EL OCIO COMO RESISTENCIA: UNA HISTORIA DE CROTOS

Por Facundo Sinatra SoukoyanLuciano Colla |

«El trabajo siempre me sorprendió en la negativa», confiesa Magalí Flaks ni bien comenzamos la charla. Y luego completa: «La sensación de que uno nace medio condenado, medio esclavo. Nunca terminé de resignarme a eso». Mientras buscaba su camino, estudió Relaciones del Trabajo con la idea de poder defender a los trabajadores. Una vez recibida, y mientras trabajaba en «la corpo», se dio cuenta de que eso era imposible. De ahí en adelante, todo cambió.

En ese momento, decidió tomar la cámara y perseguir historias. Pero no cualquier historia. Quería capturar experiencias de lo que hacía la gente de a pie cuando lograban escapar de la rutina, aunque fuera por un rato. Así, empezó a «entrevistar a personas que durante el día trabajaban y, a la noche, en vez de descansar, resignaban su descanso para hacer lo que realmente las apasionaba».

Ese proyecto la llevó a filmar a una maestra que, al caer la noche, se iba a pescar a la Costanera Sur; a una pareja que pasaba las madrugadas observando el cielo; a una mujer que cantaba en karaokes y a otra que bailaba salsa. Escenas de sosiego que se cuelan en los márgenes de la rutina.

Sin saberlo todavía, mientras recolectaba testimonios, esa búsqueda la llevaría a encontrarse con un grupo que cambiaría todos sus planes: «Puse la palabra “ocio creador” en internet, apareció la Agrupación Crotos Libres y quedé fascinada».

Desde aquel día en que les escribió y la invitaron a participar de una caminata, su búsqueda personal se transformó también en una película, y el ocio -ese tiempo negado por la lógica del trabajo- se convirtió en el centro de su historia.

«Fui a Mar del Plata desde Capital Federal y participé de mi primera caminata. Charlamos, después fuimos a comer todos juntos. En ese momento eran unas quince personas». A partir de ese entonces, la cámara volvió a encenderse, pero con otro sentido: “Fui un par de veces más y les dije que quería hacer una película. Cuando conocí a Pedro, sobre todo, decidí que quería hacerla solo sobre ellos y me dijo que sí”.

Pero no todo fue tan sencillo. «Al principio no me entregaba material, no quería que yo me llevara nada. Después logramos ir a escanear documentos en su casa y, cuando vi lo que él tenía, decidí que iba a hacer una película de archivo, porque nada de lo que yo grabara tenía la vitalidad del archivo de Pedro».

Desde entonces, la historia de Magalí se volvió también la historia de esa búsqueda colectiva: la del ocio como acto de libertad y resistencia en un mundo que todo lo mide en ganancias y productividad.

Pedro, uno de los fundadores de Crotos Libres.

– Empecemos por el principio: ¿Qué significa «crotear»? ¿Cuál es la filosofía de un croto?

– La palabra viene del gobernador José Camilo Crotto, que en 1920 firmó un decreto que permitía a los trabajadores golondrina viajar gratis en tren. Básicamente porque, en ese momento, Argentina era el granero del mundo y se necesitaban manos para cosechar la producción.

Los crotos eran principalmente inmigrantes y anarquistas que decidían estar fuera del sistema y no tener propiedad -que, según cuenta Osvaldo Baigorria (escritor, periodista y docente), en un momento eran cerca de 300 mil-. Para ir al trabajo, caminaban al costado de las vías y se subían al tren cuando escuchaban venir alguno que les sirviera o supieran que los llevaba a algún trabajo. Iban hacia las cosechas, se ganaban algunas monedas, y seguían camino y dormían a la intemperie. Entonces se empezó a usar la frase «este viaje por croto», y quedó. 

