EL PRIVILEGIO DEL SEUDÓNIMO | Escritoras pioneras en el arte de un disfraz inmortal

Por Laura Martínez Gimeno |

La literatura no puede ser el asunto de la vida de una mujer, y no debería serlo. Cuanto más se dedique a sus propios deberes, menos tiempo tendrá para ello, incluso como logro y recreación
(Carta del poeta Robert Southey a la novelista Charlotte Brontë, 12 de marzo de 1837, diez años antes de la publicación de la obra maestra Jane Eyre (1847).

En una realidad dominada por el beneficio social, y sobre todo económico, de una selectiva parte de la humanidad, la estratégica máscara del seudónimo masculino salvaguardó el honor y el prestigio de cientos de voces femeninas. El talento y la inventiva de voces que únicamente pudieron expresar su sublimidad ocultas por la silenciosa clandestinidad. La sólida vacuidad histórica ha preservado miles de obras artísticas que carecen de firma. Y la obligada necesidad de la penumbra del anonimato engendró las más sobresalientes tramas de la literatura universal. El misterio, la prudencia y el disimulo proporcionaron a la hipotética autoría el espacio para exponer ideas, pensamientos, denuncias, emociones, sacrificios, conflictos, testimonios e injusticias, en una época que se negaba a escuchar a las minorías y los desfavorecidos. Esto no significa que no existieran escritoras, si no que el mundo nunca las quiso, debido a que -hasta hace varias décadas en el plano occidental- a la mujer se le prohibió y denegó el acceso al ámbito humanístico y científico. Y es que la feminidad fue comprendida a lo largo de las eras como el proceso de inspiración masculina, encarnando el mortuorio papel de musa y modelo, jamás el de madre creadora. La etiqueta de artista profesional estuvo reservada al intelecto masculino, mientras que la mujer intuitiva, inteligente y de brillante inventiva fue sepultada por el cosificado mito de la figura angelical. En concreto, todas las culturas, civilizaciones y periodos históricos originaron genias dignas de pertenecer a lo que llamamos posteridad. A pesar del afán por la invisibilización de sus protagonistas, siempre existió la autoría femenina.

El profesor Trevelyan solo dice la verdad cuando señala que las mujeres de Shakespeare no parecen carecer de personalidad y carácter. No siendo historiadora, podría yo ir más lejos y afirmar que las mujeres han ardido como faros en todas las obras de todos los poetas desde el principio de los tiempos: Clitemnestra, Antígona, Cleopatra, lady Macbeth, Fedra, Crésida, Rosalinda, Desdémona o la duquesa de Malfi, entre los dramaturgos; Millamant, Clarissa, Becky Sharp, Anna Karénina, Emma Bovary o madame de Guermantes, entre los prosistas […] De hecho, si las mujeres existieran únicamente en la literatura escrita por los hombres, las imaginaríamos como personas importantísimas, variopintas, heroicas y mezquinas, espléndidas y sórdidas, infinitamente hermosas y feas a más no poder, tan grandes como los hombres, incluso más grandes, a decir de algunos. Pero estas mujeres viven en la literatura. En la realidad, como señala el profesor Trevelyan, las encerraban, las apaleaban y las arrastraban por el suelo (Virginia Woolf: 2023: 60).

Hogar de la familia Brontë.

Por consiguiente, gracias al uso del seudónimo masculino, la grandeza intelectual de las mujeres artistas fue examinada sin prejuicios ni estereotipos, mas mediante la ecuanimidad y exigencia de la que disfrutaron sus compañeros de profesión. La conciencia del lector no se descubría manchada o condicionada por el nombre que rezaba posado en la cubierta de dicho volumen. Entre otras razones, el seudónimo permitió que se juzgara el arte por el arte, y, además, edificó las habitaciones propias pertinentes para que las mujeres empezaran a escribirse a sí mismas, aunque semejante acción debiera imaginarse brindada por la intriga. En otras palabras; por primera vez en el arte, las autoras supieron cómo librarse en sus narraciones de la siempre acechante mirada masculina. A lo largo de los siglos XVIII, XIX y XX, el seudónimo se convirtió en una estrategia para aquellas personas que anhelaron publicar manteniendo la privacidad de su identidad. Las escritoras de la época poseyeron diferentes razones por las cuales escudarse tras la protección del anonimato.

