EL IDIOMA ARGENTINO

Por Luciano Colla | Sobre Roberto Arlt |

La mañana del 17 de enero de 1930, el diario El Mundo publicaba un artículo que llevaba la firma de Roberto Arlt. El título elegido por el escritor y periodista estaría lejos de ser una casualidad. Pocos años atrás, Jorge Luis Borges utilizaba el mismo nombre para un ensayo propio: «El idioma de los argentinos». En aquel entonces, después de su publicación, el abogado y profesor José María Monner Sans criticará a Borges diciendo que este negaba «la riqueza del habla castellana». Borges, por su parte, elegiría no responder. Sin embargo, Arlt, apropiándose del título, se tomaría el trabajo.

En su artículo, Arlt citará las palabras de Monner Sans, quien decía que «el idioma, en la Argentina, atraviesa por momentos críticos». Su temor a lo que llamaba «la moda del gauchesco» ya había pasado, pero ahora se cernía otra amenaza que parecía preocuparlo. Estaba en formación, decía, el lunfardo, «léxico de origen espurio, que se ha introducido en muchas capas sociales pero que solo ha encontrado cultivadores en los barrios excéntricos de la capital argentina». Para aquel ya olvidado hombre de letras, férreo crítico de las alteraciones de lo que entendía como el «lenguaje puro», se estaba realizando una «eficaz obra depuradora». Tenía fe de que el tiempo terminase con el falso lenguaje, primando los altos valores intelectuales.

Arlt respondería a este autopercibido intelectual que creía que el lunfardo era «un contagio, una impregnación de abajo hacia arriba», que los pueblos «se perpetúan en su idioma”. Que, como el nuestro, “están en una continua evolución, sacan palabras de todos los ángulos, palabras que indignan a los profesores». El lenguaje cambia, muta con cada cultura y con el paso del tiempo, y esto nos demuestra hasta la saciedad «lo absurdo que es pretender enchalecar en una gramática canónica, las ideas siempre cambiantes y nuevas de los pueblos».

Por último, Arlt cerrará recordándole al académico que, “si le hiciéramos caso a la gramática, tendrían que haberla respetado nuestros tatarabuelos, y en progresión retrogresiva, llegaríamos a la conclusión que, de haber respetado al idioma aquellos antepasados, nosotros, hombres de la radio y la ametralladora, hablaríamos todavía el idioma de las cavernas”. Los caminos del lenguaje siguieron naturalmente su curso, más allá de las imposiciones o las normas de quienes se creyeron capaces de escribir sus reglas. Abrazadas a la cultura propia de cada lugar y, a su vez, a las alteraciones que los tiempos le demandaban, las lenguas fueron cambiando. Y el rumbo lo van marcando siempre los pueblos.