En el campo, era muy común que les hicieran «croteras», pequeñas casitas para que pudieran dormir. La gente del campo solía tenerles respeto, había un trato casi fraternal. A veces los dejaban dormir en el establo y había una especie de convivencia. Algunos crotos eran muy cultos, pero elegían no pertenecer al sistema. Vivían trabajando cuando querían, sin patrón, durmiendo donde caía la noche.

– En tu caso, llegaste a la historia de Pedro y de alguna forma lo elegiste. ¿Cómo fue ese vínculo y cómo creció tu relación con él?

– Me contó que mucha gente se interesaba por el movimiento, pero después le pedían VHS y no se los devolvían. Perdió mucho material que había prestado de buena fe, y otras personas le decían que le harían entrevistas y nunca volvían.

Por eso, al principio estaba bastante reticente. Pero vio que yo seguía yendo, que trabajaba. Creo que le gané el corazón cuando le regalé impreso el libro de (Rebecca) Solnit sobre el caminar, y ahí vio que realmente me interesaba y empezó a aflojar.

Se generó una amistad. Que también tenía sus cosas, porque a veces se fastidiaba o no quería que lo grabara -a pesar de que usé muy poco de lo que grabé-, y un par de veces fui solo para pasar el tiempo con él: fuimos a andar en bici, a tomar mate a la playa. A él le gusta el ocio y, cuando le pedía muchas cosas, se fastidiaba, así que mejor íbamos en bicicleta o a caminar.

Se fue dando de a poco, esto empezó en 2018 y, en el medio, estuvo la pandemia, pero me comunicaba todo el tiempo con él. Fui un par de veces a verlo. Tiene una habitación en el piso de arriba donde invita a todo el mundo. Me decía: «En esa habitación estuvo Bepo, estuvo Osvaldo Baigorria». Persona que se interesa en el movimiento, él la invita a su casa. Una vez que entrás en confianza, es supergeneroso. Y así fui muchísimas veces, sobre todo porque antes era barato ir en tren.

– Esta idea de la agrupación Crotos Libres, las caminatas, ¿cómo se fue gestando?

– Pedro conocía a Bepo y lo admiraba profundamente, el gran croto que durante veinte años caminó las vías, no tuvo propiedad y se mantuvo al margen del sistema.

Nos contaba que su papá solía alojar crotos en su casa, que se quedaban un par de días, les daba de comer. Es algo que ya venía de familia.

Hasta sus cuarenta y tantos años tuvo una vida como cualquiera y, luego, junto con su compañera, decidió empezar a crotear. Cruzaron de Mar del Plata a Chile en bicicleta, parando en varios lugares, y después viajaron a dedo hasta las Cataratas.

En un momento, cuando no consiguió pasaje en un tren de Mar del Plata a Miramar, decidió caminar al lado de las vías como acto de protesta. Otros que tampoco habían conseguido pasaje se sumaron, y así nació la caminata. Con el tiempo se transformó en una actividad mensual, no como protesta, sino como forma de rescatar la imagen del trabajador golondrina.

Toda la agrupación es anarquista, cada integrante. Mismo Catalina, una señora de más de 90 años. Con el tiempo, se sumó más gente de boca en boca. Aunque al final tenían una página, al principio todo era con papelitos. Incluso ahora, que se presenta en Mar del Plata, Pedro sigue imprimiendo invitaciones y entregándolas en mano.

En un momento llegaron a ser más de sesenta personas. Ahí empezaron a aparecer en los medios, porque llamaba la atención ver a gente grande, de entre cincuenta y sesenta años, cruzando tranqueras de propiedades privadas, peleándose con la gente para sentarse un rato junto a un lago o subir a una colina a disfrutar del paisaje. Algo tan simple que, sin embargo, muestra que esas pequeñas resistencias son cada vez más difíciles de lograr.

Magalí Flaks

– Y trayéndolo a la película, ¿cómo fue trabajar con todo ese material de Pedro?