En primerísimo lugar, para poder preservar la honra de su reputación y salvarse de los prejuicios que la sociedad asociaba a su sexo. Las artistas aspiraban a ser celebradas por el éxito de su fantasía y la habilidad de su escritura, por ello, reconvirtieron su intimidad con el objetivo de que ésta no influyera de forma peyorativa en la lectura y la respectiva opinión crítica. De esta manera, eludieron el debate vinculado a su sexualidad y condición socioeconómica en una comunidad conservadora regida por la jerarquía de clases, que trataba con condescendencia e intransigencia el lugar de las mujeres.

Y es que las obras maestras no son logros aislados y solitarios; son el resultado de muchos años de pensamiento en común, del pensamiento colectivo de muchas personas […] Jane Austen habría hecho bien en depositar una corona de flores en la tumba de Fanny Burney, y George Eliot tendría que haber rendido homenaje a la densa sombra de Eliza Carter, esa mujer valiente que ató una campanilla a la cabecera de su cama para despertarse temprano y estudiar griego. Todas las mujeres deberían dejar flores en la tumba de Aphra Behn, que escandalosa aunque muy oportunamente se encuentra en la Abadía de Westminster, pues fue ella quien conquistó para todas el derecho a expresarse (Virginia Woolf: 2023: 87).

Manuscritos y reliquias literarias de las Hermanas Brontë.

Por otro lado, el alter ego les facilitó ser valoradas desde la absoluta igualdad de sus coetáneos. La moralidad de los siglos dictó que las mujeres eran ética y mentalmente inferiores a los hombres. El mercado editorial era controlado por hombres que leían a hombres, que publicaban a hombres y homenajeaban a hombres. Así pues, las artistas urgieron la intrigante estrategia del seudónimo masculino para lograr infiltrarse en una realidad que no las correspondía, ya que los únicos libros que se les concedía leer a las muchachas hablaban de códigos de conducta y prosa romántica. Las escritoras abogaron por un juicio justo que desentrañara las virtudes y faltas de su inventiva, éstas deseaban ser críticamente estudiadas, aceptadas o rechazadas con la misma seriedad y dureza con que se observaban los trabajos de sus compañeros literatos.

En tercer lugar, guardaron el secreto de su nombre de pila por temor a ocasionar un escándalo que arruinase la fortuna y notoriedad de sus familias. Además de rehuir la censura y la muy probable destrucción de textos manuscritos debido a un contenido de naturaleza controversial, pues las mujeres no debían dialogar o filosofar sobre asuntos que pudieran dañar la delicadeza, ternura, suavidad y fragilidad innatas a su sexo. Por otra parte, desde el inicio de los tiempos, la iglesia ha liderado infinidad de cacerías colectivas justificadas por principios evangelizadores, y algunas mujeres podían verse sometidas a semejante cruel y temible persecución en defensa de su genialidad artística.

La casa parroquial y biblioteca de la familia Brontë.

Me atrevería a decir que Anónimo, que escribió tantos poemas sin firmarlos, era a menudo una mujer […] Era la reliquia de la noción de castidad lo que dictó el anonimato de las mujeres hasta una fecha tan tardía como el siglo XIX, Currer Bell, George Elliot, George Sand, todas las víctimas de esa lucha interior, tal como revelan sus escritos, trataron de ocultarse infructuosamente tras un seudónimo masculino. Honraron así la convención, si no establecida por el otro sexo, sí ampliamente fomentada (la máxima gloria de una mujer es que no se hable de ella, decía Pericles, un hombre del que tanto se ha hablado), de que la publicidad es detestable para las mujeres. El anonimato corre por sus venas. El deseo de ocultarse sigue poseyéndolas (Virginia Woolf: 2023: 69).

