Por Luciano Colla | Entrevista a Candela Antón, divulgadora en antropología |

En una época dominada por la lógica de los absolutos, donde la realidad se nos presenta en blanco o negro y las posturas se radicalizan hasta imponerse como verdades estáticas e inamovibles, resulta un ejercicio contracultural leer nuestra historia sin atajos. A menudo olvidamos que la evolución humana no fue un camino recto, sino un sendero sinuoso donde supimos tanto disputar territorios como tejer redes de solidaridad. En cierta forma, fuimos y somos una paradoja biológica: la especie que comparte el pan es la misma que aprendió a cercarlo; la que cría en comunidad es la misma que inventó la propiedad y levantó muros.
Hoy, cuando la competencia parece la norma que rige desde la economía hasta los vínculos afectivos, conversamos con Candela Antón, divulgadora en antropología y autora del libro ¿Y ahora qué?, para interrogar ese escenario y volver sobre una pregunta que atraviesa la historia: cómo la cooperación hizo posible que un recién nacido sobreviviera y, a la vez, cómo el deseo de poseer, mandar y obedecer moldeó imperios enteros.
En este recorrido, nos propone pensar que «naturaleza humana» quizá no sea una esencia rígida; sugiere revisar formas de organización social que desafiaron jerarquías establecidas y abre un debate sobre cooperación, propiedad, crianza y cultura. Una invitación a desordenar certezas, mirar hacia atrás para interrogar el futuro y recordar que, al fin y al cabo, la humanidad nunca fue una dicotomía entre lobos y corderos: siempre fue un abanico de posibilidades en disputa.

—Durante mucho tiempo se repitió la idea de que la evolución humana se basó en la competencia y en la idea de que «sobrevive el más fuerte». Pero otros, como Piotr Kropotkin, sostuvieron que el apoyo mutuo fue clave para sobrevivir. ¿Fuimos más cooperativos de lo que se suele creer o la clave de la evolución fue la competencia?
—Es una pregunta fascinantemente compleja. Me considero alguien que se dedica a ensalzar bastante la cooperación, y lo hago por una cuestión muy sencilla: es lo que más nos está fallando. No es que crea que la cooperación sea mejor que la competición de forma intrínseca o moral, sino que, en nuestra sociedad occidental, la competición está muy bien aprendida, la tenemos muy bien llevada, pero la cooperación se nos está liando. Para nuestro devenir, ambas, en cierta forma, son necesarias.
Si la evolución es preminentemente competición o cooperación, el marco epistémico de la pregunta está un poco mal planteado, porque las cosas no suelen ser una cosa u otra. Si existen ambas posibilidades es porque ambas funcionan, incluso con puntos intermedios. Algunos organismos cooperan para competir mejor, por ejemplo. ¿De qué nos sirve considerar si es más una cosa o la otra? Si las dos son posibles, hay que barajarlas.
Si tú y yo tenemos un pan, es posible que compitamos para ver quién se lo come o que lo dividamos. Si lo dividimos, quizá sigamos ayudándonos, y en esa ayuda mutua consigamos desarrollar una estrategia exitosa. También puede ser que nos peleemos, uno se lo coma y sea más exitoso que el otro. Ambas estrategias son viables. El error es otorgarles valores morales a estrategias evolutivas: si eres más procooperación, dirás «la cooperación es mejor»; si eres más procompetición, dirás «la competición es mejor».
—Se puede decir entonces que, en distinta medida y en distintos momentos, ambas han funcionado.
—Y a la vez. Primero debemos aclarar si hablamos de evolución humana o de la evolución en general…

—¿Cómo es en las sociedades humanas?
—El ser humano es un caso particular. Muchos paleoantropólogos destacan el papel de la cooperación en nuestra evolución. Nuestra especie tiene un handicap: el tiempo que tardan nuestras crías en valerse por sí mismas es muy elevado. Criar un hijo desde el parto hasta los primeros años de desarrollo, por lo poco que nos valemos por nosotros mismos, es muy costoso. Una madre sola no podría hacerlo. Nos hemos volcado todo el grupo en la crianza, lo que se llama aloparentalidad. Esa cooperación nos ha habilitado para sobrevivir, ha sido una estrategia muy exitosa.
Somos animales sociales, necesitamos del grupo. La «ley del más fuerte» es absurda. Darwin nunca planteó la ley del más fuerte, sino del más apto. El ser humano por sí solo no se vale. Somos lo que se conoce como el «passe-partout» de la evolución, servimos para todo y para nada. Los primates en general, pero nosotros en particular. Hemos necesitado mucha cooperación para sobrevivir, pero también hemos competido entre grupos. Quizás la cooperación sea intragrupal y la competición intergrupal.
(Yuval Noah) Harari -si bien no es una eminencia para hablar de antropología porque no es antropólogo-, dice en su libro Nexus que los Homo sapiens somos muy buenos transmitiendo ideas. Por ejemplo, ponte que tú y yo somos cristianos, aunque estemos lejos, ya tendríamos un punto de unión perfecto, ya nos sentiríamos parte de lo mismo. Si nuestra cultura es suficientemente compleja, es posible que tú y yo, aunque no seamos exactamente del mismo grupo, nos sintamos de alguna forma unidos. Y, por tanto, peleemos menos y cooperemos más.
Luego nos hemos vuelto competitivos, aunque creo que siempre lo hemos sido de alguna forma. Que somos solo cooperativos o solo competitivos, lo dudo. Que la cooperación ha sido una estrategia que nos ha habilitado mucho a perdurar, desde luego.

