ESTÁ BIEN VENGADO

  • El anarquista #SanteGeronimoCaserio y el atentado al presidente francés |

Veinticuatro de junio de 1894, Lyon, Francia. El pueblo aguardaba impaciente desde hacía horas. El calor era insoportable y el tumulto no ayudaba. Inmerso entre la multitud, el anarquista Sante Geronimo Caserio observaba el cordón de uniformados que esperaban órdenes bajo los rayos del sol. De un segundo al otro, el murmullo se hizo silencio. Eran los primeros caballos que daban inicio a un coordinado y ostentoso desfile de militares. A sus espaldas, escoltado de banderas azules, blancas y rojas que se levantaban flameando contra el cielo, aparecía el imponente carruaje del presidente francés Marie François Sadi Carnot. Inmediatamente, la gente se percató y comenzó a amontonarse. Nadie quería perderse la oportunidad de verlo de cerca. Caserio, por su parte, tampoco.

Cuando el último militar que custodiaba el carruaje presidencial pasó frente a Caserio, el joven anarquista se desabrochó el botón de su abrigo. Estaba listo. Luego de abrirse paso entre dos personas que tenía delante, avanzó hacia el frente mientras preparaba el puñal que llevaba guardado. No fue directo hacia Carnot, sino que corrió hacia la parte trasera del carruaje. Los guardias lo observaron con sorpresa, tal vez algo desconcertados de ver que el joven no iba hacia al presidente. Pero Caserio tenía todo calculado y, tras saltar al escalón externo del vehículo, se sostuvo con una mano mientras introducía la otra por la ventana y enterraba su puñal en el pecho de Carnot.

Acto seguido, se impulsó hacia atrás al grito de «Viva la revolución» mientras la multitud observaba sin comprender. Dentro del carruaje, el presidente yacía muerto, con una daga negra y roja clavada en su pecho y un fragmento de periódico que Caserio había preparado para la ocasión. Contará luego el anarquista que, al bajar del carro, notó que nadie entendía lo que estaba ocurriendo. Ni el pueblo que se había reunido, ni los militares que debían vigilar. El momento justo para perderse entre la gente.

Recién cuando cambió su grito a «Viva la anarquía» fue cuando los guardias parecieron tomar nota del peligro. Caserio corrió junto a los caballos y, cuando se filtraba entre los presentes, un guardia logró detenerlo. Explicará luego, durante el juicio, que ajusticiar al presidente fue la forma de vengar la muerte del anarquista Ravachol y de otros dos ejecutados. Que, si el poder puede «usar contra nosotros fusiles, grilletes y prisiones», «nuestra respuesta a los gobernantes será la dinamita, la bomba, el estilete, el puñal». Nunca intentó negar sus actos ni aceptó delatar compañeros o declarase demente para salvarse: «Caserio es un panadero, nunca un delator», sostuvo. El 16 de agosto de 1894, a los 20 años, fue guillotinado. Días atrás, la viuda de Carnot recibía una carta con una foto de Ravachol. Detrás, decía: «Está bien vengado».