LA RABIA

Por Luciano Colla |

Al día aún le quedaban algunas horas de sol por delante cuando el Negro y Willy terminaron el último trago. Fue antes de que cayesen los primeros fríos sobre la ciudad, esos que suelen ser tan comunes en las noches de otoño. Puede que alguno de los dos preguntase «¿otra?» mientras se ponían de pie, o quizás no fue necesario. Sobraba tiempo. Lo cierto es que interrumpieron la conversación, agarraron la botella y caminaron dejando detrás la esquina.

Durante el trayecto, cruzaron por la calle Mosotti y fueron en dirección hacia el bar La Angiulina. Ya en el local, comenzó una discusión. No conocemos con precisión cómo se inició, pero sí qué la originó. Días atrás, habían tenido una situación similar con la dueña: ella se había negado a fiarles, pese a la insistencia de los jóvenes, y ahora decía que no los atendería. Además, de no retirarse en el acto, llamaría a la policía. El enojo del Negro y de Willy era evidente y, antes de dejar el bar, uno de ellos pateó o empujó la puerta del negocio. Lo importante es que un vidrio se rompió y estalló contra el suelo. Era el 8 de mayo de 1987, en Ingeniero Budge, provincia de Buenos Aires.

A la salida se encontraron con Dani Mortés, un conocido que los subió a su camión para dar fin así al mal momento. Esta historia, como tantas otras discusiones de barrio, podría haber terminado acá. Un enojo, un vidrio roto en pedazos, la dueña insultando de impotencia o siguiéndolos hasta la calle. Pero, esta vez, no fue así. Esta historia recién comienza.

Más tarde, una camioneta Ford F-100 y un Fiat 125 se estacionarían en la esquina de Figueredo y Guaminí. Los jóvenes verían bajar y sacar su arma a un suboficial de la Policía bonaerense. Detrás, dos hombres de la fuerza harían lo mismo. Estaban por escribir, sin imaginarlo, un capítulo de violencia que no pasaría desapercibido ni lograrían esconder como era usual. Por primera vez, la sociedad hablaría de «gatillo fácil». Pero, para llegar a ese preciso instante, aún faltaban unos minutos más.

PASÓ EN BUDGE

En algún momento, la puerta de La Angiulina volvió a abrirse. La dueña, una señora de nacionalidad italiana de 70 años, tal vez ya hubiese juntado los vidrios o quizás aún estuviesen ahí, barridos con bronca hacia un costado de la entrada. Pero no le interesaba eso, porque quien llegó no era un cliente o alguna conocida de la zona que preguntaría «¿qué ocurrió?» para luego escuchar la historia y mostrarse preocupada por el rumbo que toman los jóvenes. La persona que entró en el bar se llamaba Argentino Basile y era su hijo. La escena con la que se encontró, como podemos suponer, lo llevó a hacer la pregunta obvia. Minutos más, minutos menos, su madre terminó de explicarle el incidente. La conversación no duraría mucho más.

Sin demora, volvió a salir por donde había ingresado y partió directo hacia la Comisaría 10º de Lomas de Zamora, justo al lado del puente La Noria, a orillas del Riachuelo. Allí denunció lo ocurrido ante el suboficial Juan Ramón Balmaceda, hombre que, en su currículum, cuenta con tareas en tiempos de la dictadura. Esto no debía quedar así. No mucho después, Balmaceda salió a paso firme de la comisaría.

Lo primero que hizo es ir en busca de Dani Mortés. Según había dicho la dueña, fue la última persona en ver a los jóvenes. Lo encontró en el corralón donde trabajaba y, sin mucha explicación, lo llevó detenido. Allí fue esposado y golpeado mientras le cubrían la cabeza con una bolsa. Viejos modismos que el uniformado no pierde. Al fin y al cabo, por las buenas o por las malas, debía hablar. También le habían dicho que uno de ellos llevaba un arma, ¿quién? Mortés no había visto ninguna. No mentía. No había nada que decir. Aun así, no lo dejarían ir porque nadie era más que Balmaceda. Por eso, tomó las llaves, y partió hacia la calle. Junto a él, por las dudas, fueron los cabos Isidro Romero y Juan Alberto Miño. Nunca se sabe, mejor ser más.

