muchísimo más por lo que fue, por sus ideas, por dónde venía y a dónde quería ir, que por ese hecho trágico.
– A 50 años del asesinato y desaparición de Miguel Ragone, ¿qué balance hacés hoy de lo que nos falta o perdimos y qué esperanza tenés hacia el futuro?
– Por supuesto que existe la esperanza hacia adelante, porque cuando se pierde la esperanza se termina la vida. La esperanza es volver a construir un poder popular y nacional para que todos los argentinos podamos estar dentro del Estado.
Nos falta algo que se perdió en el camino y que era más plausible de ser vivido al comienzo de la recuperación de la democracia en los 80: la capacidad de grupo, la capacidad de sentirse parte de una organización. Estamos despedazados por la tecnología, por la meritocracia y por el individualismo. Muchas personas, sin darse cuenta, están haciendo luchas fragmentadas y en soledad.
Nos falta volver a mirarnos a los ojos como podíamos hacer en los 80 y aceptar las diferencias de cada uno. Hoy la más mínima diferencia se transforma rápidamente en un motivo de distancia. Hay una escasísima tolerancia a la frustración en las organizaciones de derechos humanos, en los dirigentes sociales y en los representantes políticos. Es lo que ganó el neoliberalismo con asesinatos como el de Ragone o los de toda esa generación de dirigentes.
Falta un largo y profundo proceso reflexivo sobre qué es lo que, como organizaciones de derechos humanos, instituciones políticas y partidos políticos no pudimos hacer para perder la batalla cultural y política en estos últimos diez años. De modo tal que los propios jóvenes que antes valorizaban procesos de la justicia transicional -como esto que hizo posible los juicios de lesa humanidad y el esclarecimiento de mi abuelo- hoy están convencidos de que el poder nacional o las guerras geopolíticas nos van a dar la solución a los problemas locales. Falta, en definitiva, infinitamente más reflexividad.
