HIJOS DEL PODER

  • María Soledad Morales |

María Soledad saludó a su madre y a su padre y salió de su casa. Le habían dado el permiso y, tal como estaba acordado, avisó que volvería al día siguiente, cerca de las 16 horas, luego de dormir en la casa de una amiga. Ese viernes por la noche, en Le Feu Rouge, se realizaba una fiesta para recaudar fondos para su viaje de egresados. Sin embargo, unas horas más tarde, cerca de las 3 de la mañana, María Soledad dejó la discoteca para encontrarse con Luis Tula, un hombre 12 años mayor con el que mantenía una relación. Se subieron a un Jeep y partieron hacia otro boliche llamado Clivus. Allí, Tula le presentó a Miguel Ángel Ferreyra, hijo del jefe de Policía; a Guillermo Luque, hijo de un diputado; y a Pablo y Diego Jalil, sobrinos del intendente. Algunas horas después, según un empleado del lugar, la joven de 17 años salía «obnubilada» y era subida a un vehículo. Esa sería la última vez que la verían con vida.

Dos días más tarde, el 10 de septiembre de 1990, a las 9:30 de la mañana, trabajadores de Vialidad Nacional encontraron su cuerpo. María Soledad había sido violada y masacrada, su cuero cabelludo estaba arrancado, le habían cortado las orejas, fracturado la mandíbula, le faltaba un ojo, tenía quemaduras y su rostro estaba completamente desfigurado. Su padre apenas pudo reconocerla por una pequeña cicatriz en su muñeca. Se supo luego que el jefe de Policía -padre de Miguel Ángel- había ordenado lavar el cuerpo y quitar evidencias que condujeran a los responsables y facilitara la investigación. Luego, el cadáver fue plantado y la escena preparada. Según se informó, la joven murió de un paro cardíaco tras las torturas y una alta dosis de cocaína que la obligaron a consumir.

Las marchas se multiplicaron desde Catamarca hacia todo el país, haciendo visible el caso pese a la resistencia del poder. Meses después, el presidente Carlos Menem intervino la provincia, destituyó al gobernador Saadi y designó interventores, entre ellos al represor de la última dictadura, Luis Patti. En 1996, dos jueces fueron descubiertos haciéndose señas en el momento en que debían tomar una decisión clave y, ante el escándalo, el juicio fue anulado. Al año siguiente, el teatro continuó con un nuevo acto: Luque fue condenado a 21 años -aunque cumplió 14-, y Tula a 9. El resto quedó en libertad.

Entre amenazas permanentes, su madre y sus compañeras nunca abandonaron la lucha por justicia. Hoy, no hay ningún detenido por el femicidio. María Soledad no fue la primera ni la última víctima de los hijos del poder. Esos hombres con impunidad oficial y licencia para matar que saben que, siempre, contarán con el amparo de la Justicia. Como dijo en aquel entonces Ángel Luque, padre del acusado y diputado nacional: «Si mi hijo hubiera sido el asesino, el cadáver no habría aparecido».