—Pensando en el rol de la cultura y del entorno en moldear nuestro cerebro y nuestras decisiones sociales, ¿se puede aprender a ser más cooperativos o más egoístas?, ¿hay rasgos incorporados inherentemente por naturaleza?
—Cuando hablamos de naturaleza humana, siempre voy con pies de plomo. Es un concepto que suele usarse de forma capciosa para que cualquiera inserte detrás lo que cree que debería ser el mundo. «Naturaleza humana» puede ser lo que a uno le convenga para intentar convencer al resto de que haga lo que tú quieras.
No somos una tabula rasa. Nacemos con unas estructuras determinadas, con una herencia genética, con instintos. Nuestro cerebro al nacer está estructurado apenas en un 20 %. ¿Qué significa esto? Venimos con algo, herencia, entorno, información variada, pero luego nos moldeamos, y la cultura modula lo que somos.
La variabilidad cultural es enorme. Decir «somos de tal manera por naturaleza» es problemático, porque que hagamos una cosa no significa que sea la única para la que estamos habilitados. Según muchas evidencias, depende mucho de nuestra educación. Si vivimos en una sociedad basada en la acumulación, tenderemos a competir más.
Competir y cooperar son relativos. Tendemos a asociar -en mi caso, por ejemplo, ese sería mi sesgo- competir con algo malo y cooperar con algo positivo. O viceversa, cada cual con lo suyo. (Robert) Sapolsky, en su libro Compórtate, explica que la testosterona no está siempre asociada a la agresión, guerra, pelea. Ser más macho que el de al lado. Lo que hace es potenciar lo que en una sociedad se considere un marcador de estatus. Entre los trobriandeses -que tienen una mentalidad muy redistributiva-, tienen un ritual que se llama la Kula y que se basa en dar, y cuanto más dan o más valor tiene el objeto, más estatus tiene el que lo hace. De golpe, estas personas tienen un pico de testosterona y son los más generosos del mundo. Entonces, su marcación de la testosterona es muy diferente que en nuestra sociedad donde uno tiene un pico y a lo mejor lo que hace es ser el más facho del mundo. La cultura, por tanto, es determinante.
El antropólogo David Graeber decía que el ser humano somos posibilidades y, por ende, tenemos más responsabilidad de decidir cómo queremos organizarnos. Sapolsky, por otro lado, cree en un determinismo biológico: lo que hacemos está determinado por nuestra biología, cultura, entorno, vivencias y asimilaciones, que todo esto es una red de determinación constante. Pero el determinismo no implica naturalismo. Para Sapolsky implica compasión. Para mí, si somos posibilidades, podemos decidir qué valores defendemos y cuál es la moral que acordamos en un ejercicio consciente.

