
- Agustín Ramírez |
La noche prometía ser muy fría, pero todavía había demasiado trabajo por delante. Por eso, Agustín le avisó a su madre que no podía quedarse en casa, que tenía que salir para dar una mano. Mientras se preparaba una olla popular en un asentamiento en el que participaba, aprovecharía para ir en busca de unos postes que necesitaban para poder marcar uno de los terrenos. Era el 5 de junio de 1988 y, en ese mismo momento, un grupo de tareas de la policía se ponía en marcha para comenzar un operativo digno de la logística con la que actuaban durante la dictadura. Lo seguían desde hacía tiempo, su compromiso con sus trabajos sociales estaba empezando a molestar demasiado.
Ya a sus 13 años, Agustín se sumó a las Comunidades Eclesiales de Base y, en tiempos de militares, formó parte de un grupo que tomó un predio de dos hectáreas para armar un asentamiento. Con el paso de los años, se fueron ocupando terrenos que llegaron a cien hectáreas donde se abrieron calles y se levantaron viviendas. Estaba convencido de que era mejor hacer que entrar en discusiones y divisiones partidarias o ideológicas. Cuando le llegó el turno de cumplir con servicio militar obligatorio, se negó y desertó, formando parte de un nuevo frente opositor a la ley. Así, lucha a lucha, las amenazas contra su persona fueron creciendo mientras Agustín hacía todo lo posible por ocultarlas para no preocupar a su entorno.
Un día, decidió acercarse a una comisaría y pidió hacer una denuncia. Era el 24 de mayo y, para blanquear los hechos, informó sobre una represión sufrida durante el intento de ocupar un predio. Sin embargo, ese lote era tierra fiscal y estaba destinado a un gran negocio inmobiliario que los uniformados tenían orden de proteger. Así, entre constantes intimidaciones, el 5 de junio, mientras se dirigía al asentamiento, un grupo de la policía lo cruzó y lo subió a un coche. Javier Sotelo, amigo suyo que estaba presente en aquel momento, fue acribillado en el acto. El cuerpo de Agustín, por su parte, aparecería abandonado en una calle cercana con evidentes signos de haber sido torturado.
Pesa a que los archivos de la Policía indican que fue perseguido hasta el día del asesinato, el único acusado fue un expolicía, quien, tras ser recluido en un psiquiátrico, fue dejado en libertad. Los archivos citan textualmente que ese «militante de izquierda fue abatido» por la «Policía de la Provincia de Bs. As.», pero la evidencia no importó más que a su gente y su familia. Sobre las tierras que Agustín soñó y trabajó, siguieron caminando cientos y cientos de familias que levantaron su techo a la sombra del Estado. Más de una pared lleva su rostro y entre las calles que se abren por los barrios perdura la memoria de su inquebrantable y necesario ejemplo de compromiso y dignidad.