De la comisaría salieron en dos vehículos. Uno, la camioneta en la que viajarían los oficiales Miño y Romero y, en el asiento trasero, el detenido; otro, un Fiat 125 amarillo donde irían Argentino junto a Balmaceda. Tras un recorrido por la zona, darían con ellos. No se habían escondido, seguían ahí, en plena calle. Con una salvedad: no estaban solos, se encontraban junto con otro amigo, Oscar Aredes.

GATILLO ALEGRE

Cuando el reloj estaba por marcar las 19:00, la F-100 de la Policía se estacionó en la esquina y el Fiat hizo lo propio. De aquí en más, todo ocurriría rápidamente. Los tres jóvenes que se hallaban charlando los vieron llegar y frenar frente a ellos. Ni se movieron. Puede que el que menos entendiese la situación fuese Oscar, que estaba de paso y se había quedado a conversar antes de ir hacer unas compras. Dejando las luces encendidas, Balmaceda bajó imponiendo respeto, conocedor de que no es cuestión de destrezas cuando el panorama se presenta en obvia desventaja.

«Al suelo, señores», dijo mientras se acercaba. Presumiblemente, lo hizo levantando el tono de voz, con la autoridad clásica que otorga el uniforme. Detrás suyo escuchó que bajaban los otros dos policías. No habría mucho tiempo de que ocurriese algo más, y lo próximo sería un disparo. El primero de muchos. Había sido Balmaceda. Según sus palabras, un inesperado tropiezo lo hizo apretar el gatillo sin intención. Un simple accidente. Pese a que el accionar común de la policía obligue a descreer sus dichos, no hay forma de saber cómo fue. Para el caso, tampoco importa ahora en esta narración.

Cuando el disparo retumbó en la esquina, Romero, que iba detrás, levantó su ametralladora y descargó el cargador. El oficial Miño haría lo propio con su pistola 9 mm. Los destinatarios de todas esas balas fueron el Negro y Oscar, que se encontraban contra la pared. Según testigos, Oscar había tomado demasiado como para moverse. Lo más probable es que no hubiese tenido tiempo de siquiera comprender lo que ocurría, de responder alguna palabra en su defensa, cualquiera, la primera que se le viniese a la mente, o de protegerse con las manos en alto intentando parar el plomo. Dicen que Willy sí pudo gritar al escuchar la ráfaga, no sabemos qué dijo, pero su voz se ahogaría cuando un culatazo de la pistola de Miño le impactó en la cabeza. Luego, le dispararon. Una bala por error; el resto, costumbres de poder.

GAVILLA DEL PODER

La noche empezaba a caer. Son esos días en los que el sol se empieza a perder más temprano entre las casas y edificios. Bajo las luces de la calle, en una esquina con ochava y rejas, tres cuerpos yacían desplomados. Alguien tuvo que haber escuchado algo, era evidente. Pero los policías no pensaban en eso. Acaso por la adrenalina o por estar planeando el próximo paso, pareciese que ninguno giró para buscar testigos.

Contra la pared, mientras la sangre comenzaba a caer sobre la vereda, Agustín Olivera, de 26 años, el Negro para sus amigos, se moría frente a los uniformados, que no se inmutaban. Gajes del oficio. Había recibido doce balazos. Con dos impactos menos, la misma suerte corría Oscar Aredes, de 19 años. A su lado, se encontraba Roberto «Willy» Argañaraz, de 24 años. Pero este último no estaba muerto. Es muy probable que estuviese asustado o respirando agitado, pero estaba vivo. Apenas tenía una bala en la pierna. Solo la mala puntería o esas vueltas del destino lo habían salvado. Ahora, pasaba a ser un problema para los tres hombres que lo observaban con las armas todavía en las manos.

Listo. Lo próximo sería acomodar la situación. Ya habría tiempo para coordinar discursos y hacer que todo encajase. Experiencia en eso siempre sobró. Serán dos de ellos, suponemos que Romero y Miño -porque las jerarquías se respetan- quienes tuvieron que levantar a Willy. Así, herido, lo subieron a la camioneta F-100 y partieron. Pero surgiría un problema del que recién se enterarían más tarde. De haberlo sabido, quién sabe, hubiesen sido más meticulosos. Pero no fue así. Contra lo que imaginaron, desde las cercanías, algunas personas habían visto todo. Los fusilamientos, el accionar y cómo cargaban al joven a la caja de la camioneta para sacarlo de allí. Un detalle que chocaría de frente contra sus declaraciones.