—¿Existieron sociedades antiguas sin estructuras jerárquicas fijas o poder concentrado que desafíen la idea de que toda sociedad, para funcionar, necesita «mandar y obedecer»?
—Cuando se estudian los universales del ser humano, se encuentran muchas veces puntos de unión. Nexos que depende cómo los planteemos se parecen, aunque la expresión sea diferente según la variabilidad cultural. Por ejemplo, cuando hablamos de moral, hay ciertos marcadores que se repiten a través de las culturas. Al parecer, lo jerárquico es un axioma, una base fija, pero cómo se reacciona a esa jerarquía no lo es para nada.
Un caso muy conocido es el de la Confederación iroquesa, pueblos originarios de Norteamérica. Sus jefes eran elegidos por un grupo de mujeres mayores, y el resto los seguía mientras sus directrices fueran razonables. La autonomía del individuo era muy valorada: si no estabas de acuerdo, no obedecías. El jefe debía esforzarse por hacer ver que lo que proponía era lo mejor. Por lo tanto, aquí estamos hablando de seres profundamente racionales. Mucho más que los cuentos que nos contamos nosotros mismos los europeos hablando de la ilustración y el ser racional, mientras que nos dicen «haz esto», y lo hacemos.
David Graeber lo cuenta en El amanecer de todo. Los jesuitas franceses, durante la colonización, quedaron sorprendidos por esa forma de organización, y los iroqueses también se asombraron de que los europeos obedecieran ciegamente.
—¿Era más bien una suerte de verticalismo constructivo?
—Claro, es que tú tienes que esforzarte para que lo que dices tenga un sentido, porque si yo veo que lo que tú estás diciendo es para llenarte tus bolsillos, o para joder a ese que te cae mal, pues ya te lo harás tu solo.
Los jefes podían ser destituidos y debían rendir cuentas. Me parece algo bastante razonable. Esto de que quienes están arriba de todo no rindan cuentas ante nadie me parece muy absurdo. Nuestra tradición occidental, desde Grecia y Roma, estuvo marcada por la obediencia a rajatabla y una desigualdad flagrante entre los que tenían mucho y los que no tenían nada. Y quienes estaban abajo ni siquiera se planteaban el concepto de desigualdad.
(David) Wengrow y Graeber, en El amanecer de todo, hallan que la noción de desigualdad empezó a discutirse, casualmente, cuando los europeos se toparon con otras formas de vida, cuando los occidentales empezaron a pasearse por todo el mundo -y ojalá se hubieran quedado en solo pasearse-. Ideas como libertad, igualdad o fraternidad fueron importadas de otros pueblos. Creo que lo contrario de la desigualdad no es la igualdad necesariamente, sino la agencia. Porque podemos ser iguales y vivir en un sistema terrible, pero si promovemos la agencia individual -la capacidad de reflexionar y tomar conciencia del mundo que me rodea-, viviremos más a gusto incluso dentro de una jerarquía.
Lo que más acuso en nuestro sistema es la falta de agencia. Voto una vez cada cuatro años a alguien que nos promete algo que luego no está sujeto a ninguna legalidad, y listo. Esto es todo en lo que yo participo. Por eso mucha gente es apolítica: porque alguien lo hace todo por ellos. Entonces, ¿cómo puede ser que mi vida dependa de esta persona y yo tenga cero capacidad de decidir nada?

—Continuando con la línea de las jerarquías dentro de una sociedad, ¿qué diferencias podemos ver entre distintas culturas antiguas en cuanto al rol social, político o simbólico de las mujeres? ¿Fue constante la subordinación o hubo sociedades donde ocuparon lugares de centralidad?
—Las cosas no suelen ser blancas o negras. Cuando nos contamos el cuento de que las cosas son de una forma, siempre es, convenientemente, para sostener el statu quo de lo que nosotros queramos defender. La mujer ha tenido, probablemente, mucho más poder del que solemos pensar.
No conocemos matriarcados en el sentido opuesto al patriarcado, como explica Marga Sánchez Romero (catedrática de Prehistoria), pero sí matrilinealidad: sociedades donde la línea que importa de herencia es la materna; o de matrilocalidad: donde, para evitar la endogamia, mandan a un sector de la población (masculino) a otro lugar para que habiten en otra zona y así no mezclar la sangre.
En algunos casos, como entre los vikingos, donde los hombres se iban de expedición, las mujeres debieron organizarse y defenderse. Hay tantas formas de organización como circunstancias, y seguramente hubo sociedades donde las mujeres tuvieron espacios de centralidad que ni imaginamos.
—¿Cuándo aparece la idea de «esto es mío», el concepto de propiedad?
—Tradicionalmente, se dice que en el Neolítico, cuando pasamos de ser cazadores-recolectores nómadas a agricultores sedentarios. Ahí comenzó la acumulación y, con ella, la propiedad privada, como señalaba Engels.
Sin embargo, estudios cross-culturales muestran que cierto concepto de propiedad existía en distintas culturas.

