LA REBELIÓN DE LAS ESCOBAS: DE SARMIENTO Y RAMÓN FALCÓN A LA HUELGA DE INQUILINOS

Por Luciano Colla |

«Cuando el Estado persigue a los que lo combaten, es porque la prédica de los perseguidos es atendida por el pueblo, de lo contrario se los dejaría tranquilos».
Joaquín Hucha (La Protesta)

Agosto de 1907. La Municipalidad de Buenos Aires decretó un fuerte incremento en los impuestos y, para anticiparse a los gastos futuros, los propietarios de los conventillos decidieron trasladar esos números al costo de los alquileres. Por aquel entonces, las familias que habitaban estos espacios apenas subsistían con lo justo, con un sueldo que, prácticamente, se perdía en el valor de estas rentas.

Muchos de los inquilinos, que vivían en situaciones de extremo abandono estatal, eran inmigrantes obreros que pasaban gran parte del día fuera de sus casas trabajando para apenas costear una vida de supervivencia. El resto de la familia se vería obligada a cumplir una función muy distinta: evitar el desalojo que intentarían llevar a cabo las fuerzas represivas.

Lo que en un comienzo nació como una reunión de inquilinos desesperados ante la situación que se avecinaba, poco a poco, se fue transformando en una organización para resistir y hacer justicia. Eran tiempos del pueblo por el pueblo, tiempos de convicciones y de lucha social. Las eternas arbitrariedades del poder se canalizaban en batallas populares que marcaron hitos trágicos y, a la vez, memorables de la historia argentina.

Esta pelea desigual la dieron las mujeres y sus hijos e hijas a fuerza de determinación y palos de escoba. Decidieron comenzar una huelga en la que llevaban todas las de perder, pero comprendían que eran más, eran uno, era el pueblo unido contra la infamia oficial.

Pieza de un conventillo. Buenos Aires, 1914. (Imagen: AGN)

LA CUESTIÓN SOCIAL

El comienzo del siglo XX fue un período de grandes cambios sociales en el país. La gran ola inmigratoria que llegaba desde mediados del siglo XIX huyendo de la hambruna, las guerras o persecuciones políticas fue contribuyendo a la formación de una nueva cultura que, de a poco, se iría abriendo paso en la cotidianeidad de la sociedad.

En Europa, la propaganda hablaba de una vida nueva y fértil del otro lado del océano, donde el sueño de un futuro distinto sería posible en un país donde la ley prometía al recién llegado «ser alojado y mantenido a expensas de la Nación, durante el tiempo fijado» además de «ser colocado en el trabajo o industria existente en el país, a que prefiriese dedicarse». Todo auguraba que habría posibilidades favorables de progreso y prosperidad en el poco poblado suelo argentino.

Sin embargo, los miles de personas que partían de sus tierras con la esperanza de convertirse en dueños de una parcela o de hallar una vida de bienestar junto a sus familias irían descubriendo que la realidad distaba mucho de la que alguna vez habían escuchado. Desde las posibilidades laborales y la explotación hasta el déficit habitacional, las complicaciones con las que debían lidiar para lograr establecerse no iban a ser escasas.

Patio de un conventillo durante desalojo. Año 1907.

Producto del torrente inmigratorio que se concentraba en las grandes ciudades y las condiciones en las que debían sobrevivir, muchos de los obreros comenzaron a organizarse para resistir y reclamar por una vida más digna y justa. Fueron estas mismas ideologías, que desde hacía décadas preocupaban a las clases gobernantes europeas, las que, en ese entonces, comenzaban a ser parte de un proceso de formación social que, lentamente, irían transformando la vida política de los sectores más oprimidos.

Lo que para Europa fue una válvula de escape para muchos de sus problemas, para la Argentina fue una compleja transformación social que llevaría décadas asimilar. Nuevos vientos comenzaban a recorrer las grandes ciudades del país. A partir de ese momento, las elites gobernantes empezarían a poner el foco en resolver lo que catalogaban como la «cuestión social». Para el pueblo, por su parte, quedaba la unión… o lo devorarían los de afuera.

