LAS PÁGINAS DE LA BARBARIE ARGENTINA

  • La Masacre de Napalpí |

Un fuerte ruido de motor alertó a la población de Napalpí. Algo estaba por ocurrir. Para cuando las primeras personas salieron a observar, un avión del Ejército ya sobrevolaba sobre el asentamiento qom y mocoví. Desde el cielo, mientras aún intentaban dilucidar lo que ocurría, una lluvia de caramelos comenzó a caer cerca de las casas. En segundos, niños y niñas encabezaban un gran grupo que corría a recoger los dulces y a saludar al avión. Habían pasado apenas 39 años de uno de los genocidios más brutales que la historia argentina recuerda: para los libros oficiales, la Conquista del Desierto; para el pueblo, un plan de exterminio con su consiguiente robo de tierras en beneficio de los integrantes de la Sociedad Rural Argentina. Para ese entonces, el país ya no era el mismo y la nueva democracia iba tomando forma.

En Chaco, durante la presidencia del radical Marcelo T. de Alvear, la producción de algodón vivía un auge y el negocio era un imán para capitalistas. Años atrás, Julio A. Roca había reestablecido la esclavitud entregando a sobrevivientes del genocidio como peones o amas de casa. Para ese entonces, el gobernador Fernando Centeno enfrentaba un fuerte reclamo contra la explotación sufrida por los pueblos originarios. Pero mientras se fingía un intento de diálogo, desde el Gobierno se tejía un plan. Fue así que, la mañana del 19 de julio de 1924, luego de que la gente saliera sorprendida a buscar caramelos que nunca había probado, cientos de policías y gendarmes comenzaban una masacre.

Al poco tiempo, cuando ya tenían a la gente donde querían, las fuerzas represivas rodearon la zona y abrieron fuego ante el desconcierto de quienes jamás entendieron qué estaba pasando y por qué. El avance militar y de civiles armados fue enorme y se estima que más de 700 personas fueron asesinadas. Como parte del plan, esta vez, la idea era no dejar sobrevivientes. Por eso, sin perder tiempo, rastrillaron el territorio rematando a machetazos a quienes habían quedado con vida. Durante las semanas siguientes, la policía recorrió el monte violando y quemando a quienes se cruzaban en su camino mientras cortaban partes de sus cuerpos como botines de guerra.

Desde la capital del país, el diario La Nación se lamentaba de que «la falta de energía de la policía, o la inexperiencia táctica militar, haya dejado que la mayoría de los indios se dispersara por la colonia algodonera más rica de Sáenz Peña sembrando la alarma entre los colonos”. Pasarían casi 100 años para que la Justicia y el Estado cataloguen la masacre como un crimen de lesa humanidad. Se sabe que el pueblo brutalmente atacado no ofreció resistencia y sus muertos, aún hoy, siguen desaparecidos. En lo que refiere a los responsables, jamás fueron condenados, y los estancieros, al igual que con la campaña de Roca, se quedaron con lo que buscaban. La oligarquía parasitaria volvía a escribir con sangre las páginas más oscuras de la barbarie argentina.