MUERTO EL REY

  • La Revolución húngara |

Muerto Stalin, el stalinismo pretendía seguir gozando de buena salud. Para febrero de 1956, Nikita Jruschov, su sucesor, daba un firme discurso en el que denunciaba los crímenes cometidos buscando marcar una clara diferencia con sus supuestas intenciones. La limpieza de imagen llegaba vestida de promesas que decoraban un nuevo socialismo y auguraban un futuro más acorde al sueño de la revolución. Sin embargo, pese a todo, la realidad no tardaría demasiado en mostrar que, en esencia, no había cambiado tanto. No mucho tiempo atrás, el levantamiento popular obrero en Berlín Oriental había sido reprimido brutalmente y, meses después del discurso, lo mismo sufriría la insurrección de Poznan en Polonia. Muerto el rey, los pueblos verían que el stalinismo no parecía sufrir interregno alguno.

En Hungría, en medio de un clima de disconformidad social y un mar de conflictos políticos y económicos que no paraban de agudizarse, el 23 de octubre de 1956, un grupo de estudiantes de Budapest convocó a una manifestación. Ese día, cerca de 200 mil personas se reunieron y dieron comienzo a un levantamiento que sería el de todo un pueblo. Incluyendo a los comunistas, poco a poco, las masas se movilizaban hacia las calles demandando cambios urgentes. No se trataba de una contrarrevolución organizada por sectores reaccionarios ni de un intento de transición al capitalismo, se buscaba poner fin a una política represiva, burocrática y arbitraria. De construir un nuevo socialismo, lejos de la caricatura en la que se había convertido, y dirigido por los sectores populares.

Al cabo de unas horas, los manifestantes derribaban la estatua de Stalin que se erguía sobre la ciudad. Alarmado, Erno Gerö, el primer ministro, solicitó apoyo a la URSS y, no mucho después, los tanques soviéticos entraban en Budapest. Ahora, frente a ellos, el pueblo armado aguardaba en barricadas defendiendo la capital. Para el día siguiente, Gerö huía del país y la sublevación crecía a nivel nacional. Las huelgas ya eran masivas y los símbolos de la URSS retirados. Las milicias se creaban espontáneamente, controlando zonas, y las fábricas eran manejadas por consejos obreros. El pueblo había hecho sus demandas, y las urgencias no eran negociables.

Luego de días de cambios, finalmente, el 4 de noviembre las fuerzas soviéticas volvieron a atacar Budapest. Esta vez el golpe sería más fuerte. En medio de una negociación forzada, el nuevo primer ministro fue exiliado con la garantía de que se le perdonaría la vida, aunque, dos años después, descubriría lo contrario. Seis días más tarde, cesaba el fuego. Si bien la revolución no triunfó, el golpe dejaría duras secuelas y enormes precedentes. Para los stalinistas, se había vencido a la contrarrevolución. Lo cierto es que, una vez más, el sueño de forjar un verdadero socialismo era aplastado por las botas de quienes ostentaban el poder.