Familia en un conventillo en Buenos Aires, 1908. «Don Blas y doña Paula Livona junto a los niños Valentina, Pascual, Ángela, Enrique y Blas». (Imagen: Caras y Caretas).

DE LA FIEBRE AMARILLA A LOS NUEVOS INQUILINATOS

Durante la presidencia de Domingo Sarmiento, entre los años 1870 y 1871, la ciudad de Buenos Aires se vio azotada por lo que hoy se recuerda como la epidemia de la fiebre amarilla. Según los cálculos de la época, un 8% de la población porteña se vio afectada por esta fatal enfermedad.

Trasmitida por un mosquito, la fiebre se propagaba fácilmente debido al precario sistema sanitario con el que contaban las zonas más pobladas -y menos adineradas- de la provincia. Al carecer de cloacas y drenaje, los desechos humanos iban a un pozo negro que contaminaba las napas para desembocar, luego, en el agua que se utilizaba para consumo.

Frente a esta situación, teniendo en cuenta el vertiginoso crecimiento demográfico y que las instituciones públicas no estaban preparadas para enfrentar una epidemia de esta índole, muchas familias adineradas decidieron abandonar sus residencias para trasladarse al seguro Barrio Norte. Para los sectores más humildes, habitados principalmente por inmigrantes y población negra y donde mayor era la tasa de contagio, el plan sería distinto. Las crónicas de la época narran que, mientras Sarmiento y su vicepresidente Adolfo Alsina abandonaban la ciudad, a sus espaldas el ejército cercaba las zonas más pobres y afectadas de Buenos Aires para que nadie pudiera seguir los pasos de quienes huían buscando seguridad.

«Un episodio de la fiebre amarilla en Buenos Aires», de Juan Manuel Blanes.

En lo que refería a las grandes propiedades abandonadas, algunos comerciantes se percataron de la posibilidad de explotarlas acondicionándolas superficialmente y especulando con lo que podrían ofrecer. Fue así que numerosos edificios que habían sido deshabitados fueron refaccionados y lo que alguna vez habían sido vastas habitaciones de lujo se transformaron en pequeñas y precarias viviendas. O, como los llamarían sus habitantes, los nuevos «conventillos».

ENTRE PAREDES

Poco a poco, la apuesta de los nuevos comerciantes comenzó a dar sus frutos. Durante décadas, la población en la ciudad de Buenos Aires se fue multiplicando y, para 1880 se calcula que contaba con 1770 conventillos en los que vivían 52.000 personas; tan solo tres años más tarde, se habían creado cerca de 95 conventillos más para 12.500 nuevos inquilinos.

El negocio era redondo. Ni bien los inmigrantes pisaban el país, eran trasladados y alojados gratuitamente en el Hotel de la Rotonda -hasta la inauguración del Hotel de Inmigrantes en 1911- por un tiempo máximo de cinco días para luego ser librados a su suerte. O, mejor dicho, a la suerte preestablecida.

Patio de un conventillo. Año 1907.

Cuando se cumplía el plazo estipulado, los que no tenían adónde ir eran interceptados por «promotores» que, a la salida del hotel, les ofrecían llevarlos hasta los conventillos. Con rumbo incierto y una desesperante necesidad a cuestas, se veían obligados a aceptar aun cuando no les ofrecían contratos, les pedían varios meses de adelanto y los costos eran excesivamente altos.

Allí, las familias debían soportar extremo hacinamiento, falta de sanitarios –era común contar con un baño cada diez cuartos- y lavaderos comunes. Muchas veces, en habitaciones de escasa o nula ventilación, debían agruparse entre desconocidos para poder costear unos precios que les eran más que inalcanzables.

En 1885, el médico y político Guillermo Rawson publica su obra «Estudio sobre las casas de inquilinato de Buenos Aires», en el cual se refiere a estos como «fétidas pocilgas» donde el «aire jamás se renueva, y en cuyo ambiente se cultivan los gérmenes de las más terribles enfermedades». Sin dudas, agrega, la «ciudad no estaba convenientemente preparada», lo que contribuyó «al terrible desarrollo de la epidemia de 1871, que arrebató más de 12.000 extranjeros». Preocupado, concluye alertando que estas emanaciones «se incorporan a la atmósfera circunvecina y son conducidas por ella tal vez, hasta los lujosos palacios de los ricos».

