EL ÚLTIMO DÍA

  • La condena y la muerte de Simón Radowitzky |

La sala es todo silencio. De un segundo al otro, el público presente gira para observar al fiscal que ahora acomoda sus hojas. Es su momento. Después de unos instantes de inquietud, comienza a hablar. Dirá textualmente que el detenido se presentó soberbio, negándose «a contestar las preguntas” y que, como si esto fuera poco, se apresuró “a confesarse autor del hecho que se investiga». Luego, hará gala de su lombrosianismo agregando sin pudor alguno que «su fisonomía tiene caracteres morfológicos que demuestran bien acentuados todos los estigmas del criminal». Y no mucho más. Basado en estas evidencias, no duda en recomendar que se aplique la pena de muerte.

Los peritos calcularán la edad del detenido. Tras minuciosos estudios, afirmarán que rondaba entre los 20 y 25 años. Lo siguiente será la opinión del doctor Beltrán, quien, sin vacilación alguna, concluye que las estadísticas aseguran que el joven tendría entonces «22 años y medio». Lógica pura. Todo esto, afirma solemnemente y por si quedaban dudas, era muy serio. De este modo, para deleite del poder, la pena capital es posible. Por último, recalcará que todo lo hacía «sin escrúpulos ni vacilaciones fuera de lugar», que debemos ver en Radowitzky «un elemento inadaptable cuya temibilidad está en razón directa con el delito perpetrado». Y caso cerrado.

Eso sería todo, una condena a la carta lista para quien osó matar al represor Falcón. Nadie creía las palabras del joven que aseguraba ser menor de edad. El Estado daría un mensaje al anarquismo, un escarmiento que buscaba ser ejemplar. Sin embargo, todo estaba por cambiar radicalmente. Un día, desde Rusia, arribó un documento oficial que certificaba que Simón había nacido en 1891. Los peritos habían cometido un pequeño error. A pesar de haberlo instalado en la opinión pública, los altos jefes militares, la oligarquía y el fiscal ya no podrían asesinar a ese flaco de bigotes e «ideas peligrosas». Terminado el juicio, contra todo pronóstico, saldría con vida de la corte.

Lo que le depararía entonces sería una vida de torturas y encierro por tiempo indeterminado. Un infierno que duraría 21 años, de los cuales 19 serían en el penal de Ushuaia y 10 de ellos en un calabozo aislado. Pero pese a la violencia a la que lo sumieron, nunca lograron desaparecerlo. Tras intentos de fuga y castigos que soportaría estoicamente, para 1930 sería puesto en libertad con la condición de que no volviera más a la Argentina. Los años siguientes lo encontrarían combatiendo fascistas en la guerra civil española para luego instalarse en México junto a su compañera. Poco había cambiado pese al encierro. Dicen que una tarde de 1956 lo notaron especialmente calmo, recorriendo librerías y cargando una botella de vodka que llevaría hasta la pensión donde vivía. Que, al volver, se tomó un segundo para recordar cada tierra que pisó. Dicen, también, que ese fue su último día, su última lucha. O tal vez no.