
- Montoneros y la ejecución de Aramburu |
Un coche frena y tres jóvenes con uniforme militar abren la puerta. Observan a sus costados y caminan hacia un edificio. Luego, ingresan. En la calle, otro, vestido de policía, habla con un conductor y parece autorizarlo a estacionar. En la vereda de enfrente, un cura camina a paso lento y una mujer con peluca rubia aguarda como si esperara a alguien. Lo que parecía una escena normal, eran pasos cuidadosamente planificados. Si bien nada era garantía de éxito, confiaban en que todo saldría bien. Un par de horas después, las radios del país interrumpían su transmisión. Era la 1:30 de la tarde del 29 de mayo de 1970 y, una a una, comenzaban a emitir una noticia que sacudiría al país: «Habría sido secuestrado el teniente general Pedro Eugenio Aramburu».
A las 9 de la mañana, dos de esos tres jóvenes que ingresaban al edificio golpeaban la puerta del exdictador y eran invitados por su esposa a pasar. Tras una breve espera, Aramburu se presentó y comenzaron una charla en la que se mostró convencido de que hablaba con militares. De un momento al otro, escuchó: «Mi general, usted viene con nosotros». A un año del Cordobazo, el dictador que había fusilado a Valle y tantos más, el que disolvió partidos y abrió las puertas al FMI por primera vez, era secuestrado por un grupo de jóvenes desconocidos. Quienes se encontraban afuera, pusieron el vehículo en marcha. Minutos después, viajaban rumbo a Timote, provincia de Buenos Aires.
Durante el trayecto, fue trasladado a una camioneta donde aguardaba el conductor junto a Mario Firmenich, un joven al que, entre sobradas polémicas, el tiempo le depararía un papel principal en los años siguientes. Tras un recorrido en el que se evitaron ciudades y puestos policiales, llegaron a un casco de estancia. Esa misma noche, comenzó lo que denominaron juicio revolucionario. Aramburu escuchó a Fernando Abal Medina leerle los cargos de los que se lo acusaba para, llegado su tuno de hablar, justificar su accionar en el pasado. “Cualquier revolución fusila a los contrarrevolucionarios», dijo. Sobre el secuestro del cadáver de Evita, primero argumentó no poder hablar «por un problema de honor», sin embargo, luego confesó que estaba en Roma y bajo custodia del Vaticano.
La noche del 1 de junio le informaban que sería ejecutado. Seguramente, por la cabeza del general ya vencido, pasó el recuerdo de las bombas cayendo sobre Plaza de Mayo, su orden de «fuego» para asesinar a Valle o cuando le informaron que la masacre de León Suarez estaba cumplida. Frente a él, interrumpiendo sus pensamientos, Fernando dijo: «Voy a proceder, general». Días después, la prensa publicaba los rostros y el pedido de captura de Abal Medina, Arrostito y Firmenich. Por su parte, Aramburu había dejado una nota en la que advertía que, si el país no tenía una salida institucional, el peronismo se volcaría a la lucha armada. Esta sería la presentación en sociedad de Montoneros. Según Firmenich, «ahora era Dorrego fusilando a Lavalle».
