Por Olga Barzola |

En la última dictadura militar argentina hubo un espacio para que las palabras también fueran fuente de violencia y manipulación; su malversación fue creando un universo lingüístico que ocultaba lo que realmente sucedía.
La junta que produjo el golpe militar de 1976 fue fuertemente lingüística, acaparando el lenguaje con perversión y generando desde allí un poder silencioso. En los discursos oficiales, proclamas o conferencias difundidas por los medios, se repetían palabras que iban fijándose en la conciencia colectiva y que quedaron en la memoria de todo un país.
El comandante general de la Armada, Eduardo Emilio Massera, era uno de los mayores tergiversadores de la realidad en sus discursos públicos. Así aparece en uno de ellos, a finales de 1976 en la Escuela de Mecánica de la Armada, espacio que reunía diversas facetas de la formación militar y que fue empleado como centro clandestino de detención. Cuando leyó dicho discurso en la plaza de armas de la ESMA, seguramente había allí personas secuestradas que recibían a diario distintos tipos de tortura.
Se sabe que Massera, en la primera etapa de la década de los años 70, solía visitar con frecuencia las redacciones de algunos diarios, como La Razón, La Prensa y La Nación, lugares donde encontró contactos para ir gestionando su imagen pública y la de las Fuerzas Armadas.
De hecho, Hugo Ezequiel Lezama -periodista, escritor y director de radio Belgrano-, quien además integró los comandos civiles durante el derrocamiento de Perón en el 55 y de los cuales participó Massera como militar, fue el principal consejero político y redactor de sus discursos. También dirigió Convicción, el periódico que empezó a editarse el 1º de agosto de 1978 y que, hasta su cierre en 1983, fue utilizado para impulsar públicamente la figura del almirante. Hoy sabemos que, para llevar adelante este periódico, también se valió del trabajo esclavo de un grupo de secuestrados.
A partir del 24 de marzo de 1976, se delegó en la Armada Argentina el Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, donde a mediados de 1977 se creó la Dirección General de Prensa y Difusión, lo que le facilitó a la dirigencia militar realizar acciones propagandísticas. En este mismo sentido, el Centro Piloto, creado en París y dependiente de esta dirección que funcionaba en la embajada argentina en Francia, constituyó el emprendimiento más analizado, ya que su finalidad era establecer una campaña internacional defendiendo el régimen militar, a fin de contrarrestar las denuncias por violaciones a los derechos humanos, que se iban incrementando con el paso del tiempo.
Massera aspiraba a tener una proyección internacional, por eso, llevó adelante una intensa actividad diplomática en el exterior; y hacia el interior, fue el más preocupado por el tono y lo que se transmitía en los discursos oficiales: llegó a hablar de derechos humanos, intentando quitarle el peso a lo que estaba pasando y que se trataba de ocultar.
Muchas de las palabras que se repetían eran: verdad, sacrificio, patriotismo, deber, democracia, justicia, ciudadano, honor. Todas ellas, con un sentido orientado para su cauce, es decir, «cambiar la conciencia y renovar el pensamiento argentino». Así como hubo un plan estratégico para la desaparición de personas, también se trabajó sobre el lenguaje. De esta manera, aparece el término «desaparecidos», reemplazando lo que sucedía en realidad: secuestros, torturas, privación ilegítima de la libertad y muerte.
De esta forma, se construyó lingüísticamente al «enemigo de la patria» a la que ellos representaban -según sus dichos- de la mejor manera, erigiéndose como semidioses que traían el cambio o la «reorganización» nacional. En los centros de encierro sucedió lo mismo. Las víctimas debían deducir y adaptarse a los códigos lingüísticos de los represores. Podían escuchar: parrilla, quirófano, terapia intensiva, submarino, todos términos disfrazados que, en verdad, indicaban circunstancias de aterradoras torturas.
El tomar el control de lo que se comunicaba, incluso utilizando palabras propias de aquellos a quienes tenían confinados en los centros clandestinos de detención, fue de un cinismo escandaloso. Y, a la manipulación de la opinión pública, se sumó la quema y prohibición de libros, lo que ya se había hecho antes del comienzo de esta trágica y sangrienta dictadura. Por ejemplo, en 1974 ya se había prohibido La Patagonia rebelde, de Osvaldo Bayer.
Así, se canceló la circulación natural de los libros. La literatura infantil terminó siendo una de las más castigadas, ubicándola en el lugar de lo pecaminoso, asociada con el adoctrinamiento de la niñez. Quizás pensaban que hay un manual para ser niños, aunque, a decir verdad, tenían claro cuál es el poder de las palabras.
Actualmente, podemos asombrarnos de lo que generan los medios de comunicación en la construcción simbólica de universos individuales y colectivos, y cómo ello logra dirigir multitudes. Sin embargo, eso no es algo que sea propiamente de este tiempo. Ya en otros momentos, los medios de difusión -aunque hayan sido otros- mediaron el ritmo social. Por eso no hay que quitarles peso a las palabras, sino más bien darles un sentido justo y, fundamentalmente, humano.
De aquella época quedaron instaladas socialmente frases como: «por algo será», «algo habrán hecho», «no existís» y miles de vocablos que aún circulan. Estas devastaciones del lenguaje muestran cómo se lesionó la vida y la expresión de todo un pueblo. «NO OLVIDEMOS». «NUNCA MÁS».
Massera y su un discurso en la ESMA:
