
- La Patagonia Rebelde y el fusilamiento de «alemán» Schulz |
El alemán Schulz camina pensativo. A su lado, lo acompaña su compañero Otto. Acaban de corroborar que serán traicionados por el Ejército Argentino y lo pagarán con la vida. Fue el agente Pucheta quien señaló a Schulz como uno de los cabecillas de los peones rebeldes. Según le dijo al coronel Viñas Ibarra, él instruía a los chilenos dándoles lecciones de tiro. Un argumento lo suficientemente eficaz como para adelantar su condena. Sobre la tierra seca del sur argentino, caminan cerca de doscientos metros hasta que les dan la orden de detenerse. Otto, rebelde hasta el último segundo, les grita a los asesinos: “No se mata así a la gente. Ni en la guerra europea, donde estuve cuatro años, jamás se fusiló a los prisioneros desarmados».
La noche anterior, la del 6 al 7 de diciembre, no fue una noche más. El Ejército estaba encima de ellos. Los peones llevaban tiempo luchando, reclamando sus derechos, pero la situación se había agotado y ya no daba para más. La discusión se extendió por horas. Soto y Schulz hablaron sin descanso. Querían convencer a los huelguistas, cada uno con sus ideas, de no abandonar la lucha. Pero la postura de los peones era clara: estaban hartos y solo querían un pago justo. El alemán, como buen anarquista, creía en la acción directa e insistía en enfrentar a las tropas. Decía que, «al primer disparo, van a huir como ratas». Soto creía que no tenían suficiente armamento, que era una locura innecesaria. Esa noche, en La Anita, se decidía todo.
Schulz insitía. Abandonar la lucha era volver a la esclavitud luego de haber demostrado hidalguía. Al fin y al cabo, no se podía negociar con quienes habían asesinado a sus compañeros. La única opción era tomar las armas y atrincherarse. Pero no hubo respuestas. Soto tomó la palabra y pidió no confiar en el Ejército. Había que moverse, esconderse en los bosques y volver cuando se hubieran ido. Así, hasta que se dieran cuenta de que tenían que pactar con los trabajadores. El debate siguió hasta que dos soldados aparecieron en el horizonte. Traían una propuesta: si se rendían, se les respetaría la vida y se les daría buen trato. Tenían una hora para decidir.
El tiempo corría y las posturas se radicalizaban. Soto insistió en que los fusilarían, que no había que confiar en el Ejército, que era «la traílla más miserable, traidora y cobarde”. Luego, el peón Farina tomó la voz y dijo lo que todos querían oír: que aceptaran, confiaran, y que tuvieran algo de paz. Aquí ocurrió un hecho que, a más de cien años, aún divide opiniones. Con la resolución de rendirse tomada, Soto sostuvo que él no era carne para tirar a los perros; que, si querían pelear, se quedaba; si no, se iba a seguir la lucha a otro lado. Schulz, por su parte, dijo que estaba en contra, pero que acataba la decisión de las mayorías aun sabiendo que moriría. Hubo una breve discusión y luego se separaron. Soto se perdió en la cordillera; Schulz, no sin antes darse un fuerte abrazo con Otto, fue asesinado por las tropas de Varela. Como escribió Osvaldo Bayer, sus muertes “son una demostración de cómo el ser humano puede enfrentar el destino con serenidad y estoicismo”.
