
- Thomas Sankara |
«Señor presidente, señores jefes de las delegaciones». Un breve silencio, y todas las miradas se dirigen hacia él. Es el 29 de julio de 1987, la cumbre de la Organización para la Unidad Africana, celebrada en Etiopía. Sankara habla tranquilo, manteniendo su tono firme y seguro. Tenemos la necesidad “de decir con claridad que no podemos pagar la deuda». A quienes les debemos, asegura ante los presentes, son los mismos que nos colonizaron y gestionaron nuestra economía. «La deuda es neocolonialismo», prestamistas que son hermanos y primos de los colonizadores, «montajes financieros fantásticos» diseñados para endeudarnos por sesenta años, y más aún. La deuda, en su forma actual, «es una reconquista», una estafa del FMI y del Banco Mundial.
Cuatro años atrás, Sankara había puesto en marcha un plan revolucionario en Burkina Faso. Buscando unir África y transformar un territorio sumido en la pobreza, aplicó medidas para que toda la población pudiera comer diariamente y acceder al agua potable. Nacionalizó las tierras y, mediante una reforma agraria, las distribuyó entre quienes las trabajaban. Estatizó riquezas e intentó reactivar una economía prácticamente inexistente sin depender de las potencias. Lanzó una campaña masiva de alfabetización y se construyeron hospitales, destinando gran parte del presupuesto a vacunación y ayudas ambulatorias. Además, impulsó políticas medioambientales y a favor de los derechos de la mujer, como la prohibición de la ablación genital.
Sankara sabía que el tiempo corría y África necesitaba de decisiones conjuntas. Son ellos, continúa enérgico, quienes han jugado como en un casino y, ahora, «exigen el reembolso y se habla de crisis». Contrariamente, «nos deben lo que las mayores riquezas nunca podrán pagar, esto es, la deuda de sangre». El pedido de equilibrio del que tanto hacen hincapié solo es el equilibrio a favor del poder financiero y siempre en detrimento de las masas populares. Por último, resalta que Burkina Faso no pagaría la deuda, pero deja claro que, si fuera el único país del continente en no hacerlo, no estaría «presente en la próxima conferencia».
El 15 de octubre de 1987, tres meses después, Sankara se preparaba para una reunión. Ese día, un grupo de sicarios dirigidos por su antiguo compañero Blaise Compaoré lo aguardaba en el edificio. Dispararon con fusiles contra él y a su gente más cercana. Dos días más tarde, Compaoré asumió el poder e inició un plan para borrar la imagen de Sankara y revertir sus políticas. Así, el FMI volvió al país. Sankara fue asesinado y solo dejó algunos libros, pocas pertenencias y una casa pequeña que aún no había terminado de pagar. Ellos escriben la historia, “llaman provocación a las verdades que nosotros proclamamos” y hacen de sus mentiras verdades absolutas. Una semana antes, había advertido a su pueblo que, «aunque los revolucionarios, como los individuos, puedan ser asesinados, nunca se podrán matar sus ideas».
