LA IRRUPCIÓN DE LOS MARGINADOS

  • El Caracazo |

Y un día, el pueblo de Venezuela dijo basta. Lo que en un comienzo parecía ser un reclamo entre tantos, un grito más de los humillados que pronto se extinguiría para que todo siguiera igual, súbitamente, se fue transformando en una marea imparable. Desde todos los suburbios comenzó a brotar gente que se dirigía hacia el centro de la capital. Algo grande estaba por pasar. La esperanza había durado demasiado poco, la miseria era insostenible. El neoliberalismo había arrasado con todo, y prometía ir por más. Esa mañana del 27 de febrero de 1989, en la ciudad de Guarenas, un grupo de personas daba comienzo a una insurrección que iría en aumento. Aunque aún no lo sabían, estaban a punto de transformar la historia del país.

Hacía poco más de veinte días que Carlos Andrés Pérez había asumido la presidencia. Para ese entonces, los índices de pobreza crecían sin freno y se esperaba que pusiera fin a un brutal deterioro social. Meses atrás, durante su campaña electoral, había declarado que el FMI «martirizaba a los pueblos». Sin embargo, una vez en el poder, todo cambió radicalmente. A los doce días de haber asumido, anunciaba el programa Nueva Venezuela, un paquete de medidas pactadas con el FMI a cambio de un préstamo que, inmediatamente, se traduciría en deuda. Las condiciones no diferían de las de siempre: se exigía la devaluación de la moneda, un fuerte aumento de los servicios, liberación de precios y tasas de interés, entre varios puntos más. En otras palabras, el paquete neoliberal era una bomba de tiempo a punto de estallar.

Al igual que ocurrió incontables veces a lo largo y ancho del continente, un día, la rabia dijo basta y se llevó todo por delante. Aquella mañana, el pueblo explotó. Las calles de Caracas se llenaron de barricadas, se quemaron patrulleros y se incendiaron y saquearon comercios. Los choques con las fuerzas represivas se multiplicaron en las principales ciudades del país mientras el Gobierno denunciaba que los actos del pueblo «no forman parte de las múltiples expresiones de una sociedad democrática» y advertía que no iba a toleraros.

Al día siguiente, el presidente decretó el Plan Ávila y suprimió las garantías constitucionales. El ejército contaba ahora con total impunidad para actuar. A la par de los medios que mostraban los saqueos y denunciaban barbarie popular, se desplegó una masacre a sangre fría. Con armas de guerra, los militares acribillaron a más de 3000 personas entre cientos de denuncias de torturas y desapariciones en fosas comunes. La represión se extendería hasta el 2 de marzo y el levantamiento dejaría sus secuelas: obligado, el programa del Gobierno debía ser modificado. Comenzaban nuevos tiempos para el país mientras el FMI se expandía por el sur de América y el modelo neoliberal se aferraba. Eran las nuevas democracias, un sistema que nacía de las entrañas del finalizado Plan Cóndor.