LA IMAGEN DEL PUEBLO

  • Camilo Cienfuegos |

Fidel repite una y otra vez lo mismo, pero con distintas palabras. No, no hay forma. Frente a él, Reinaldo Benítez vuelve a insistir. Dice que lo conoce, que es de confianza. Es más, tiene una cicatriz producto de una herida de bala durante una manifestación contra la dictadura de Batista. La evidencia funciona como una de las pocas cartas de presentación. Fidel lo observa e intenta explicar que entiende, pero que ya está todo organizando y además el yate que consiguieron está repleto. Más que repleto, completamente excedido de su capacidad real. De todos modos, para su tranquilidad, le dice que lo va a pensar. Reinaldo agradece y se retira satisfecho. Era lo máximo que podría conseguir.

Días atrás, el 21 de septiembre de 1956, Camilo Cienfuegos llegaba a México. Venía procedente de los Estados Unidos e iba en busca de Reinaldo para convencerlo de que lo sumaran al 26 de julio. Los primeros días serán difíciles y lograr dar con el revolucionario que había combatido en Moncada era más complejo de lo que podría haber supuesto. Sobrevivirá con lo justo, trabajando en la calle por monedas para poder comer y no mucho más. Pero no se rendirá. Su insistencia encontrará recompensa y, finalmente, conseguirá dejar una nota en la habitación donde se hospedaba Reinaldo. Tras una breve reunión, el resto requerirá de su paciencia. El tiempo le dirá, tanto a él como a la revolución, que la espera valió la pena.

Camilo será el número 82. El último. Junto al resto, subirá al Granma mientras intentaban no ser divisados por el faro de vigilancia y por la marina. Los días siguientes lo encontrarían de vuelta pisando las tierras que lo vieron nacer. Durante aquellos días, hostigados por el hambre y el constante zumbar de los aviones enemigos, Camilo y el Che avanzarían cada uno con sus columnas atravesando 500 km a pie. Aun en la distancia, se comunicarían por radio y, entre mensajes en clave, Camilo aprovecharía para divertirse despistando al ejército batistiano. Sabiendo que eran escuchados, se daría por derrotado en combates que nunca habían ocurrido generando confusión en las bases militares que no entendían qué estaba pasando.

Esta revolución es justa, dijo en octubre de 1959 delante de su pueblo. Esta revolución, en un mundo de hambre e injusticias, es honrada. Porque se hace “no para privilegios de unos cuantos, no para amparar intereses, no para defender a los latifundistas». Es justa y honrada porque no es para aquellos que «por siempre escarnecieron, que por siempre abusaron, que por siempre atropellaron al pueblo de Cuba». Por eso, no importa que “vengan aviones mercenarios tripulados por criminales de guerra y amparados por intereses poderosos del Gobierno norteamericano». No importa porque aquí, dirá, hay un pueblo. El Che Guevara lo definirá diciendo que “no ha habido en esta guerra de liberación un soldado comparable”. Que, “en su renuevo continuo e inmortal, Camilo es la imagen del pueblo”.