GRITO DE PILAGÁ

  • La Masacre de Rincón Bomba |

El silencio de la noche comenzó a desvanecerse. Desde lo lejos, se escuchaban cantos y tambores. Eran integrantes del pueblo pilagá que, día a día, se iban acercando a Las Lomitas, Formosa, para participar de un encuentro con un hombre que “sanaba con su palabra”. El escenario para la comunidad era desesperante: poco tiempo atrás, familias pilagás, tobas, mocovíes y wichís habían sido engañadas por el empresario Patrón Costas, quien las había hecho viajar más de 100 km con la promesa de trabajo. Hombres y mujeres, niños y niñas, no tuvieron más opción que poner sus cuerpos por seis pesos diarios. Sin embargo, a la hora de pagarles, el empresario consideró que la suma era excesiva. A cambio, decidió darles $2,50.

Ante el justo reclamo, Patrón Costas dijo sentirse ofendido y los expulsó. Así, miles de personas, sin alimento y libradas a su destino, emprendieron una larga retirada que parecía imposible. Durante el trayecto en busca de ayuda, llegaron a un paraje en Las Lomitas conocido como Rincón Bomba. Para ese entonces, la situación de abandono era agobiante y, con el paso de las semanas, nada parecía cambiar. Un día, un cargamento con alimento autorizado por el presidente Perón llegó a destino. Sin embargo, los víveres que recibieron se encontraban en estado de putrefacción, lo que generó que muchas personas se intoxicaran y fallecieran. Sumidas en la desesperación, las familias se reunieron a la espera de su sanador.

Desde el Escuadrón 18 de Gendarmería Nacional, se informó al Gobierno que, cerca de Las Lomitas, unos 1500 pilagás se habían concentrado “en actitud de franco alzamiento». La prensa, por su parte, preparaba el terreno hablando de un supuesto gran malón y de sublevación indígena. Cuando la comunidad pilagá fue advertida, el cacique pidió hablar con un comandante, quien lo citó en un descampado. Cargando retratos de Perón y de Evita, las familias pilagás asistieron al encuentro a las 18:00 del 10 de octubre de 1947. Lo que vendría sería una masacre.

Entre persecuciones, fusilamientos y torturas, la Gendarmería comenzó una cacería que se prolongó durante semanas, asesinando a quienes se cruzaban y de las formas más crueles. Algunas personas fueron quemadas vivas, las mujeres violadas, se fusilaron niños y niñas y cientos de cuerpos fueron desaparecidos. Posteriormente, los sobrevivientes fueron trasladados a colonias que funcionaban como campos de concentración. Mientras tanto, los medios continuaban reportando sobre el peligroso levantamiento indígena. Se estima que, de las 4000 personas, solo 500 lograron escapar. A día de hoy, muchas siguen desaparecidas. Luego de décadas de silencio e impunidad, 73 años más tarde, la Justicia reconoció la masacre como un genocidio. Eso sí, para la devolución de las tierras robadas, deberán seguir esperando.