EL PUEBLO SOBRE BERLÍN

  • Rosa Luxemburgo |

Un fuerte frío recibía a una convulsionada Alemania. Eran los primeros días de 1919 y, poco tiempo atrás, el país agitado por los movimientos obreros había hecho tambalear a las esferas del poder llevándose por delante a Guillermo II, último emperador del Imperio alemán, último rey de Prusia. En un contexto de huelga general, y con Rosa Luxemburgo en libertad, el clima caliente de la revolución soviética prometía chocar contra la helada Alemania. Los vientos comenzaban a soplar y, tarde o temprano, ese inestable vaivén terminaría decantándose para un lado o para el otro. El pueblo entero se sacudía sobre Berlín.

En medio de esa sociedad revuelta en la que se proclamaba la República alemana, Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht decidieron crear la República Socialista Libre de Alemania. Buscaban que los consejos obreros consolidaran su propia identidad, su propio poder, similar al concepto de los soviets que dieron forma a la Revolución rusa. Pero el Estado, en manos de un nuevo Gobierno socialdemócrata, no estaba dispuesto a correr el riesgo de que una mujer de convicciones tan fuertes como ella tuviera espacio para proponer independencia a un pueblo tan necesitado como golpeado.

La oleada popular fue más imponente que sus propios dirigentes. Así, sin que Rosa Luxemburgo o Karl Liebknecht comandasen a las masas, el movimiento espartaquista que habían creado años atrás salió a las calles buscando revolucionar Berlín. Si bien Rosa no veía con buenos ojos la rebelión por considerar que no estaban dadas las condiciones, decidió apoyar. Sin saberlo, empezaba a dar sus últimos pasos. Para aquel entonces, el poder había decidido llegar hasta las últimas consecuencias: el capitalismo no podía permitirse otro Octubre. Por eso, de la mano de los Freikorps, una milicia paramilitar nacionalista, anticomunista y de extrema derecha, buscaron sofocar de inmediato todo levantamiento. Rosa y Karl tenían demasiado peso como para dejarlos tener voz.

El 14 de enero, un día antes de ser cobardemente asesinada, Rosa escribiría lo que serían sus últimas palabras tras de una vida de lucha, compromiso e inquebrantable solidaridad. Titularía el texto «El orden reina en Berlín» y denunciaría a aquellos “eufóricos vencedores” que solo lograban mantener lo que llamaban orden con “carnicerías sangrientas”. Insistía en que el pueblo debía unirse, nunca “pararse, sumirse en la inacción, en la pasividad”. Las masas son lo decisivo, “ellas son la roca sobre la que se basa la victoria final de la revolución”, escribía. Sabía que el orden dominante, impuesto por la violencia y el engaño, está edificado sobre arena. “La revolución mañana ya se elevará de nuevo con estruendo hacia lo alto y proclamará, para terror vuestro, entre sonido de trompetas: ¡Fui, soy y seré!”.