¿CUÁNTAS VECES ES NECESARIO MATAR A QUIEN LUCHA?

  • El asesinato de Chacho Peñaloza |

El presidente Bartolomé Mitre recibió la carta. Venía firmada por el caudillo riojano Ángel Peñaloza y decía, de puño y letra, que «los pueblos, cansados de una dominación despótica y arbitraria, se han propuesto hacerse justicia». Para ese entonces, en San Juan, el gobernador Domingo Sarmiento decretaba un estado de sitio y, en una modalidad que no perdería sus formas con el tiempo, alertaba sobre el peligro de «esas chusmas» que llegaban para robarse el fruto de su trabajo; sobre esos bárbaros que buscaban destruir el orden social, la «propiedad tan penosamente adquirida», esos que representaban la «parte más atrasada de la población». Y, al frente de todas estas amenazas, el peligro mayor que había que combatir: Ángel “Chacho” Peñaloza.

Tras la batalla de Pavón, Mitre y sus pares se dedicaron a moldear a placer lo que sería la nueva Argentina. Las bases de una generación que, entre represiones, terror y centralismo, sembrarían el terreno de la patria que aspiraban construir. Un país con gente de bien que enalteciera los buenos valores, sin “indios piojosos” ni expresiones contrarias al ideario liberal positivista que encarnaba la incipiente Generación del 80. Pero, en esas mismas tierras en las que años atrás Facundo Quiroga había inspirado a Sarmiento a crear la verdadera grieta social de nuestro suelo, civilización o barbarie, Peñaloza representaba la contracara, el ejemplo a desterrar.

El 12 de noviembre de 1863, la lluvia comenzó a caer sobre Olta, La Rioja. Quizás por eso Chacho Peñaloza no vio al capitán Ricardo Vera descender de las montañas con su tropa. Quizás, por eso, tampoco lo oyó acercarse. Una vez frente a la casa, el capitán observó al hombre tan buscado. Se encontraba sentado en un catre, con un mate en la mano. Junto a él estaban su familia y un grupo de combatientes desarmados. Según narraría Vera, nadie ofreció resistencia alguna y se entregaron en el acto. «Estoy rendido», diría que fueron las palabras del caudillo que, acto seguido, le acercó su daga. Una hora más tarde, llegó el mayor Irrazábal.

Cuando se presentó en el refugio, el trabajo ya estaba hecho. No tuvo más que entrar y observar al hombre que tanto temían allí sentado. Ese caudillo que poseía algo que quienes levantaban el estandarte de la civilización anhelaban: el apoyo del pueblo. Por eso, casi como temiendo que se le escurriera de las manos, avanzó con su lanza y lo atravesó a traición. Luego, como si no creyera lo que veía, ordenó que alguien lo fusilara. ¿Cuántas veces será necesario matar a quien lucha para deshacerse de su ejemplo? Probablemente algo así pensaron cuando decidieron que había que cortarle la cabeza y exhibirla en la plaza. Desde su despacho, Sarmiento le envió una carta a Mitre: «He aplaudido la medida, precisamente por su forma. Sin cortarle la cabeza a aquel inveterado pícaro y ponerla a la expectación, las chusmas no se habrían aquietado en seis meses”.