LOS MANECOS: ESCLAVITUD, FUGA Y LA HISTORIA NEGRA QUE LA ARGENTINA OLVIDÓ

Por Facundo Sinatra SoukoyanLuciano Colla |

Durante décadas, la existencia de la comunidad afrodescendiente de los Manecos permaneció en los márgenes del relato oficial argentino. Sus orígenes se remontan a mediados del siglo XIX, cuando hombres y mujeres esclavizados en el sur de Brasil decidieron desafiar al destino y cruzar la frontera en busca de libertad. Del otro lado del río, donde las disposiciones de la Asamblea del Año XIII ya sembraban la esperanza del fin de la esclavitud, la Argentina los aguardaba para empezar a escribir un nuevo capítulo.

Así comenzó una travesía épica en la que arriesgaron todo por su liberación, internándose en el monte y sobreviviendo en la clandestinidad hasta asentarse en lo que hoy es Ingeniero Sajaroff, provincia de Entre Ríos. Aquella gesta, marcada por el peligro constante, la resistencia cultural y la construcción de una comunidad propia, sobrevivió gracias al pulso de la oralidad. En torno a la figura de Manuel Gregorio Evangelista, recordado como cimarrón y líder, se fue tejiendo una memoria colectiva que recién en los últimos años comenzó a recuperar visibilidad.

Hablamos con Romina Melgarejo, descendiente directa de los Manecos, para reconstruir este rompecabezas a través de las voces de sus ancestros y desandar el escape desde Brasil, la construcción de la comunidad en una tierra extraña y el significado actual de portar ese legado. Un testimonio indispensable para asomarse a una historia afroargentina largamente invisibilizada.

—¿Qué relatos se transmitieron en tu familia sobre el origen de los Evangelista y la fuga desde Brasil hacia la Argentina?

—Nuestras familias vivían en Santa Catarina, Brasil, donde eran personas esclavizadas en las haciendas. En un momento, llega la noticia de que en Argentina la esclavitud ya se había abolido, entonces deciden organizarse y huir hacia esta zona.

El líder fue Manuel Evangelista, el negro cimarrón. Junto a los Evangelista vinieron otras familias, como los Melgarejo, que es mi línea. Eran muchísimos los que escaparon. Aunque hay varias versiones dentro de la familia, entre nosotros vamos reconstruyendo la historia en base a lo que contaban nuestras mayores -de las que ya hoy quedan pocas-. A partir de eso sabemos nuestra historia desde chicos.

—¿Qué detalles se conservan sobre ese viaje y el ingreso a Entre Ríos?

—Hay distintos testimonios que fuimos recopilando en entrevistas familiares. En uno se cuenta que venían huyendo en carromatos que se usaban durante la esclavitud. Las mujeres iban tapadas con paja para que la policía de los caminos no las hiciera bajar, porque eso podía derivar en situaciones graves.

Otros relatos, como el de mi madre, coinciden en que vinieron caminando desde Brasil. Algunos dicen que descendieron por Corrientes; otros sostienen que lo hicieron por el Uruguay.

Mi mamá contaba que su abuelo decía que llegaron con grilletes y cadenas, y que se los sacaron recién cuando llegaron a esta zona. También relataba que se curaban las heridas en los pies, tobillos y muñecas con aloe vera, y que utilizaban veneno de algunas víboras para sanar. Tengamos en cuenta que, tiempo después, se inventa el suero antiofídico. Ellos tenían mucho conocimiento sobre plantas medicinales, y creemos que eso los ayudó a sobrevivir.

—Al llegar a la Argentina, ¿cómo fueron esos primeros momentos de libertad marcados por el temor?

—Cuando llegan, pasan a ser personas libres, pero el miedo seguía existiendo. Fueron los primeros en habitar lo que hoy es Ingeniero Sajaroff, que en ese momento se llamaba La Capilla por una estancia que había en la zona. Pero cuando ellos llegaron era todo monte.

Según contaba Bernabela, otra familiar a la que entrevisté, su abuelo Máximo decía que al principio armaron chozas y sobrevivían cazando y pescando. Así fue hasta que empezaron a llegar los inmigrantes europeos, quienes se instalaron en la zona y tuvieron otros privilegios como el acceso a la tierra y a créditos del Estado para trabajarla. Nuestros antepasados, en cambio, pasaron a ser mano de obra de esa pequeña burguesía, hacían todo el trabajo de campo.

—¿Se sabe por qué eligieron asentarse precisamente en esa zona?

