TIERRA Y LIBERTAD

  • La gesta de Juana Azurduy y un grupo de mujeres libres |

Cuando el general La Hera dio la señal, el batallón avanzó sobre el campo. Las tropas españolas buscaban arrasar todo a su paso para mantener un dominio de siglos sobre el territorio del Alto Perú. A pocos metros, frente a los soldados colonialistas, 200 mujeres a caballo aguardaban su momento. El choque era inminente. Delante de ellas iba Juana Azurduy, observando y preparada para dar la orden de ataque cuando llegara el momento justo. De un lado, el ejército del rey, bajo la bandera del progreso y dispuesto a masacrar a quienes había parido la tierra que buscaban dominar; del otro, el pueblo, un grupo de mujeres nacidas en tierras americanas que no tenían nada que perder y todo por ganar.

A diferencia de tantos hombres que combatieron (o no) y los libros transformaron en mártires, la historia de Juana Azurduy tuvo que ir abriéndose paso entre los pseudohistoriadores e intelectuales de escritorio que se apropiaron de la tinta y el papel. Dedicada a la causa independentista, su vida se vio atravesada por un compromiso inquebrantable con su gente y sus tierras, por su búsqueda inclaudicable de abrirse paso en una sociedad que vedaba a las mujeres de la política. Poco a poco, a fuerza de perseverancia y luchas, su nombre se hizo estandarte en un mundo hostil. Hasta que, un día, llegó a comandar una guerrilla revolucionaria.

El 31 de marzo de 1816, Juana observó a los españoles adelantarse hacia su posición y dio la orden. En ese momento, avanzó a la par de las 200 guerrilleras para librar, codo a codo, una batalla histórica. Lograrían vencer a las tropas colonialistas, ganar armamento y, como broche de oro, hacerse con el estandarte de la realeza. Lo próximo sería liberar a su compañero, Padilla, quien se encontraba preso desde 1814. Acababan de escribir un hito que quedaría marcado a fuego en Latinoamérica. Una gesta que, a diferencia de tantas otras que se perdieron en el tiempo, conseguiría sobrevivir a los manuales oficiales.

A los 81 años, luego de una vida de lucha y compromiso, su cuerpo cansado dijo basta y falleció el 25 de mayo de 1862 en la más absoluta pobreza. Una de las más grandes mujeres que nuestro continente supo parir, una persona que nunca comprendió -ni quiso- el rol que la sociedad le tenía estipulado. Era demasiado rebelde para adoctrinar, demasiado solidaria para encerrar. Faltaría mucho tiempo, todavía, para que la historia le dé su justo espacio. “Todo lo que toca se convierte en valentía”, escribiría sobre ella siglos después Eduardo Galeano. “Los indios no la llaman Juana. La llaman Pachamama, la llaman Tierra”.