Por Facundo Sinatra Soukoyan |

Rafa va y viene por el barrio. Sube y baja la barranca que lo lleva a la ruta; y la ruta, a la ciudad que lo mira de costado. Porque ser joven, morocho, de gorrita y vivir en El Alto de Bariloche es todo lo que no se quiere mirar.
Rafa vive en el Nahuel Hue, barrio de los márgenes de la ciudad. Como tantos, llena los trabajos mal pagos para que disfruten los turistas que desembolsan dólares y miran al lago.
Rafa la pelea. Deja la secundaria y changuea. Se mete en talleres de oficios. Aprende carpintería y soldadura. Ayuda a sus viejos y patea la calle como todos los pibes, esquivando la policía y zafando del destino que la sociedad le tiene marcado a los adolescentes de los márgenes.
Rafa empieza a preguntarse y a despertar su raíz Nahuel, que significa tigre en mapuzungun. Serán su tía, su prima y también su novia piezas claves para revincularse. Encuentra la cosmovisión ancestral, se pregunta por las recuperaciones territoriales y comienza a ser parte de ellas.
Rafa se siente mapuche, algo que nunca dejó de ser, pero que permanece dormido en él. Cuesta pelear por esa identidad, porque será una marca más con la cual tendrá que cargar ante la sociedad racista.
Rafa es joven, tiene 21 años pero un horizonte claro: tener su ruca (casa), una huerta, conejos y por qué no, un caballo. Sabe que en el barrio no va más, y que en el Lof Lafken Wincul Mapu, cerca del lago Mascardi, está la posibilidad de Ser.
Rafa, el 25 de noviembre de 2017, está ahí, en el territorio que su prima marcó como el lugar para las prácticas, para levantarse como Machi luego de años de genocidio físico y cultural.
Rafa sabe que la cosa no está fácil, días atrás vinieron a desalojar y el “subió” para apoyar a quienes quedaban solos, desperdigados e indefensos.
Rafa está en el fogón. De pronto, aparece un grupo de uniformados del Grupo Albatros que comienza a perseguirlos y a disparar. Ciento catorce son los disparos que escupen las armas de las Fuerzas Especiales.
Rafa cae herido, el disparo es de espalda y de abajo hacia arriba. Está claro que se escapaba, está claro que fue una cacería. Los medios se encargarán de decir lo contrario y de estigmatizar la lucha. Lo de siempre.
Rafa, el pibe de barrio que quiso Ser, caía en el territorio ancestral arrebatado hace 150 años por el hombre blanco a sus antepasados.
Rafa, el hincha de Boca, el de la sonrisa ancha, el que arreglaba el arco de la canchita, el de las tortas fritas para la vieja, será ahora también un Weichafe, guerrero del pueblo Mapuche que dejó su vida peleando por el territorio, peleando por recuperar lo que el Estado argentino arrebató a los suyos a sangre y fuego.
