EL SUEÑO DE LOS PUEBLOS LIBRES

  • José Artigas |

La historia cuenta que quien peleó contra el poder colonialista español, buscando defender las tierras donde había nacido, fue el pueblo desposeído. Como escribió alguna vez Eduardo Galeano, esto fue «a carga de lanza o golpes de machete». Ningún opresor cede caritativamente los privilegios que consiguió a fuerza de violencia y explotación. Pero aquellas luchas en las que dejaron sus vidas para alcanzar la libertad no recibirían la merecida recompensa y las tierras quedarían en manos de nuevos dueños. Usurpadores que se encargarían de robar las riquezas y de reprimir al mismo pueblo que alguna vez había soñado justicia. Muerto el Virreinato, las oligarquías parasitarias se alzaban firmes en América Latina.

«Los más infelices serán los más privilegiados», decía el Reglamento Provisorio de 1815 y, al final del texto, aparecía la firma de quien la historia oficial se encargaría de deformar y ocultar: José Gervasio Artigas. Es en ese contexto que el hombre nacido en Montevideo, un 19 de junio de 1764, se levantaba contra el poder moviendo a las masas populares de lo que hoy es Uruguay y varias provincias del norte argentino con el sueño de formar la Liga de los Pueblos Libres. Allí, con los territorios unidos por pactos interprovinciales, Artigas entendía que era vital la creación de gobiernos locales y propios para garantizar la «soberanía particular de los pueblos». Pero eso sería solo el comienzo.

Además, dictó lo que sería la primera reforma agraria de América Latina. «Tierra libre, hombres libres», apoyando a los sectores campesinos en la expropiación de tierras a «malos europeos y peores americanos» para ser repartidas entre familias trabajadoras y gente sin vivienda. Los enemigos, poseedores de interminables latifundios, serían decomisados sin recibir a cambio ningún tipo de indemnización. En lo que refería a los hijos e hijas de terratenientes, no serían condenados a pagar las culpas de sus padres, por lo que recibirían el mismo trato que cualquiera según el reglamento.

Mientras el centralismo del puerto de Buenos Aires se llevaba todo por delante, Artigas, junto a «paisanos pobres, gauchos montaraces, indios que recuperaban en la lucha el sentido de la dignidad, esclavos que ganaban la libertad incorporándose al ejército de la independencia», soñaban la Patria Grande. Por supuesto, estos sueños de revolución estaban lejos de los intereses de las oligarquías y, así, los gobiernos posteriores combatirían duramente para que el hombre “común” fuera peón y la mujer esclava. La lucha de los pueblos libres y la reforma agraria, dos siglos después, sigue siendo necesaria. Tanto, tal vez, como recordar a quienes dejaron la vida por alcanzarla.