Por último y no menos crucial, el desdoblamiento identitario les procuró la seguridad de no ser clasificadas como escritoras románticas. Es decir, creadoras de un tipo de literatura que fue desprestigiada al ser considerada de menor calidad y nobleza, ya que era pensada para que fuera consumida exclusivamente por el público femenino. Las autoras que a continuación expondré abrazaron la despersonalización y el travestismo que obsequia el seudónimo para que sus obras literarias gozaran de la pertinente mesura y respetabilidad del verdadero veredicto crítico (José Ismael Gutiérrez: 2014).

En suma, el enmascaramiento fue la llave dorada que abrió las puertas de un mercado artístico monopolizado por el pensamiento patriarcal. O lo que es lo mismo, la soberbia y extraordinaria inteligencia de las mujeres engendró muchos de los volúmenes de la literatura clásica universal, y la argucia, la necesidad y la estratagema hicieron que fueran celebradas por su evidente talento, al mismo tiempo que pasaron desapercibidas bajo la atenta y siempre hostil mirada masculina.

El pupitre de Charlotte Brontë, Yorkshire, Inglaterra.

1.1 Escribir desde las sombras:
El asombroso antifaz de los Hermanos Bell

La estratégica historia de las Hermanas Brontë ha cautivado a miles de historiadores, profesionales de la teoría de la literatura, estudiantes y amantes del arte y sus enigmas. En la esfera de la escritura creativa, no existe ni existirá crónica similar a la protagonizada por estas tres brillantes y talentosas hermanas -y aquí aprovecho para presentarlas aún sin la fastuosidad que merecen-; Charlotte Brontë (1816-1855), Emily Brontë (1818-1848) y Anne Brontë (1820-1849).

El relato de estas tres mujeres escritoras nacidas en el seno de una familia irlandesa anglicana establecida en Haworth a mediados del siglo XIX se ha convertido en mito. O mejor dicho, en una venerada leyenda, pues el ingenio y la sagacidad que ejercieron en el dominio del seudónimo es una epopeya que está siendo rememorada en las aulas universitarias de todo el mundo. Y es que resulta fascinante a la vez que inverosímil que la fraguada imagen de tres muchachas de clase media sin experiencia -sin la noción que concede el viajar a otros lugares, desconocedoras del verdadero significado de la prosperidad económica y sin una educación más perfecta que aquella otorgada por las cuatro paredes de una biblioteca que se cernían sobre sus espaldas como los fríos barrotes de una celda- engendraran desde la pasión, el conocimiento y el tortuoso silencio, nueve obras maestras de la literatura clásica inglesa; Confederación de la Ciudad de Vidrio (1827), Poemas (1846), Jane Eyre (1847), Villete (1853), El profesor (1857), Shirley (1849), Cumbres Borrascosas (1847), Agnes Grey (1847) y La inquilina de Wildfell Hall (1848). O por el contrario, esta fue la tramada idea que pretendieron inspirar en los corazones de sus lectores y más que letales críticos literarios.

En contra de la publicidad personal, ocultamos nuestros propios nombres bajo los de Currer, Ellis y Acton Bell: la elección ambigua está dictada por una especie de escrúpulo de conciencia a la hora de asumir nombres cristianos positivamente masculinos, si bien no nos gustaba declararnos mujeres, porque -sin sospechar entonces que nuestro modo de escribir y de pensar no era lo que se llama femenino- teníamos la vaga impresión de que las autoras podían ser vistas con prejuicios; habíamos notado cómo los críticos a veces utilizan para su castigo el arma de la personalidad, y como recompensa, un halago, que no es un verdadero elogio -declaración de la autora Charlotte Brontë respecto al uso del seudónimo (Anna Lapp: 2015).

La obra Jane Eyre publicada bajo el alter ego de Currer Bell.

