
- La muerte de Facundo Quiroga |
La carreta, apresurada, avanzaba trastabillando por un camino que, por momentos, apenas se distinguía entre montes y llanos. Sola en medio de la nada, se abría paso dejando tras de sí una nube de polvo que parecía suspenderse eternamente bajo los rayos del sol. Esa tarde, Facundo Quiroga y su comitiva regresaban a Buenos Aires. Cerca de la posta de Ojo del Agua, Córdoba, un joven apareció en el camino haciendo señas. Cuando el carruaje se detuvo, se acercó a explicar que un grupo, enviado por los hermanos Reynafé -gobernantes de Córdoba-, los aguardaba en Barranca Yaco con la orden de asesinarlos. En ese momento, el caudillo se asomó por la ventana y lo interrumpió.
Justo cuando se disponía a explicar los detalles de la emboscada, Quiroga lo frenó para ahorrarle las palabras: «Aún no ha nacido quien pueda matarme». Preocupado, Santos Ortiz, su secretario, lo escuchó agregar: «A un grito mío, esa partida mañana se pondrá a mis órdenes, y me servirá de escolta». Optimista, pese a sus agudos dolores de reuma, Facundo agradeció y, cuando los caballos comenzaban a tirar del carruaje, levantó la mano: «Vaya usted sin cuidado, amigo». Poco después, recostó la cabeza y, mientras el cielo comenzaba a nublarse, intentó descansar. Pero esta vez el Tigre de los Llanos se equivocaba. Esa persona sí había nacido.
Durante horas, Santos Ortiz no dejó de pensar. Asustado, decidió despertarlo y le pidió que, por favor, modificaran el recorrido. Pero el caudillo, cansado, parecía no darle importancia. Limpiándose la sangre que le brotaba de la nariz, casi como una señal del terror que sentía, el secretario se esmeró en resaltar que, si seguían adelante, él se bajaba. Disgustado, Quiroga, que ahora parecía perder el sueño, le respondió que mejor cambiara los planes, ya que lo que le esperaba si insistía con la idea sería mucho peor que una emboscada. Así, continuaron camino bajo la noche de Córdoba, sin escoltas militares, con pocos peones, algún correo y dos postillones.
Cerca del mediodía del 16 de febrero de 1835, tal como les habían advertido, la partida de Santos Pérez los detuvo en Barranca Yaco. Quiroga, con la confianza que le otorgaba su historia, se asomó por la ventana y preguntó quién la comandaba. Pero no escuchó respuesta. O, tal vez, de alguna manera sí. Un disparo certero le atravesó el ojo izquierdo y lo mató en el acto. No pudo ver la masacre a la que fue sometida su gente. En medio del frenesí, el propio Santos Pérez mató a uno de los suyos por negarse a ejecutar a un niño que viajaba en la comitiva. Cumplida la orden, partieron. Ese día, los Reynafé celebraron. Lo haría también Sarmiento, quien años más tarde le dedicaría el libro “Facundo”. No mucho después, Rosas asumiría su segundo mandato prometiendo vengar su muerte, mientras algunos le adjudicaban el oportuno asesinato. Ese mediodía, cuando todo terminó, casi como cortina de la carnicería, una torrencial lluvia se desató sobre el noroeste cordobés.