Patio de un conventillo. Año 1907.

LOS CUATRO DIQUES

En agosto de 1907, la Municipalidad de Buenos Aires tomó la decisión de aprobar un fuerte incremento en los impuestos para el año siguiente. Los dueños de los conventillos, sin perder tiempo decidieron adelantarse y trasladar ese futuro aumento al costo de los alquileres. Todo parecía indicar que la situación estaba a punto de desbordarse.

Así fue que, el 13 de septiembre, en la calle Ituzaingó 279 de la Capital Federal, los inquilinos de las 132 piezas del conventillo conocido como Los cuatro diques decidieron reunirse. La bronca y la impotencia generalizada derivaron en la decisión de convocar a una huelga y dejar de pagar hasta que se aceptaran sus reclamos. Las demandas eran claras: exigían una rebaja del alquiler de $25 a $18, flexibilidad con el vencimiento, la eliminación de los tres meses de depósito y la implementación de mejoras sanitarias.

Con apoyo directo de la FORA, la adhesión a la huelga comenzó a expandirse por los barrios de San Telmo, La Boca, Barracas, San Nicolás y Balvanera, hasta alcanzar los suburbios de la Capital y cruzar a Avellaneda y Lomas de Zamora. Al poco tiempo, se sumaban Rosario, Córdoba y Bahía Blanca y, al mes, más de 2000 casas -que representaban cerca del 80% del total de inquilinatos de Buenos Aires- ya habían dejado de pagar sus alquileres. Para fines de septiembre, el número de huelguistas llegaba a más de 100 mil personas.

Policías durante un desalojo. Año 1907.

Conocedores de la respuesta que les ofrecería el Estado, los inquilinos decidieron crear la Liga de Lucha Contra los Altos Alquileres e Impuestos y lanzar un manifiesto en el que expresaban «la imposibilidad de vivir, dado el alto precio que propietarios e intermediarios especuladores» cobraban por «incómodas viviendas». En este texto, además, llamaban a la población a no pagar el alquiler mientras no fueran rebajados los precios «en un 30%».

Aquella lucha que había nacido en Los cuatro diques, tiempo después, se expandía con un carácter territorial: cada conventillo se organizaba y enviaba delegados al comité barrial, el cual, a su vez, tenía representantes en el comité central. Explicaría el historiador Juan Suriano que, «lejos de ser un movimiento vertical, con decisiones emanadas desde el comité central hacia los barrios, el conflicto se caracterizó por un alto grado de participación e iniciativas surgidas desde los comités zonales».

Jefe de Policía y un fotógrafo en un conventillo. Año 1907.

LAS ESCOBAS SE LEVANTAN

Una vez que el Gobierno consideró que la propiedad privada corría peligro, ordenó que las fuerzas represivas intervinieran para desalojar a los conventillos que estuvieran mejor organizados. Fue así que, comandados por el coronel Ramón Falcón, se pusieron en marcha.

El momento elegido para irrumpir en las viviendas fue durante las madrugadas. A esas horas los hombres partían hacia sus trabajos, y las mujeres se preparaban para empezar con las tareas del hogar o con los trabajos que realizaban allí. Todo solía ser calma y tranquilidad.

Manos a la obra, Falcón decidió colocar un camión de bomberos frente a los conventillos para disparar un chorro de agua helada por las ventanas. Una vez comenzada la ofensiva, el plan era ingresar por la fuerza y tomar por sorpresa a las familias. La idea era que, para cuando llegaran los hombres por las noches, el lugar estuviera desalojado. Pero, lo que a priori parecía ser tarea sencilla, no tardó en complicarse.

Policías frente a la puerta del convenillo de la calle Defensa 830. Año 1907.