Como tantas otras autoras de su tiempo, las Brontë anhelaron ser valoradas y juzgadas por su sabiduría y capacidad intelectual, al igual que desearon no sentirse limitadas por los dañinos estereotipos asociados a la feminidad victoriana. Por consiguiente, las tres hermanas decidieron ingeniárselas para evitar el deplorable juicio moral que iría acompañado de convencionalismos y la incuestionable censura de sus escritos. En consecuencia, Charlotte, Emily y Anne Brontë abrazaron el privilegio del seudónimo masculino. Las jóvenes autoras se disfrazaron tras los alter ego de los Hermanos Bell, medio jugando medio sorteando sus identidades, puesto que conservaron las iniciales de sus nombres y apellidos; Charlotte Brontë firmó como Currer Bell, Emily Brontë se convirtió en Ellis Bell y Anne Brontë escogió Acton Bell. Con tales seudónimos las escritoras presentaron sus obras ante el mundo de la literatura suscitando un gran éxito instantáneo y un aún más excelso reconocimiento.

Crítica de Cumbres Borrascosas por Ellis Bell;

Este es un trabajo de gran habilidad […] no todos los días aparece una novela tan buena; dar su contenido en detalle sería privar a muchos lectores de la mitad del deleite que experimentarían al leer la obra misma (Lloyd Evans: 1982).

Crítica de Cumbres Borrascosas por Emily Brontë;

Las escenas de brutalidad son innecesariamente largas e innecesariamente frecuentes; y como escritora imaginativa, la autora tiene que aprender los primeros principios de su arte (Lloyd Evans: 1982).

Las novelas Cumbres Borrascosas y Agnes Grey por los seudónimos de Ellis y Acton Bell, con una nota biográfica y prefacio por Currer Bell.

Las obras de las Hermanas Brontë carecen de mensajes moralizantes o finales felices conciliadores. La justicia poética en ocasiones culmina con sublime hermosura, y en otras, ésta se transforma en una desmesurada arma de doble filo. La absoluta fantasía brontiana fue duramente reprendida y censurada por los lectores y los críticos de arte que la defendieron con anterioridad, sacramentándola como el soberbio, original e inesperado talento de su tiempo. En un periodo histórico como el victoriano, cuyo máximo exponente era la iglesia, la castidad, el mutismo de la inteligencia femenina y la represión de la sexualidad en las mujeres, jamás soñó con que pudieran existir obras tan excelentes y eternas como Jane Eyre, Cumbres Borrascosas y La inquilina de Wildfell Hall. Ofrendas literarias escritas bajo el impredecible puño de la inmortalidad que tratan temas como la muerte y el suicidio, el encierro y la huida, el ocultismo, el placer del pecado y su consentimiento, la infidelidad y la necesidad de la venganza, la poligamia y el incesto, la terrible enfermedad del alcoholismo, la negación de Dios, la reivindicación de la mundanidad y del difuminado horizonte por el que deambulan los espíritus que martirizan a los que todavía no se han ido.

Si Ellis Bell hubiera sido una dama o un caballero acostumbrado a lo que se llama “el mundo”, su visión de un lugar remoto y de una región perdida, así como de sus habitantes, habría diferido mucho de lo que realmente imaginó una chicha de campo. Sin duda habría sido más amplio, más completo -si hubiera sido más original o más verdadero no es tan seguro (Prefacio de Cumbres Borrascosas por Currer Bell: 1889: XV).

Su imaginación, que era un espíritu más sombrío que soleado, más poderoso que festivo, encontró en tales rasgos material de donde forjó creaciones como Heatchcliff, como Earnshaw, como Catherine. Habiendo formado estos seres, ella no sabía lo que había hecho. Si el receptor de su trabajo al leer el manuscrito, se estremeció bajo la influencia aplastante de naturalezas tan despiadadas e implacables, de espíritus tan perdidos y caídos; si se quejó de que el simple hecho de escuchar ciertas vívidas y aterradoras escenas desterró el sueño por la noche, y perturbó la paz mental durante el día […] Si hubiera vivido, su mente por sí misma habría crecido como un árbol fuerte, más alto, más erguido, más frondoso y sus frutos maduros habrían alcanzado una madurez más suave y un florecimiento más alegre; pero en esa mente solo el tiempo y la experiencia podía hacerla funcionar: por influencia de otros intelectos, esta no era dócil (Prefacio de Cumbres Borrascosas por Currer Bell: 1889: XVI).

