LAS BALAS QUE PASAN

  • Anteo Zamboni y el atentado a Mussolini |

La gente no salía de su asombro. Los más jóvenes nunca habían visto algo así y no había quién no corriera a las calles para ver el desfile pasar. La voz se esparció rápidamente y, en pocos minutos, las casas fueron quedando vacías. Las banderas italianas se sacudían altas en el cielo mientras los más fanáticos buscaban un espacio delante y la calle principal se iba cubriendo de pétalos rojos y blancos. La euforia era incontenible. Esa tarde, no solo se conmemoraban los cuatro años de la triunfante Marcha sobre Roma que había llevado a Benito Mussolini al poder, sino que además se hacía oficial la inauguración del tan esperado estadio Littorale, el más grande del país. Según se sabía, tras recorrer las instalaciones del flamante estadio sobre su caballo, el Duce saldría a recibir al pueblo. Bolonia era una fiesta.

Cuando la inauguración terminó, llegó el turno de agitar a las masas que esperaban ansiosas verlo desfilar. Un instante que, para el Duce, significaba alimentar el culto a la personalidad y agigantar su imagen de líder. Fiel a un estilo que lo caracterizaba, Mussolini se subió a un auto y, mientras saludaba sin perder la firmeza, dejó que la gente hiciera el resto. Entre la multitud, un niño de 15 años fue abriéndose camino. Su nombre era Anteo Zamboni y llevaba consigo un arma que apretaba en su bolsillo. Cuando logró llegar lo más adelante que le fue posible, entre la multitud y los guardias del dictador, se puso en puntas de pie para intentar distinguir el coche del Duce. Luego de unos minutos de espera, la gente comenzó a gritar.

Las crónicas de la época no son del todo claras en los detalles y sobran las versiones. Lo que sabemos con seguridad es que, en el momento en el que el auto pasó frente al niño, este levantó el arma y apretó el gatillo. La bala salió y fue la única que pudo disparar. Tal vez había planeado tirar nuevamente, o tener el tiempo suficiente de vaciar el cargador. O, quizá, simplemente se conformaba con dar en el blanco. Cuando el ruido atronador del disparo pasó, luego de un segundo de silencio, la gente buscó al autor. Las miradas dieron con Anteo y un oficial fue el primero en tomarlo del brazo. El resto se daría cuestión de segundos.

Una ola de fascistas enardecidos cayó sobre el chico. En menos de dos minutos Anteo recibió catorce cuchilladas, un disparo y fue estrangulado por cuantas manos lograron alcanzarlo. La prensa fascista se encargó de la opinión pública que, en poco tiempo, aplaudía con orgullo el violento asesinato. Mussolini había logrado salvar su vida: la bala le rasgó la banda de San Marino, desgarró parte del uniforme y luego atravesó la manga del alcance que iba detrás. Rápidamente, el dictador sacaría provecho y diría que “las balas pasan, pero Mussolini queda”. Nunca se supo qué lo había llevado a planificar el atentado ni se le encontraron lazos con grupos anarquistas o socialistas. A Mussolini, por su parte, le quedaban muchos años en el poder por delante. Una historia que, con un poco más de suerte, un niño estuvo a punto de cambiar.