Con ayuda de sus hijos e hijas, las mujeres se prepararon para resistir los desalojos recurriendo a los elementos que tuvieran al alcance: desde ollas con agua hirviendo para lanzar desde las ventanas –tal y como se había hecho un siglo atrás ante la invasión inglesa- hasta salir al cruce de los oficiales repartiendo palazos con sus escobas.

El día 21 de octubre, el diario La Prensa publicó que la policía había intentado desalojar un conventillo, pero se encontró con un grupo de mujeres que «iniciaron un verdadero bombardeo con toda clase de proyectiles, mientras arrojaban agua que bañaba a los agentes». Defendían, como expresaba el manifiesto huelguista, su «derecho a vivir».

En el barrio de La Boca, por ejemplo, la huelga fue creciendo y las calles se fueron llenando de niños y niñas de todas las edades que salían a caminar con sus escobas en alto para «barrer a los caseros». Por aquellos días, el semanario Caras y Caretas publicó que sus fotógrafos «quedaron sorprendidos por la unanimidad de la protesta» y que hasta los jóvenes tomaban «participación activa en la guerra al alquiler». Luego agregó que, una vez que la manifestación llegaba a otro conventillo «recibía a un nuevo contingente de muchachos, que se incorporaban a ella entre los aplausos del público». Los gritos de rebeldía y esperanza se hacían eco entre los barrios: «¡Viva el hombre libre en el conventillo libre!».

Con las escobas como emblema, fueron transformando las viviendas en trincheras, los palos en armas de defensa y la solidaridad en bandera.

Conventillo. Año 1907.

SOBRE REPRESORES Y TUMBAS

El 22 de octubre, la policía al mando del coronel Falcón se presentó en el conventillo Las catorce provincias, ubicado en el barrio de San Telmo, con la misión de desalojar a los presentes. De forma sorpresiva y abriéndose paso a sablazos y disparos, los uniformados ingresaron en la propiedad. Alarmadas, las familias salieron a su encuentro y, en medio de una violenta y desigual disputa, un joven anarquista de quince años llamado Miguel Pepe -quien a su corta edad ya se había ganado un nombre entre los huelguistas-, recibió un disparo en la cabeza.

El asesinato fue un duro golpe para el pueblo. Por eso, pese a la persecución sin respiro, el 24 de octubre, trasladaron el cuerpo y lo velaron en el cementerio de la Chacarita. Según narra el diario El tiempo, «pasadas las ocho de la mañana el cadáver de Miguel Pepe fue sacado a la calle por la comisión de huelga. Inmediatamente se organizó la columna». Miles y miles de personas acompañaron el féretro que era cargado «por ocho mujeres, que se turnaban de trecho en trecho».

Juana Rouco Buela, obrera textil, feminista y anarquista, contaría: «Millares de personas aguardaban en las aceras y las calles para iniciar el cortejo. Lo llevamos a pulso desde Chacabuco y Humberto 1° hasta la Chacarita, pero a cada momento, y durante todo el trayecto, hubo varios choques con la policía que obligaba a abandonar el cajón en la calle y reiniciar el camino». Luego, recuerda, «se le puso una placa que decía: Víctima de la huelga de inquilinos, asesinado por la policía».

Desalojo de un conventillo. Año 1907.

Ante la magnitud que el conflicto estaba alcanzando y al ver que la lucha comenzaba a sumar adeptos dentro de la sociedad, el intendente de la ciudad de Buenos Aires, Carlos T. de Alvear, intentó solicitar al Ministerio del Interior la suspensión de los impuestos que recaían sobre las casas de inquilinato. Además, sugirió al Ministerio de Justicia el congelamiento de los juicios de desalojo. Sin embargo, para el Gobierno, las cartas estaban echadas y no era momento para dar marcha atrás.

Escribiría Juana Rouco Buela que, luego del asesinato del joven, «la represión policial se hizo sentir de inmediato» y se puso en acción la ley de residencia, que, en 1902, había sido sancionada por el Gobierno de Julio A. Roca. Esta ley, que sería derogada recién en 1958, otorgaba al Estado la potestad de expulsar del país, sin juicio ni aviso previo, a «todo extranjero que comprometa la seguridad nacional o perturbe el orden público». Comenzaba así la caza de las ideologías.