—¿Y cómo cambia la organización de la comunidad cuando la tierra, los animales o las personas pasan a tener dueño? ¿La sociedad se vuelve más injusta o más estable?
—Muchas veces me preguntan: «¿Y esas sociedades que tú dices cuánto duraron?». Como diciendo «si se han extinguido tan buenas no debían ser». Y bueno, te recuerdo que todos los imperios han caído. Todos han tenido un inicio, un nudo y su desenlace. Las sociedades más longevas han sido las de cazadores-recolectores, que duraron hasta 40.000 años. ¿Conoces algún imperio que haya durado tanto? Yo no.
Marcelo Tedesco, investigador argentino, dice que cualquier sistema de organización social es, por definición, antinatural, porque se superpone rígidamente a una realidad cambiante y sujeta a una variabilidad enorme. Es una especie de espejismo de seguridad. Y este es un matiz bastante importante, porque queremos estabilidad en un mundo que por definición es inestable. Los cambios climáticos y catástrofes siempre han ocurrido -y no me refiero a los que estamos causando nosotros-, y todas las criaturas se tienen que acomodar a ellos.
—Entonces, ¿al mismo tiempo que somos seres sociales, todo lo que construimos socialmente es también un espejismo?
—Creo que sí. Nuestras construcciones sociales no emanan necesariamente de una naturaleza propia. Básicamente, es como la comedia: tragedia más tiempo. Llevamos una acumulación histórica enorme haciendo las cosas de una manera y nos hemos convencido de que las cosas deben hacerse así.
Mucha gente me dice: «¿De qué me hablas de 400.000 años de la especie humana, si la Tierra tiene 6000 años?». Está bien, cada uno elige en qué creer. Entiendo que puedas creer en una figura de creador, de hecho, la ciencia no ha podido desmentir que exista tal cosa como Dios. Nos hemos creído nuestros cuentos, y mi cuento es el que está bien, lógicamente porque es el mío. No va a ser el de al lado y me he equivocado. Tal vez nuestra forma de organizarnos sea más costumbre e inercia que eficacia o eficiencia.
Nada es perfecto. Siempre estamos buscando la organización perfecta: si no eres capitalista convencida es que eres comunista, o socialista, o lo que sea. Yo no estoy nunca tan convencida de todo. Creo que todo tiene consecuencias positivas y negativas. Hay cosas que veo que podrían hacerse de otra forma, desde luego; hay cosas que no se hacen porque hay intereses de por medio, claramente.
Una idea aparentemente universal es la justicia redistributiva. El primatólogo Frans de Waal la observó incluso en monos capuchinos: si ven que ellos tienen menos fruta que el de al lado por hacer la misma tarea, se enfadan. ¿Por qué él tiene más fruta? Nosotros también somos así, una suerte de justicia redistributiva.

—Hace poco publicaste ¿Y ahora qué? y comenzaste con una plataforma nueva, Mpathy. ¿De qué tratan?
—¿Y ahora qué? es un libro de divulgación antropológica, escrito con el dramaturgo Daniel Tollesson. Está pensado para introducirse, disfrutar la antropología y para darle dos vueltas. Sirve tanto para quienes no tienen conocimientos previos como para quienes ya tienen una base. Está planteado a través de preguntas reales y sus respuestas.
Mpathy lo hemos creado con mi compañero, y es una forma de darle continuidad al trabajo de divulgación que hago en redes de forma gratuita. Es, también, una manera de que la gente a la que le gusta mi trabajo pueda apoyarlo, pero quise darle un sentido más amplio, así que en el Patreon nos hemos vinculado con distintos proyectos científicos.
Este año estamos colaborando con tres iniciativas. La primera es Atapuerca, centrada en el estudio de la evolución humana. La segunda es Neuromaternal, que investiga, mediante neuroimagen, los cerebros de madres y bebés para entender qué sucede durante el proceso de gestación, nacimiento y primeras etapas de vida. Un tema históricamente muy poco trabajado desde la neurociencia. Y el tercer proyecto, cuyo nombre está aún en desarrollo, busca implementar en edades tempranas una educación que favorezca valores cooperativos y de emprendimiento colectivo, es decir, que los niños y jóvenes aprendan a crear desde lo cooperativo.
En Mpathy publicamos contenido mensual, un podcast llamado Cosas que pasan, donde respondo preguntas de los miembros de la comunidad desde un enfoque antropológico, tratando de darles contexto y respuestas. También hay videos de divulgación sobre los proyectos que tratamos este año, y un club de lectura, donde propongo lecturas mensuales, acompaño el proceso y, al final del mes, hacemos una videollamada conjunta para debatir y compartir ideas. Tengo el Diario de Candela, donde vinculo mis experiencias cotidianas con cómo me van motivando estas cosas a indagar en lo científico. En resumen, Mpathy es un espacio de comunión y construcción colectiva de conocimiento, una plataforma para acceder a más de lo que hago en redes, pero de una forma más cercana y comunitaria, y además parte de la suscripción se destina a financiar ciencia.
