
- La Revolución cubana
La noticia no tardó en atravesar el país. Al poco tiempo, el pueblo entero sabía que había caído la tiranía de Fulgencio Batista. Ese 1º de enero de 1959, la ciudad de La Habana veía ingresar al Ejército Rebelde comandado por Ernesto Guevara y Camilo Cienfuegos. En Santiago de Cuba, Fidel Castro hacía lo propio y hablaba al pueblo que salía a las calles para recibir a las tropas revolucionarias. Allí, a tres años de haber desembarcado del Granma, advertía que lo que tenían por delante no sería una tarea fácil, “la revolución será una empresa dura y llena de peligros». Pese a que el clamor popular era enorme, el mensaje fue claro: «la revolución empieza ahora».
Todo el respaldo que Estados Unidos le había brindado a Batista había sido en vano. Ni los aviones, ni los barcos, ni los armamentos de última tecnología fueron suficientes contra ese puñado de 12 rebeldes que, contra todo pronóstico, un día lograron subir a la Sierra Maestra para dar inicio a la lucha. Desde allí, fueron forjando un creciente y fuerte vínculo con las familias campesinas y lugareñas, esas mismas que llevaban décadas de resistencia contra latifundistas y militares de la dictadura. Así, avanzarían por la isla abriendo camino a una revolución que ya hacía historia.
Alarmado por el avance y el apoyo popular a los guerrilleros, en 1958 Batista convocó a elecciones presentando a un candidato títere. Sin embargo, ya nadie apoyaba sus maniobras. No mucho después, el 28 de diciembre, el Che y sus tropas ocuparon la ciudad de Santa Clara. Fue una victoria decisiva, el paso previo al golpe final. Tres días más tarde, Batista huyó de Cuba para intentar exiliarse en Estados Unidos, pero para el Gobierno el exdictador ya era una persona irrelevante. Su destino fue entonces la República Dominicana, tierras del dictador Trujillo. Mientras tanto, en Cuba se anunciaba la victoria y se daba comienzo al proceso de construcción de una nueva sociedad.
Los que vendrían luego serían años en los que se llevarían a cabo reformas agrarias y se abolirían los latifundios, se redistribuirían los ingresos y mejorarían las condiciones de vida de los sectores populares. Entre otras medidas, se incrementaría el presupuesto de la educación y se realizaría una campaña de alfabetización, se nacionalizarían las clínicas garantizando un sistema de salud gratuito y se aplicaría un plan de vivienda para terminar con las villas miseria. El país iría buscando su nuevo rumbo socialista, conviviendo con los constantes embates de su vecino del norte, un brutal bloqueo y cientos de atentados. Años después, el 11 de diciembre de 1964, Guevara se presentaba ante la ONU dejando un sello que marcaba el sentido de la revolución: «Nuestros ojos libres se abren hoy a nuevos horizontes y son capaces de ver lo que ayer nuestra condición de esclavos coloniales nos impedía observar: que la «civilización occidental» esconde bajo su vistosa fachada un cuadro de hienas y chacales».