Fotograma de la película Invisibles: la historia de las hermanas Brontë (2016).

No obstante, el espejo se había quebrado frente al horror, la animadversión y la antipatía de un público lector que en su ignorancia alabó, ensalzó y se enorgulleció del sombrío ingenio del escritor enmascarado. En concreto, la mediana de las tres hermanas sospechó la ira de todos aquellos críticos que acusarían su novela de escalofriante, tenebrosa y diabólica bajo el débil argumento de haber sido imaginada por la fantasía de una mujer. Los seudónimos de los Hermanos Bell tuvieron que ser revelados, puesto que su público y la crítica literaria afirmaron abiertamente que la identidad de los correspondientes autores era una misma. Dicha osada declaración animó la creencia colectiva de que el supuesto autor -masculino- había desdoblado a conciencia su personalidad en tres partes, con las cuales publicar la totalidad de su producción artística y, en el proceso, originar una vorágine especulativa que despistase a su público lector. Es decir, la audiencia de la época estaba convencida de que el asunto era pura estrategia propagandística. Por las mencionadas razones, las verdaderas identidades de las escritoras debieron ser descubiertas el día en que Charlotte y Anne Brontë se citaron con sus editores para desmentir la falsedad de los divulgados rumores, y así aseverar con rotundidad que las firmas de las presentadas obras literarias eran tres voces femeninas e individuales, y no una única inteligencia masculina.

Una palabra más y concluyo. Respecto a la identidad de quien ha escrito el libro, me gustaría dejar meridianamente claro que Acton Bell no es Currer Bell ni Ellis Bell y, por tanto, no deben atribuirse a ellos sus errores. En cuanto a si su nombre es real o ficticio, poco puede importarles a quienes sólo conocen de tal persona sus obras. Como bien poco, creo yo, puede importar que semejante nombre esconda la personalidad de un hombre o una mujer, tal como uno o dos de mis críticos afirman haber descubierto. Tomo la imputación por su lado bueno, como un cumplido a la descripción justa de mis personajes femeninos; y aunque no tengo más remedio que atribuir buena parte de la severidad de mis censores a esta sospecha, no me molestaré en refutarla, porque, en mi opinión, si un libro es bueno, lo es independientemente del sexo de quien lo ha escrito. Todas las novelas se escriben, o deben ser escritas, para que las lean hombres y mujeres, y no puedo concebir que un hombre se permita escribir algo que sea realmente vergonzoso para una mujer, o que una mujer sea censurada por escribir algo que sea conveniente y adecuado para un hombre (Prefacio de la segunda edición de La inquilina de Wildfell Hall por Acton Bell: 1997: 15,16).

Fotograma de la película Emily (2022).

Como resultado, las escritoras ofrecieron a ese círculo literario que las despreció y ridiculizó, una versión más humilde, infructuosa e iletrada de sus vidas y experiencias. Las Hermanas Brontë no fueron unas muchachas prototípicamente incultas que pecaran por culpa de una desinformación que no pudieran perturbar, mas este fue el retrato con el que resolvieron camuflarse una vez revelada la legitimidad de sus identidades. El reverendo Patrick Brontë (1777-1861), padre de Charlotte, Emily y Anne Brontë, fue un erudito y noble pensador que se preocupó por la educación y el desarrollo intelectual y artístico de todos sus hijos, ya fuesen hombres o mujeres. La familia Brontë disponía de una atestada biblioteca privada y las Hermanas disfrutaron de una versada y excelente educación. Durante la infancia, las Brontë acudieron a la escuela desde muy temprana edad, y en su juventud tuvieron la excepcional oportunidad de viajar a Bruselas para perfeccionar el conocimiento del francés y, en un futuro, disponer del provecho laboral de ejercer como institutrices.

