GARRAS SOBRE AMÉRICA LATINA

  • El origen del Plan Cóndor |

Cuando el juez Fernández y Martín Almada presentaron la orden de allanamiento, los oficiales de la comisaría de Lambaré, en Asunción, les negaron la entrada. Según el papel, tenían permiso para acceder a los archivos relacionados con los tiempos en los que Almada había estado detenido como preso político. Era el 22 de diciembre de 1992 y, luego de que la gente se fuera acercando al lugar para apoyar, finalmente, lograron ingresar. Lejos de lo que hubieran podido imaginar, lo que estaban por hallar sería parte de la historia celosamente oculta de América Latina. Allí, frente a ellos, aparecían 700 mil documentos que demostraban la existencia de un trabajo sistemático para secuestrar, torturar, asesinar y desaparecer personas en el Cono Sur durante las décadas de los 70 y 80. En otras palabras, esos “archivos del terror” eran una prueba clave sobre lo que había sido el Plan Cóndor.

Años atrás, el 29 de octubre de 1975, el jefe de la DINA, Manuel Contreras, enviaba una invitación a su par paraguayo para lo que sería una “reunión de trabajo de carácter estrictamente secreto”. La misma invitación sería enviada a otros países y, entre el 25 de noviembre y el 1º de diciembre, en Santiago, se reunirían los jefes de las policías secretas de Argentina, Uruguay, Chile, Paraguay y Brasil. La finalidad era sistematizar los mecanismos de represión conjunta propuestos por Pinochet y Stroessner un año atrás. Se planteaba, además, la creación de una oficina para centralizar e intercambiar «información subversiva”, la libre circulación de agentes y la inmunidad diplomática. Todo, con la imprescindible coordinación de los Estados Unidos.

Si bien a partir de ese momento el Plan Cóndor se ponían en marcha, la génesis hay que buscarla tiempo atrás: desde los entrenamientos militares en la Escuela de las Américas de Panamá -donde se instruía sobre los mecanismos de tortura y el accionar de los escuadrones de la muerte- hasta los distintos atentados de los años anteriores y los grupos paramilitares como la Triple A. Las dictaduras militares que operaban en el sur del continente articularían sus trabajos para eliminar a toda persona que fuera considerada opositora o de izquierda mediante las prácticas del terrorismo de Estado. Con la formación de equipos especiales, se llevarían a cabo desde «sanciones hasta asesinatos contra terroristas o simpatizantes de organizaciones terroristas de los países miembros de Operación Cóndor».

El plan contó con fases en las que, primero, se recolectaron datos de personas y movimientos de izquierda, luego se persiguieron y marcaron objetivos y, por último, se comenzó con los operativos para aniquilar de las formas más brutales y desde la clandestinidad. Los documentos desclasificados demuestran que los Estados Unidos no solo tenían información constante sobre lo que ocurría, sino que brindaron sostén, tecnología y material de tortura. Poco a poco, la última fase, la más brutal, comenzó inevitablemente a salir a la luz. Se hacía imposible esconder tanto sadismo, por lo que, una vez cumplido el propósito, se comenzó a permitir las transiciones democráticas. Quedaba un continente arrasado y sumido a merced de los Estados Unidos. Una historia todavía oculta que expone las grietas de una América Latina desgarrada.