DESCUBRIENDO A VIRGINIA BOLTEN | Una mirada a la luz de su bisnieta

Por Facundo Sinatra SoukoyanLuciano Colla |

Intentar seguir las huellas de Virginia Bolten no resulta nada sencillo. Quien pretenda sumergirse en su mundo se encontrará con que las únicas piezas con las que contamos para rearmar el rompecabezas de su vida son vestigios que fue dejando casi sin proponérselo. Como si fuesen solo fragmentos aislados los que nos permitieran acercarnos a unos pocos momentos de su vida.

A lo largo de su historia muchas veces el mito se confunde con la realidad. Sus pasos se pierden una y otra vez como si fuese Virginia misma la que no hubiera querido que la siguiéramos. Descubrirla, entonces, es seguir los pocos rastros que le sobrevivieron: sus fuertes lazos con el anarquismo, la lucha inclaudicable junto a sus compañeras, los viajes y, por sobre todas las cosas, su familia.

Hace muchos años, estas mismas inquietudes comenzaron a ocupar a Gabriela, quien un día comprendió que había algo más detrás de aquella bisabuela de la que su padre tanto le hablaba. Que muchas personas no solo la conocían, sino que la admiraban. Que en tiempos en los que a la mujer se le reservaba un espacio reducido en la vida social, había decidido no solo expresar su descontento, sino amplificar su voz.

Gabriela nació en Uruguay, allí donde Virginia pasaría sus últimos días. La vida la llevaría hacia Valencia, España, a un espacio en medio de la montaña desde donde intentaría hurgar en la memoria de su bisabuela, recordar las palabras de su padre y, a su manera, dar continuidad a una herencia de lucha que siempre llevó con ella.

Virginia junto a su nieta Aldhair y, detrás, su hija Olga.

– Mi nombre es Virginia Gabriela, aunque todo el mundo me conoce como Gaby. Soy bisnieta de Virginia Bolten, o Boltén. Es una primera curiosidad. Mi papá siempre le decía Boltén, yo creo que se pronuncia Bolten, pero en realidad puede decirse de las dos maneras. Nací en Uruguay en 1970 y hace 20 años que resido en Valencia. En un principio, en la ciudad, y ahora estoy en un pueblo llamado Zucaina y viviendo de una forma completamente diferente, en contacto con la naturaleza y cultivando mis alimentos con la luz del sol. Un estilo de vida que siempre soñé.

– Y no te llamás Virginia por casualidad…

– No, me lo puso mi padre por su abuela. La quería mucho. Durante toda mi vida lo escuché nombrarla contando anécdotas y siempre diciéndome que me parecía mucho, que yo le hacía recordar a ella.

El otro día, atando cabos por haber contactado con ustedes, pensé que hay datos muy dispersos de la biografía de Virginia Bolten: uno de ellos es el día de su nacimiento, y otro el de su muerte. Respecto a la fecha en la que falleció, en muchos sitios dice que fue en 1960 y en otros en 1969. Mi papá ya no vive, por lo cual no se lo puedo preguntar. Pero, probablemente, haya sido en mayo de 1969, porque él me contó que se murió con bastante más de 90 años.

– Con relación a la fecha de nacimiento, ¿qué pudiste descubrir?

– Las primeras informaciones que empiezan a aparecer en internet dicen que nació en 1870 y que fue la primera mujer que participó como oradora en el 1º de Mayo en 1890. El mito se creó sobre la base de ese dato. Pero, en una investigación muy completa que se hizo, se rescatan el acta de bautismo y un censo en el que ella misma pone que tiene 19 años. El censo fue en 1895, entonces, seguramente, el año sea 1876. Hay grandes probabilidades de que la historia sea eso, un mito. Evidentemente, fue una mujer muy precoz en el sentido del activismo, pero tendría 14 años. O sea, hubiese sido como una niña que se subió a orar ante el público.

– Hay mucho de mito en su historia y en la del anarquismo en general. Con la poca información que hay se juntan las partes y se van armando figuras como la de Virginia.

