REDES DE IMPUNIDAD

  • Natalia Melmann |

La camioneta se puso en marcha y aceleró. Ya la tenían marcada, no había margen de error. Horas atrás, antes de dejar de su casa, Natalia se arregló y avisó que dormiría en lo de una amiga. Tenía esperanzas de poder encontrarse con Maxi, un chico con el que había salido hacía unos meses y, según tenía entendido, esa noche estaría de franco. Si todo le salía bien, tal vez, podría cruzarlo. Minutos más tarde, partía hacia el centro. Cuando el sol comenzó a asomarse, cerca de las 7 de la mañana, luego de recorrer bares sin suerte, se despidió de sus amigas y emprendió rumbo hacia su casa. Era el 4 de febrero de 2001 y, a unas cuadras de allí, la policía la estaba esperando.

Durante el trayecto, una camioneta de la bonaerense la interceptó. Sin dar tiempo a que la joven de 15 años pudiera reaccionar, varios efectivos bajaron, la tomaron por la fuerza y la subieron al patrullero. Sabían a quién buscaban y a dónde debían llevarla. Acto seguido, continuaron camino y la trasladaron a Copacabana, a las afueras de Miramar. Allí sería entregada, violada y torturada para, finalmente, ser ahorcada con el cordón de su zapatilla. Al día siguiente, tras volver de vender facturas en la playa, su padre observó que Natalia aún no había regresado. Comenzaba una lucha a contracorriente de los poderes.

Para bronca del comisario Grillo, la noticia llegó demasiado rápido a los medios. Para ese entonces, la familia de Natalia ya recorría las calles golpeando casa por casa mientras las versiones sobre la joven comenzaban a reproducirse. Alguien dijo haberla visto drogada, caminando perdida o con pollera demasiado corta. Sin embargo, entre tantas pistas falsas, una testigo declarará haber visto cuando la subían a un patrullero. El 8 de febrero, la radio informó que el cuerpo de Natalia Melmann había aparecido. Se encontraba enterrado en el vivero Ameghino y fue descubierto por un joven que paseaba a su perro justamente en un sitio en el que la policía había pedido no acceder.

Inmediatamente, su padre se hizo presente en el lugar. Dijo que el cuerpo estaba irreconocible, que apenas pudo identificar los pantalones. En ese mismo momento, mientras tanto, a Natalia le cortaban las uñas dando comienzo a una maquinaria de impunidad. Las calles de Miramar se llenaron de gente y una comisaría fue destruida a piedrazos en medio de una pueblada. La autopsia reveló que había sido violada por cinco personas, de las cuales tres serían condenadas a perpetua: Echenique, Anselmini y Suárez. El cuarto policía, Panadero, a pesar de ser identificado en las pericias, sería absuelto y seguiría trabajando en las fuerzas. Hoy, mientras se pasea libremente por la ciudad, se aguarda a realización de un nuevo proceso. En lo que refiere al quinto hombre, aún no hay dato alguno. Veintidós años más tarde, su madre insiste en no moverse de la zona para que nadie olvide a su hija. Para que no olviden, tampoco, que sus asesinos siguen libres.