Mientras la gente se sumaba a los boicots a locales que se oponían a la huelga o a medios como el diario La Nación -«enemigo de la causa del pueblo», como lo llamaban los anarquistas-, muchos de los principales dirigentes huelguistas fueron perseguidos, apresados y deportados; entre ellos, la reconocida activista anarquista y creadora del periódico La voz de la mujer, Virginia Bolten -a pesar de ser argentina-, y Juana Rouco Buela, quien tiempo después recordaría: «a mis 18 años, me consideró la policía un elemento peligroso para la tranquilidad del capitalismo y el Estado, y me deportaron».

Huelguistas en Plaza de Mayo, Buenos Aires. Año 1907. (Imagen: AGN).

ENTRE EL FESTEJO Y EL ATISBO DEL PORVENIR

Con el paso del tiempo, las aguas fueron encontrando sus cauces. En muchos casos, la huelga se fue disolviendo por la agobiante persecución, encarcelación o deportación de dirigentes; en otros, los propietarios, hartos de una situación sin paz, fueron aceptando las demandas. A su vez, algunos inquilinos, cansados de la larga duración del conflicto y de la violencia a la que se veían sometidos, comenzaron a desertar la lucha.

Donde la organización y la unión eran débiles, los desalojos se fueron dando con mayor facilidad. En estos casos, la FORA instaba a las personas sin hogar a ocupar las calles, plazas e iglesias y tomarlos como propios hasta que se les garantizara un techo digno. El gremio de los conductores, por su parte, puso sus vehículos a disposición de todas las familias necesitadas para trasladar sus pertenencias a un nuevo destino.

Cuando se lograba que el propietario aceptara los pedidos, las calles del barrio se llenaban de fiestas y bailes. La gente salía a festejar y a encontrarse nuevamente luego de meses sin descanso. En sus escritos, Juana Rouco Buela recordará a ese «movimiento grandioso» dirigido por mujeres, «en el que se sucedieron una serie de hechos de sangre provocados por las autoridades, que no podían con todo el pueblo que se había levantado en huelga».

Juana Rouco Buela.

Si bien al finalizar el conflicto se habían logrado varias mejoras, los cambios no fueron sustanciales y los problemas continuaron. Recién el 15 de octubre 1915 se aprobó la Ley 9677, un plan destinado a la construcción de hogares para obreros que llevaría el nombre de Comisión Nacional de Casas Baratas. Inspirado en un proyecto francés, buscaba la desconcentración de inmigrantes de la Capital Federal, argumentado que el problema habitacional se solucionaría con nuevas viviendas en el interior del país. Por supuesto, más allá de que se construyeron casas en zonas poco pobladas, para las personas de bajo poder adquisitivo este proyecto de poco sirvió.

Hoy, un siglo más tarde, muchas de estas demandas continúan en pie. El déficit habitacional estructural, el hacinamiento, la falta de cloacas o de servicios son algo común en muchas partes del país. La existencia de conventillos o villas son el ejemplo vivo de cómo los Gobiernos de turno, a lo largo del tiempo, continuaron marginando estos espacios sin hacer nada para revertir la situación.

Allá por 1907, un grupo de personas, comandadas por mujeres y jóvenes, decidieron hacer una huelga contra la arbitrariedad. Decidieron unirse, comprendiendo que solo de ese modo no los podrían pasar por arriba. Resistieron a las balas con escobas y ollas de agua. La historia de una lucha que perdura como una enseñanza a través del tiempo.

Fuentes consultadas:
– La huelga de inquilinos de 1907, de Juan Suriano.
– Historia de la epidemia de fiebre amarilla de 1871, de Mabel Alicia Crego.
– Estudio sobre las casas de inquilinato de Buenos Aires, de Guillermo Rawson.
– La FORA. Ideología y trayectoria, de Diego Abad de Santillán.
– Historia de un ideal vivido por una mujer, de Juana Rouco Buela.