– Exacto. En principio, no sé por qué surgió, porque luego están todas las informaciones bastante bien contrastadas. Fundó el periódico La Voz de la Mujer y escribió muchísimos artículos. Eso quedó muy registrado. Incluso hay noticias que contaban que había una agitadora. Su nombre aparece muy a menudo, esa parte está bien construida y se puede hacer un hilo bastante bueno.

En La Voz de la Mujer, por ejemplo, ¿dónde está el nombre de Virginia Bolten? No aparece. Es como si no quisiera ser nombrada. Se supone, entonces, que donde dice “la redacción” es ella. Pero la realidad es que no está. Juana Rouco Buela escribe sobre Virginia diciendo que ha sido la fundadora. Entonces así queda, pero hay cositas ahí en el aire.

Gabriela y su padre junto a su familia.

Tan imprecisos son algunos datos sobre Virginia que ya sobre su lugar y año de nacimiento existen distintas versiones. Algunas fuentes dicen que nació en Rosario; otras, en la provincia de San Luis; y algunas menos, en Montevideo. Una de las pocas luces sobre este tema lo traen los archivos del censo. Allí será ella misma quien dirá llamarse Virginia Bolten y haber nacido un 26 de diciembre. Afirmó saber leer y escribir, llevar un año de casada y no tener hijos o hijas. El casillero que preguntaba «si no es católico, ¿qué religión tiene?» lo dejó en blanco.

Pero, tras esta breve información que pudo rescatarse, sus pasos volverían a perderse.

– Todo esto que contás es una historia que fuiste armando a través del tiempo. De alguna forma fuiste reconstruyendo, buscando entre lo poco que se sabía y las memorias de tu padre.

– Mi padre siempre nombraba a la abuela Virginia. Se llamaba Nilo Álvarez Manrique y era una persona con mucha imaginación. Te contaba anécdotas, las magnificaba y a veces se inventaba otras. Había cosas que se las agarraba con pinzas y le decía: «Andá, papá, no me jodas, ¿qué me estás contando?». Lo que sabíamos de la abuela, o la figura que fuimos formando de ella, es que había sido una mujer muy enérgica, muy vital, muy fuerte, con una numerosa familia a la que cuidaba mucho, un enorme carisma y que participaba en la vida política militando.

Tenía mérito el hecho de que era mujer y la época que había vivido, pero toda esta historia que luego fui descubriendo ni mi papá la sabía. Él tenía profunda admiración por su abuela, y las cosas que nos contaba eran básicamente el barrio en el que vivía, cómo era su casa, que tenía su huerto, que se hacían reuniones allí mismo, que se generaban muchos debates y discusiones y, a la hora de la verdad, ella daba un golpe sobre la mesa. Se paraba sobre una caja de verdura y empezaba a dar un discurso.

– Era una oradora nata.

– Claro. Y se quedaba todo el mundo calladito la boca, porque llevaban horas discutiendo y mi abuela: «ya está». Esa es la imagen que he construido de ella, lo que ha ido contando mi padre. Así se quedó el tema, o sea, sin más: eso era la abuela Virginia.

Cuando él pudo venir a España, un día estaba yo con la computadora y me dijo: «¿No saldrá algo de mi abuela ahí?, porque a mí me dijeron una vez que ella escribió un libro o que se escribió un libro sobre ella». Cuando entré en Google, me quedé alucinando, era una información tras otra. En ese momento, leemos que se está produciendo la película Ni Dios, Ni patrón, Ni marido, con la dirección de Laura Mañá. Entonces, empecé a intentar contactar con la producción.

Mi padre no podía creerlo porque además no entendía el funcionamiento, no entendía que pudiera estar mi bisabuela ahí en el computador. Empecé a imprimir cosas y a leérselas todos los días, a contarle lo que iba saliendo y él se quedaba alucinando porque era «¿cómo yo no supe en toda mi vida esto?». ¿Cómo una lucha como la de ella puede quedar relegada a su papel de madre-abuela-mujer tradicional teniendo ese pasado?