Balmaceda, Romero y Miño durante el juicio.

¿QUIÉN NOS CUIDA?

Al poco tiempo, los vecinos y vecinas se fueron acercando a la esquina. La imagen era grotesca. El escenario estaba siendo custodiado por el sargento Escamilla. Estaba allí por orden de sus superiores. Alguien debía vigilar la escena del crimen y no serían precisamente sus autores, que se encontraban ocupados llevando a uno de los fusilados que había sobrevivido. La gente se empezó a reunir y, detrás, un Peugeot 504 que llegaba desde la otra cuadra aminoró la velocidad.

A la vista de todo el mundo, como si no pasase nada, dos hombres de civil bajaron y caminaron entre los cuerpos, se agacharon y dejaron unos bultos que parecían armas. Por una cuestión lógica, nadie diría esto de manera oficial, ni una palabra. Era parte de un trabajo conjunto para construir el discurso que luego declararían a la Justicia. Si lo sabemos es porque la gente del barrio nos lo contaría frente a las cámaras que se fueron haciendo presentes para cubrir lo sucedido.

Con el paso de los minutos, se hacía más difícil contener a quienes se acercaban. No tenía mucho sentido intentar convencerlos de lo contrario. Además, la idea de que Balmaceda siempre salía impune no ayudaba a calmar los ánimos. Esta vez sería igual y la bronca era mayor. En algún momento, varios patrulleros frenaron en la esquina y ahora sí tenían con quién descargar la bronca acumulada. En medio de una tensión que cada vez era más incontrolable, alguien se animó a preguntar «¿qué clase de justicia es matar y colocar armas, si la policía está para cuidar?, ¿qué manera de cuidar es esa?». Demás está decir que no se esperaba respuesta.

SOMOS LA RABIA

Horas más tarde, cerca de las 11 de la noche, un secretario del juzgado de Lomas de Zamora se hizo presente en el lugar del crimen. Podríamos decir que este era el comienzo de un largo proceso judicial. El país estaba acostumbrado a estos hechos y a sus desenlaces. Tiros por la espalda, encubrimientos, torturas y secuestros. Resabios de tiempos cercanos, costumbres y metodologías heredadas por un personal que, en muchos casos, no había cambiado. El discurso era siempre el mismo. Un enfrentamiento, un choque con maleantes armados, gente peligrosa, fuera de toda legalidad. El mal. Como decían en la televisión, un peligro para usted y su familia. A veces, señor y señora, con esta clase de individuos, son ellos o nosotros.

Pero esta vez había demasiados testigos, demasiada gente lo suficientemente enojada y harta como para dejar pasar la masacre por alto. Treinta personas que podrían dar testimonios contra la verdad oficial. Los vecinos y vecinas de Budge comenzarían a organizarse y a movilizarse por justicia. Era el puntapié de una lucha que haría que se hablase del gatillo fácil. Vendrían por delante juicios, anulaciones, encubrimientos, prófugos y condenas. Pero para eso aún faltaba.

En lo que refiere a Willy Argañaraz, según el parte policial, fue llevado en la camioneta hasta el hospital Gutiérrez una vez finalizado el «tiroteo». Los policías dirían que tomaron esta decisión tras percatarse de que seguía con vida. Nadie daría demasiadas explicaciones. Los testigos, por su parte, asegurarían que escucharon disparos en la camioneta cuando se lo llevaban. Lo cierto es que, a la hora de la autopsia, su cuerpo aparecería con 18 disparos. Fin de las suposiciones.

Dicen que, en una pared, cerca del lugar en el que los chicos fueron fusilados, había una pintada. Puede que fuese reciente, aunque también existe la posibilidad de que la hubiese hecho algún militante de la JP durante tiempos de militares, como un acto de resistencia, un grito anónimo de que el pueblo está vivo. Tal vez había logrado sobrevivir a represores y seguía ahí. Esto último podría parecer más improbable, pero no lo sabemos. Tampoco importa realmente. Lo que sí importa es contar que la pintada decía «Somos la rabia». Allí, donde acababan de ejecutar a tres chicos por estar tomando cerveza en una esquina. La rabia. Y sí, algo de eso hay.