COMO UNA CÁSCARA DE NUEZ

  • La llegada del Granma a Cuba |

Alguien debió de haber informado. El comunicado recorrió rápidamente las oficinas del ejército de Batista, advirtiendo sobre un barco que había salido de Veracruz, México, el 25 de noviembre. Las órdenes eran precisas: «Disponga búsqueda por aviones Fuerza Aérea, yate blanco 65 pies, sin nombre, bandera mexicana”. La fecha indicada era cierta, pero la información llegó con una semana de retraso. Era el 1º de diciembre de 1956, un día antes de que comenzaran a escribirse las páginas de la Revolución.

Horas atrás, cerca de la 1:30 de la madrugada, los dos motores del Granma se pusieron en marcha. Ochenta y dos hombres amontonados en un yate con capacidad para apenas doce personas descendieron por el río Tuxpan. Intentando no ser divisados por el faro de vigilancia y la marina mexicana, se adentraron con las luces apagadas hasta cruzar el puerto. Sobrecargados y avanzando a velocidad moderada, enfrentaron fuertes corrientes adversas y vientos que les desviaban el rumbo. Como recordaría Fidel tiempo después, era como «una cáscara de nuez bailando en el Golfo de México».

Ya en alta mar, mientras administraban la falta de alimento, medicamentos, y se intentaba apalear el malestar generado por las fuertes mareas, la radio del Granma logró captar noticias de Cuba: la insurrección prevista en Santiago ya había estallado. Para los tripulantes, la angustia y la zozobra se mezclaban ahora con la desilusión de no haber llegado a tiempo. La noche previa a pisar tierra firme, el yate avanzó en línea recta hacia Cuba buscando el faro de Cabo Cruz. Casi no había comida, agua, y tan solo contaban con unas pocas latas de combustible. Para el amanecer del 2 de diciembre, tras siete días de navegación en lugar de los tres previstos, alguien creyó divisar una orilla. «¿Ese es territorio firme de Cuba?», preguntó Fidel y, ante la respuesta afirmativa, agregó: «Pues entonces, ponme los motores a toda velocidad».

A unos 2.000 metros de la costa, el yate quedó encallado en el fango. La falta de visibilidad solo les permitió distinguir las siluetas en la distancia. Habían llegado a un manglar, a dos kilómetros del destino previsto en Las Coloradas. Uno a uno comenzaron a descender: Ernesto Guevara, Camilo Cienfuegos, los hermanos Castro y el resto de los guerrilleros que aún se preguntaban si estaban donde querían estar o todo estaba perdido. El primer cruce con guardacostas no tardó en ocurrir y, sabiendo que la dictadura ya andaba sobre ellos, lograron corroborar su paradero gracias a un campesino. Ahora, era el turno de emprender camino rumbo a la Sierra Maestra y comenzar a cambiar la historia. De los ochenta y dos, solo doce quedarían con vida para dar comienzo a la guerrilla. Mientras tanto, desde las oficinas de la prensa, se lanzaba una primicia al mundo, una de las tantas que darían en esos tiempos: “Ha muerto Fidel Castro”.