—No sabemos con certeza por qué eligieron ese lugar exacto. Si fue porque lo consideraron adecuado o por qué motivo se instalaron allí. Sí sabemos que no toda la familia se quedó: algunos hermanos tomaron otros rumbos y se dice que llegaron hasta Uruguay. Máximo, cuando viajaba a Colón a buscar sandías para vender o a buscar arena, siempre mantuvo la esperanza de reencontrarse con ese hermano, pero nunca volvió a verlo.

—¿De dónde surge el nombre «Manecos»?

—Maneco es un diminutivo de Manuel. Se utiliza para referirse a la comunidad maneca donde su líder era Manuel Evangelista, de ahí surge el nombre. Por eso se hablaba de los «negros Manecos».

—¿Cómo se formó el primer núcleo comunitario en torno al llamado Galpón de los Manecos?

—Nosotras siempre decimos que no sabemos bien por qué se lo llamó «Galpón de los Manecos», porque nunca escuchamos a nuestros familiares usar ese término. Ellos hablaban del «patio de los Manecos». Ahí había una serie de casas de barro que ellos mismos construyeron y donde vivía Manuel con su familia.

También hubo otros asentamientos en lo que hoy es Villaguay, frente al arroyo Vergara, donde se instaló mi bisabuelo Segundo Melgarejo. Ahí nacieron mi abuelo y sus hermanos, y luego se criaron mi mamá y sus hermanos.

—¿Cómo fue el sustento económico de la comunidad con el paso del tiempo?

—Hacían trabajos muy demandantes, que llevaban mucho tiempo y eran mal pagos. Los hombres trabajaban en el campo cultivando y en las yerras. Mi abuelo Liborio Melgarejo, por ejemplo, era muy reconocido en las yerras: lo llamaban de distintas colonias para capar y marcar animales. Salían a las cuatro de la mañana y volvían a las cinco de la tarde, pero lo que les pagaban era muy poco y apenas alcanzaba para una comida y tal vez algo más.

Las mujeres lavaban ropa para las estancias de los alrededores. Iban al arroyo y se organizaban por edades: las más chicas lavaban medias y aprendían a coser; otras, las más grandes, lavaban las bombachas, las camisas y ropa de campo en general que se encontraba muy sucia por el trabajo, y también las remendaban y la planchaban. Después llevaban la ropa limpia nuevamente a las estancias.

—¿Cómo fue el vínculo con los inmigrantes judíos y europeos que llegaron después?

—Hubo vínculos con la colectividad judía y también con alemanes. Muchas estancias eran de alemanes. La convivencia no fue todo color de rosas: hubo discriminación y malos tratos, pero se intentaba, a pesar de todo, de tener una buena convivencia.

Algunas familiares mayores contaban que muchos de nuestros antepasados, cuando llegaron las colectividades, no fueron muy queridos. La mayoría de la gente se aislaba, los dejaba de lado. Muchos de nuestros familiares tuvieron problemas con el alcohol, que creo que fue una forma de canalizar el desprecio, las heridas y las vivencias que arrastraban.

Si bien la convivencia no fue excelente, tampoco se puede generalizar, porque hubo casos de buena relación y amistad entre mujeres judías y negras.

En el centro: Miguel «Sanso» Peralta en el bandoneón. PH: Archivo familiar.

—¿Qué significa hoy para ustedes portar ese nombre y esa memoria?

—Para mí es fundamental poner en valor nuestra identidad y cultura desde nuestras propias voces. Nosotros somos el eco de quienes ya no están y quienes podemos contar esta historia. Me motiva mostrar nuestra identidad, nuestra cultura, y contar la realidad, porque muchas veces se cuentan historias que no fueron de ese modo o las pintan como maravillosas cuando no lo fueron.

—El cementerio es un símbolo clave en esta historia, ¿qué lugar ocupa en la memoria de la comunidad?

—El cementerio, que está en Sajaroff, es muy importante para nosotros. Ahí descansan nuestros antepasados. Actualmente está a cargo del municipio, que lo conserva y lo cuida. Nosotros no tenemos llave, y creemos que no estaría mal poder tenerla para acompañar a quien lo quiera visitar.

Es un lugar trascendental no solo para nosotros, sino para la identidad afroargentina y la identidad nacional. Es uno de los pocos cementerios de negros reconocidos en Latinoamérica.

—La memoria afrodescendiente en Argentina suele ser negada o invisibilizada, ¿qué valor tiene recuperar estas historias?

—Este es un sitio de memoria de nuestra identidad y de nuestra cultura. Marca la presencia de personas negras esclavizadas que llegaron y se establecieron en estas tierras.
Es un sitio de memoria con valor local, provincial y nacional, porque forma parte de la identidad argentina. Aunque muchas veces, desde los escritos o del mismo Estado nacional, se intentó invisibilizar o borrar nuestra presencia. Hoy podemos contar nuestra historia en primera persona, la de nuestros antepasados y la actual.