EL LEVANTAMIENTO DE LAS VEINTE MIL

  • La Huelga de las camiseras de Nueva York |

Los oradores iban pasando uno tras otro. Subían al estrado, planteaban los inconvenientes para dar comienzo a una huelga, y volvían a sentarse. De esta forma, ya llevaban ya más de dos meses sin lograr consensuar forma alguna de organización. Tras eternos minutos de discursos repetidos que, una vez más, prometían no ir a ninguna parte, una mujer se levantó y fue a paso rápido hacia el frente. Ante la sorpresa del resto, subió y dijo: «No tengo más paciencia para hablar porque soy una de esas personas que siente y sufre por todo lo ya planteado. Propongo que hagamos una huelga general ¡ahora!». Como si su corto discurso hubiera sido suficiente para resumir el sentir popular, todas las personas presentes se pusieron de pie y comenzaron a aplaudirla. La asamblea sería contundente: para el día siguiente, el 23 de noviembre de 1909, se daría comienzo a la huelga.

La mujer que había dado el puntapié para materializar la lucha se llamaba Clara Lemlich y era una inmigrante que había llegado a Nueva York proveniente de Ucrania. Como tantas otras, trabajaba en la industria textil sufriendo la explotación y los abusos de los patrones. No existían jornadas fijas, y siempre se veían obligadas a trabajar horas extras sin pago alguno. Además, los sueldos no alcanzaban ni para lo mínimo y cada trabajadora debía pagar por sus elementos de trabajo, desde las agujas o la electricidad hasta las sillas donde se sentaban.

Al día siguiente, aproximadamente 20 mil personas -un 70% de mujeres- que trabajaban en las fábricas textiles adhirieron al paro. Según se estima, existían para ese entonces en la ciudad cerca de 600 talleres, fábricas y locales, y la industria manejaba cifras millonarias mientras pagaba miserias. A esto se le sumaba el hecho de que las mujeres cobraban mucho menos que los hombres y que, en lo que refiere a derechos, eran discriminadas hasta por el sindicato. Por eso, mientras se exigía que se cumplieran las demandas, las huelguistas solicitaron a la Liga de Sindicatos de Mujeres su intervención. Quedaban por delante varios meses de lucha, persecuciones y violenta represión.

En los días siguientes, las calles se llenaron de manifestantes y el Estado y los patrones mandaron tanto a mercenarios como a la policía para atacar. El saldo sería 723 arrestos, 19 condenas, multas imposibles de pagar y hostigamientos arbitrarios. Clara sería agredida y detenida 17 veces. Durante 11 semanas, los capitalistas perdieron a tal punto que no vieron más opción que comenzar a ceder mientras la prensa publicaba sobre «una huelga estúpida e histérica». Finalmente, el 10 de febrero, la lucha concluyó. Las mayorías de las demandas se aceptaron, aunque tardaron en ponerse en práctica. Clara, por su parte, sería incluida en la lista negra de la industria. Sin embargo, para el pueblo, se había transformado en un enorme ejemplo de lucha y dignidad.