– Fueron dos años de mirar todo lo que él tenía, que era muchísimo, y de pensar qué quería hacer. Al principio hicimos cosas más graciosas, improvisadas. Pero después, cuando pensaba en la película y en lo que quería decir, pensé que es algo que me atraviesa mucho a mí, cierta crisis etaria. Me estoy acercando a los cincuenta, estoy podrida de trabajar y uno se pregunta muchas cosas: si vale la pena lo que hago, para qué lo hago. Y quise que el mensaje fuera más sensorial y vivencial que explicativo.

Entonces, con el montajista, Mario Bocchicchio, fuimos recortando. Hicimos pequeños viajes en los que en cada uno pasaba algo distinto. No queríamos que cayera en la cosa graciosa o difícil de defender, porque Pedro no es un croto, tiene casa. Entonces llegamos a la conclusión de que Pedro, en realidad, es un performer y un documentalista. Grabó años de caminatas para nadie: para él, para la posteridad, para que yo hiciera la película, no sé. Le pregunté y me dijo: «Lo hice para romper los quinotos, pero tu película va a ser la mía». Y yo también lo siento así: es su película.

También había mucho material de la Cumbre de los Crotos, donde hablaron Hugo Nario, Baigorria y se discutió sobre el trueque. Había mucha bajada de línea y no queríamos que quedara muy anclado en ese momento, porque eso fue en los noventa y, si bien todo se repite mucho, queríamos que fuera más sobre el caminar, sobre sentir la libertad en el cuerpo, más que hablar mal del Gobierno. Queríamos que la película fuera más atemporal, que tuviera que ver con el caminar. Fue una decisión que nos llevó mucho tiempo, porque había mucho material y la película podía ir para muchos lados.

– ¿Qué horizonte imaginás para la película?

– Yo ahí soy bastante crota, la cabeza pensante es Azul (Aizemberg), en general. Yo le dije tanto a Azul como a Mario que para mí la película terminó el día que fui y se la mostré a Pedro. Con eso yo ya estaba feliz, había cumplido, porque fue mucho tiempo de que él no confiara en mí. Entonces fue como decirle: «Viste que sí, que la terminé, acá está». Para mí el mejor estreno fue cuando fui a la casa, él invitó amigos y se la mostré. 

Después, que la vea la gente y se quede pensando, o con ganas de salir a caminar o de pensar cuánto resigna de su vitalidad en el trabajo, ya me alcanza. Me gustaría que circule, que se comparta.

Más adelante quiero armar una suerte de archivo croto, digitalizando el material de Pedro para que quede accesible a quien quiera consultarlo. Siento que es un movimiento que puede volver, no pierdo la esperanza.

En el preestreno en Turdera, apareció un chico que viaja a dedo, camina y saca fotos en blanco y negro que vende en el camino. Es un croto moderno. Me dijo: «Hay más gente en el camino, hay gente caminando por Argentina que quiere estar fuera del sistema». Son pocos, pero pueden ser más. Quizás sea yo en unos años, la película me modificó bastante. Aprendí mucho con Pedro.

– ¿Cómo resuena hoy toda esta filosofía antisistema frente a un mundo tan individualista y consumista?

– Para mí es terrible. Cuanto más pasa el tiempo, más me parece un sinsentido el sistema capitalista. Es cruel.

A veces uno se rodea de gente que piensa parecido, y después gana Milei y decís: «¿Qué pasó? ¿No estábamos todos de acuerdo?». Y no, somos un 2%. Evidentemente hay mucha gente que no está dispuesta a dejar de mirarse el ombligo.

Siento que va a llegar un extremo en el que queden todos afuera del sistema, porque el capitalismo está pensado para que cada vez sean menos los que la pasan bien y más los que la padecemos. Se va a agotar, no hay forma de que se sostenga. No sé si voy a estar viva para verlo, pero, cuando pase, yo agarro una piedra.

Ojalá pueda suceder otra cosa. En mi entorno veo compañerismo, pero miro un poco más allá y no lo veo. Me sorprende la crueldad, cómo hay gente que sigue defendiendo este Gobierno. No lo entiendo. Ojalá se contagie otra forma de vivir.