VOLVEREMOS A LAS MONTAÑAS

  • Inti Peredo |

Inti observó entre la vegetación, esperó a escuchar disparos y apretó el gatillo. Eso habían acordado. Dispararían solo cuando los militares lo hacían, de otra forma, delatarían su posición que de por sí ya era comprometida. Sabían bien que no había cómo salir de la quebrada del Yuro, por lo que no quedaba más opción que combatir. Así, las horas fueron pasando mientras el sol del mediodía caía en el horizonte. Al anochecer, Inti observó hacia abajo y decidió lanzarse por la quebrada para encontrarse con el resto. Allí se cruzó con Pombo, Urbano y Ñato y comenzaron a buscar sus cosas. Minutos después, cargando sus mochilas, emprendieron camino al lugar establecido de contacto. El fuego cruzado ya había terminado, pero aún faltaba saber qué había sido del Che y los demás.

La primera sorpresa sería encontrarse con alimentos tirados, algo que, en palabras de Inti, «el Che jamás permitió». Estaba prohibido dejar algo tan sagrado como la comida. Más adelante, se cruzará con el plato de Ernesto, aplastado y destruido. Aun así, lo guardó con sus cosas. Cuando llegaron al lugar de reunión, se encontraron con que estaba vacío, pero algo logró captar su atención. Una huella en la tierra, inconfundible, marcaba pasos que se perdían más adelante. Sin dudas, eran las pisadas del Che. Inmediatamente, supusieron el camino que había seguido y se internaron monte adentro, con sigilo, avanzando de noche para no ser descubiertos.

En algún momento logaron dejar la vegetación y pisar una callecita de tierra. Estaban en La Higuera. Se sentaron casi frente a la escuelita mientras los perros ladraban y ellos dudaban si lo hacían por su presencia o por los gritos de los militares que «se emborracharon eufóricos». No lo podían imaginar y tampoco lo sabrían hasta tiempo después, pero, a una distancia muy corta de donde estaban, Ernesto Guevara se encontraba detenido. Luego de tomar aire, siguieron camino. Tiempo después, un helicóptero los sobrevoló, el mismo que “llevaba el cadáver aún tibio del Che, asesinado cobardemente por orden de la CIA y de los gorilas Barrientos y Ovando». A los pocos días, Urbano escuchó la noticia que nadie quería oír: habían matado al Che.

Ya clandestino, se dispuso a reorganizar el ELN en Bolivia. Había jurado «continuar la lucha, combatir hasta la muerte». Una tarde, mientras preparaba la guerrilla, el lugar donde paraba fue delatado y 150 soldados rodearon la casa. Durante una hora, Peredo resistió solo con su pistola, tirando hasta la última bala. Tenía una granada guardada para hacerse volar con sus captores, pero, llegado el momento, descubrió que alguien se la había quitado. Por eso, fue detenido con vida. Lo que ocurriría después, no dista mucho de lo que suelen hacer los uniformados a quien lucha. Antes de su asesinato, había firmado un manifiesto que decía que, aunque cueste la vida, “volveremos a las montañas”.