Yo soy feminista y estas cosas las veo mucho. Creo que, si hubiese habido un hombre en la familia que hubiese tenido un historial así, probablemente, no se hubiese quedado ahí y no hubiésemos tenido las generaciones futuras que ir rascando para ver. O ni siquiera las generaciones futuras, porque todo lo que estaba ahí no era información de la familia, lo había puesto alguien que empezó a investigar sobre la abuela Virginia.

Gabriela (izquierda). Ph: José Bravo.

– ¿Y por qué creés que tu padre no sabía nada, o casi nada, en relación a todo lo que encontró? ¿Dónde se cortó o qué sucedió en la familia para que no se transmitiese esta historia?

– No sé, en las biografías dicen que un día desapareció de la vida pública. Pero, según contaba mi padre, continuó en un comité donde hacía las reuniones y siguió militando en política. Pero ya no desde el anarquismo, sino desde el batllismo, en Uruguay. Había como una rama del batllismo que era el anarcobatllismo, con el que se consiguieron muchísimas cosas que en su momento reivindicaba el anarquismo.

Yo creo que al final la absorbió la vida familiar, porque tenía ocho hijos. Cuando leo las cosas por las que fue pasando, y en su momento más álgido de activismo y de militancia viajando de arriba abajo, de Rosario a Montevideo, Montevideo a Buenos Aires, para ese entonces ya tenía cuatro hijos. Se cree que también era un matrimonio muy atípico y mi bisabuelo Manuel Enrique, que también era sindicalista y anarquista y además escribía, por ejemplo, en el periódico La Nueva Senda donde Virginia era directora, también se hacía cargo de los hijos. Eran una familia obrera y con carencias, y eso quizás la dejó a un lado. Ella dijo varias veces que no buscaba los aplausos, sino despertar conciencias.

– ¿Qué sentiste a partir de ese momento en el cual se abre esa especie de caja de Pandora? ¿Qué cambios empezaron a aparecer? 

– Más o menos esto fue por el 2008, yo tenía 38 años. En mi familia siempre fuimos de izquierdas, mi padre también militaba en el momento de la dictadura y estaba fichado. Podía haber sido uno de los tantos desaparecidos. Si bien en mi casa siempre se habló mucho de política y, en cierta manera, siempre estaba sensibilizada con estos temas, mi despertar al feminismo fue gradual. Pero esto marcó un antes y un después en mi vida, el saber que una mujer en 1896 estaba luchando por los derechos de las trabajadoras, con un lenguaje y un discurso que ya quisieran tener muchas ahora, impresionante y super adelantado a su época, fue como pensar que tengo el deber de transmitirlo. Tanto es así que me gustaría hacer una recopilación de toda la información, más la historia que me contó mi padre, y dejarlo escrito, aunque sea para mis hijas y para sus descendencias si ellas deciden tenerlas.

– ¿Qué es lo que más te sorprendió de lo que descubriste o fuiste encontrando sobre Virginia?

– En principio todo fue como balde de agua fría. Me costó mucho conseguir los números de La Voz de la Mujer. A partir de la película supe sobre el periódico, entonces empecé a rascar, y el único sitio donde estaban era en la Universidad de Quilmes. De hecho, lo compré y nunca me llegó. Luego salió en versión libre y lo descargué.

Lo que más me impactó cuando lo empecé a leer fue el lenguaje, que se hablara de amor libre. Algo más que me llamó la atención fue que ellas decidieron montar esto sin contar con hombres, y el segundo número está dedicado absolutamente a sus compañeros hombres. Sin llamarse feministas, ya que en ese momento eso estaba muy ligado a la burguesía porque el movimiento buscaba el sufragio y ellas estaban buscando que no las mataran de hambre en las fábricas y tener un poco de trabajo digno y dignidad en casa. Entonces, sin llamarse feministas, el discurso es lo que más me impactó. Descubrir el lenguaje y la tenacidad. Ella estuvo presa, estuvo enferma, volvieron a detenerla y con hijos. Hoy día no puedo pensar en alguien que haga eso con esa pasión. A mí me ilumina.