Por ende, las autoras no eran mujeres sin experiencia ni costumbre, si no escritoras que habían crecido entre libros y que conocían lo que era vivir en el extranjero -realidad prácticamente inviable para la feminidad de la época, ya que el cometido de su género era permanecer en el hogar acompañando al padre, al hermano o al marido-, estimuladas por un entorno doméstico afable que adoraba y respetaba la instrucción, la emancipación y el poder del conocimiento. Las Hermanas Brontë crecieron retroalimentado su imaginación por medio de narraciones maravillosas que concebían de forma colectiva. De modo que podemos evocarlas reunidas en la biblioteca parroquial, sentadas frente a la gran mesa que ocupa la estancia, rodeadas por una cantidad privilegiada y poco ordinaria de libros y otros materiales, consagradas a la inaudita ocupación de la creación artística. La invención literaria siempre encarnó una parte ineludible e irreemplazable de sus vidas; escribían juntas, leían sus composiciones y las mejoraban como aliadas. El aparente aislamiento y la tenaz afonía no consiguió sofocar el talento, la inteligencia y el entusiasmo que se resistía a consumirse, expresados por medio de un dominio rotundo de la genialidad, sin embargo, las autoras sintieron la urgencia de menospreciar su entendimiento y degradar el talento que las hechizaba con la esperanza y la absoluta intención de protegerse ante la peyorativa opinión de una sociedad escrupulosa que las desterraría a la inminente ruina de un escándalo público.

La prensa y el público sólo son personificaciones imprecisas para mí, y debo darles las gracias de forma imprecisa; pero mis editores que son de carne y hueso, como también lo son ciertos críticos magnánimos, que me han alentado como sólo las personas nobles de gran corazón saben animar a un luchador desconocido. A estas personas, es decir, a mis editores y a esos buenos críticos, les digo: caballeros, les doy las gracias desde el fondo de mi corazón […] dirijo mi mirada a otro grupo; un grupo pequeño, por lo que sé, pero no por eso debo descuidarlo. Me refiero a unos cuantos timoratos o criticones que desconfían de tales libros como Jane Eyre, a cuyos ojos, todo lo que se sale de lo común está mal […] A estos recelosos, quisiera proponer algunas distinciones evidentes, y recordarles ciertas verdades básicas (Prefacio a la segunda edición de Jane Eyre por Currer Bell: 2016: 7, 8).

Fotograma de la película Las hermanas Brontë, 1979.

Ningún alma viva del siglo XIX sospechó el total embrollo, complot y confabulación que fueron capaces de urdir estas tres hermanas ilusoriamente vulgares y nada portentosas. Las muchachas no solo idearon una intriga con la que poder dedicarse a la escritura y a la expresión de su YO interior, si no que lo ejecutaron a la perfección hasta que la curiosidad, la admiración y la sublimidad de un público cautivado resquebrajó la máscara que las difuminó por un tiempo.

Como mayúscula e incondicional admiradora de las Hermanas Brontë, opino que uno de los méritos de las novelistas fue resistir tras las infamias vinculadas en la revelación de sus identidades, pero su sobresaliente éxito fue seducir y engatusar a unos lectores, editores y críticos literarios dispuestos a desacreditarlas por su sexo. Y una vez burlados, y habiendo probado su inconmensurable destreza, ascender como estrellas de un brillante firmamento contemplado por miles de criaturas -más humildes y anodinas, pero no menos idealistas- como yo.

Ten valor, Charlotte, ten valor… -éstas fueron las últimas palabras que Anne dedicó a Charlotte antes de morir en 1849 a la edad de veintinueve años. Emily había fallecido en 1848 a los treinta años. Charlotte sobrevivió a sus hermanas y a su hermano Branwell, que murió por alcoholismo también en el año 1848. La mayor de las Brontë protegió el honor de Anne y Emily e impulsó triunfante su carrera artística. Charlotte, embarazada y enferma de tuberculosis, fallecería en 1855 a la edad de treinta y nueve años.

Bibliografía:

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  • Gutiérrez, José Ismael, 2014, El seudónimo masculino y la androginización de la mujer escritora, Universidad de las Palmas de Gran Canaria.
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