– Todo eso mientras además trabajaba, porque no tenía la vida resuelta. 

– Es lo que me impacta del movimiento anarquista de entonces. Esa capacidad -a pesar de que ella crítica aquí a los compañeros hombres- de tener conciencia de clase que hoy día nos han arrebatado con el invento de la clase media y demás.

Gabriela junto a sus hijas.

Entre los datos que sobrevivieron al tiempo, se sabe que Virginia no pasó desapercibida para el poder. En 1904 formaría parte del Comité de la Mujer de la FORA y los años siguientes la encontrarían apoyando la huelga de inquilinos de 1907. En ese entonces, tras ser arrestada, Virginia se haría pasar por uruguaya y se le aplicaría la Ley de Residencia de Julio Roca. Bialet Massé la marcaría como la «Luisa Michel» rosarina, una «joven puntana de palabra enérgica y dominante que arrastra a las multitudes”.

Ya en Uruguay, su nombre sería incluido en una lista de «anarquistas y agitadores que deben ser vigilados».

– Y tu vínculo con ella fue madurando con el tiempo hasta dejar de ser solo una bisabuela y convertirse en ejemplo.

– Es increíble que puedas tener un vínculo así con una persona que no has conocido y que murió antes de que vos nacieras. Pero por eso ella se convirtió en mi referente. Hay una cosa que yo destaco mucho y es que, cuando yo era chica y me preguntaban a quién admiraba o quién era mi líder, si bien no me acuerdo qué decía, recuerdo que siempre tenía en mente figuras masculinas. De adolescente también, incluso las lecturas. Para mí descubrir a la abuela Virginia fue descubrir mi referente. Yo soy muy apasionada, intento ser lo más coherente posible con mis ideas.

Mi padre me contaba que en su casa tenía un cartel, que era lo primero que se veía al llegar, que decía: «En esta casa solo se permiten personas de avanzadas». Yo no pongo un cartel en mi casa, pero soy bastante de filtrar determinadas cosas. Aquí se respeta mucho el lugar, la naturaleza y, evidentemente, lo siento, pero aquí no permito personas que no sean de avanzada (risas).

– Es que tu casa es un lugar de encuentro.

– Claro. Por eso siento que la echo de menos, pero sin haberla conocido. Me encantaría poder tenerla en frente, poder hablar y preguntarle un montón de cosas. En cierta manera, no va a haber una segunda Virginia Bolten. Pero, aunque sea en mi vivir diario, busco tenerla presente en cuanto a ideales, a coherencia. No solo ideas, si no a manera de vivir y de actuar.

Fundé un grupo que se llama La Memoria de las Brujas, un grupo de mujeres, y estuvimos haciendo aquelarres que consistían en compartir saberes. Como cada una de nosotras sabía determinadas cosas, y este sistema nos obliga a ser un poco inútiles y depender absolutamente del consumo, decidimos enseñarnos unas a otras lo que sabíamos hacer. Pero, entre pandemia, se paralizó todo y entonces nos vinimos para aquí. Siempre quise tener mi parcelita para poder cultivar mis alimentos y, por una razón u otra, nunca había podido. Mi bisabuela en sus últimos años en Uruguay vivía así, en una casa con su quinta y recibiendo gente. Porque poco se sabe de esa parte final, pero su casa era como el centro de reuniones. Eso me lo ha contado mi padre.

De recuerdo en recuerdo y palabra a palabra, Gabriela va reconstruyendo la imagen de su bisabuela para evitar que el tiempo la vaya borrando. Para hacerla presente. Sabe que las ideas de Virginia “son de avanzada hasta para esta época” y sostiene que es imprescindible mantener la memoria viva, darle un lugar y su justa visibilidad. Después de todo, “porque fueron somos, porque somos serán”.